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La Guía Michelin: El legado personal y profesional de François Michelin

© AFP
François Michelin
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La filosofía económica detrás del gran empresario cristiano

Michelin es un apellido francés, pero es también sinónimo de llantas de calidad y recomendaciones de restaurantes. Sin embargo, este artículo no trata del estado actual de esta gran empresa, sino de algunas de sus raíces más importantes: los principios que guiaban a François Michelin (1920-2010). Grandes corporaciones de todas partes del mundo han visto la reputación de sus marcas dañadas, pero no Michelin. Se encuentra consistentemente entre las empresas con mejores reputaciones.

Pasé pocos días con el señor Michelin, pero recientemente volví a leer un libro titulado Empresa y responsabilidad, que contiene una larga entrevista en la que describe sus puntos de vista. Los procesos y los compuestos del proceso de fabricación de las llantas son guardados cuidadosamente, pero las razones que, según Michelin, dieron lugar a su éxito son accesibles a todos.

Las intervenciones del gobierno, ya sean apoyo u obstáculos, influyen mucho en el trabajo de las grandes corporaciones. Michelin era un hombre del sector privado que no miraba al gobierno para encontrar soluciones o indicaciones, y su empresa se construyó así. Sabía que el sector privado no es perfecto, pero entendía que “el gran número de errores pequeños cometidos por todos los agentes en la economía en su conjunto es infinitamente menos peligroso que los grandes errores cometidos por una docena de tecnócratas.”

Los burócratas del gobierno pueden usar el poder del gobierno para obligar a la gente a comprar ciertas cosas, pero las empresas privadas no. Michelin explicó: “Si alguien no quiere comprar nuestras llantas, no puedo hacer nada para obligarlo a comprarlas….No se puede enfatizar lo suficiente que el cliente es el verdadero propietario de la empresa. Es él que decide comprar tus productos…o los de la competencia porque los tuyos son más caros o de menor calidad.”

El keynesianismo, el conjunto de políticas que se desarrollaron a partir de los escritos de John Maynard Keynes (1883-1946), está hoy en día todavía en plena fuerza. Las ideas de este economista famoso son valoradas y perpetuadas por los que defienden el intervencionismo. A Michelin no le gustaba lo que él consideró el legado principal de Keynes:

“La inflación es el peor de todos los vicios. Keynes, que obtuvo del Banco de Inglaterra la financiación para el socialismo nacional de Hitler, lo explicó bien: ‘Soy inmoralista porque sé que la inflación puede pervertir la conciencia.’ La inflación es una mentira organizada, una droga que puede tener consecuencias trágicas.”

No he encontrado esa cita exacta en los escritos de Keynes, pero viví los efectos corruptores de la inflación en Argentina, mi patria, donde las políticas económicas han sido dominadas por los keynesianos.

Otra “lección Michelin” poco entendida es la de los impuestos. Michelin tenía ideas claras sobre este tema también: “Cuando hablan de reducir los impuestos, ¡dicen que le va a costar al gobierno! ¿Dónde está el contribuyente? ¿Qué pasa con su poder adquisitivo, el elemento principal de la vida económica?”

Y concluyó: “Sabemos que el verdadero motor del crecimiento sería una reducción masiva del gasto público, que significa impuestos más bajos. Ésta es la única manera de devolver a los consumidores el poder adquisitivo y hacer que les sea posible y deseable comprar, ahorrar y tomar riesgos.”

Las empresas, sin embargo, están compuestas de hombres, y también aquí las lecciones de Michelin son valiosas. La edición en inglés de su libro tiene el subtítulo La persona humana en el corazón de la empresa. Michelin quería que las personas hallaran significado en su trabajo.

Dijo, “Cada vez que me encuentro con alguien, me pregunto, ¿qué diamante está escondido en esta persona? Todas estas joyas alrededor de nosotros hacen una corona increíble cuando aprendemos a abrir los ojos y verlas.” Sus comentarios sobre este tema me recordaron un breve ensayo del P. Jaime Balmes (1810-1848), Relaciones entre fabricantes y trabajadores. Balmes recomendó que los empleadores crearan ambientes que beneficiarían a los trabajadores y también “hacerlos” buenos. Enfatizó que el propietario, sin olvidar la necesidad de las ganancias, dentro de los límites de la justicia y la equidad, debe mostrar que está dispuesto a hacer sacrificios para el trabajador.

Michelin va más allá: “Hay que querer la libertad para los demás, hay que desear darles la capacidad de hacer experimentos, y a veces cometer errores también.” Recomendó la humildad: “Te conviertes en dictador en cuanto ya no reconoces que el otro tiene parte de la verdad.” Los retos dentro y fuera de la empresa son saludables también: “La ausencia de la competencia lleva a la pérdida fenomenal de la substancia.”

Al final lo importante es el autoconocimiento y el aprendizaje continuo. “Sé quién eres, no trates de ser tu padre o tu abuelo. Sé genuino, con todas tus fortalezas y debilidades, pero ábrete los ojos, ábrelos bien. Ve a las fábricas.”

Michelin era un hombre de fe. Uno de sus aforismos era, “La belleza es otro nombre para Dios.” Sir John Templeton (1912-2008) escribió que Michelin “se preocupa fundamentalmente por cosas más altas” y “ve el significado de ellas realizado en los acontecimientos aparentemente ordinarios de la vida diaria.” Hay belleza considerable en los restaurantes que Michelin califica como los mejores. Para los que nos gustan los coches, hay belleza incluso en las buenas llantas.

Por último, dado que nadie puede dar lo que no tiene, Michelin reflexionó sobre su vida como una invitación a los demás líderes empresariales a ponderar: “Piensas que construyes una familia o una empresa. Y en el análisis final te construyes a ti mismo. En mi caso personal, creo que estoy siempre trabajando.”

Publicado originalmente por Forbes.com

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