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¿Fracasaste? ¡Ahora a venirse arriba!

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Detrás de cada derrota hay espacio para una nueva oportunidad

En la vida lo fácil es tropezar. Uno empieza a andar y sin darse cuenta yerra el camino. Un desvío pasado por alto. Un despiste. Alguna elección equivocada. Y ya está. Me confundo. ¿No tengo remedio?

Tal vez por eso me gustan las palabras del hijo pródigo: “Yo me levantaré e iré a mi padre”. Se levantará. Dejará el polvo de la caída. Tomará un nuevo camino.

Me gusta esa actitud valiente. Ponerme de nuevo en camino. Levantarme después de haber caído. Lo fácil es caer y perder la esperanza. Pensar que está todo perdido. Que no puedo volver atrás. Que no puedo seguir adelante.

Una caída. Un error. Un traspiés. Tenía tanta esperanza. Soñaba tanto, tan fuerte, tan alto. Creía que esta vez sí iba a lograr mis sueños. Parecía todo al alcance de la mano..

Y me caigo. De golpe me caigo. Me enfrento con el límite. Me duele mi imperfección y mi fracaso. Siempre es dura la derrota. Duele el orgullo, el amor propio.

Es tan fuerte el miedo al ridículo y al desprecio… Ahora no me mirarán con admiración. He perdido el prestigio. La fama. La gloria.

De repente lo que un día era fama se volvió desprecio. Las flores del jardín se quedaron mustias. Y la esperanza ya no la recuerdo.

Vuelven al corazón las amenazas del algunos. No te va a salir bien. Vas a fracasar, eso seguro. No eres capaz de llegar tan alto”.

Y yo pensaba que sí, que lo iba a lograr. Y todo el camino estaba seguro de mis fuerzas. Iba a lograrlo y les callaría la boca.

Les haría tragarse sus palabras. Sus vaticinios. Entenderían por fin que estoy hecho de otra madera. Que tengo una fuerza interior que ellos no tienen. Les haría ver lo valiosa que es mi vida. En comparación con su mediocridad enferma.

Pero ahora. En medio del barro. Caído y humillado. ¿Qué puedo alegar en mi defensa? He perdido. Lo puse todo en juego y lo he perdido.

No me queda nada a lo que aferrarme. Es fácil caer. Eso lo sabía. Muchos caen. Pero yo quería demostrarme que era distinto. Demostrarme a mí mismo. Demostrárselo al mundo.

Es difícil encajar los fracasos. Hace falta una madurez que no poseo. Tanto tiempo invertido, tantas fuerzas. ¿Qué hago ahora?

Comenta Enrique Rojas:

“He visto gente que ha empezado a triunfar demasiado pronto y, pasado un cierto tiempo, aquella victoria se convirtió en una auténtica derrota. La resiliencia es un concepto de la física extrapolado a la psicología y significa literalmente la capacidad de los metales para doblarse sin partirse. Llevado al terreno de la psicología, es la facultad para sufrir, para pasarlo mal, para tener adversidades y saber darles la vuelta. Lo importante no es vivir muchos años, lo esencial es vivirlos en profundidad, con hondura”.

La vida son decisiones. Aciertos y errores. Caminos correctos porque me hacen más pleno, más maduro. Caminos errados porque me hacen más pobre, más esclavo.

Y en las encrucijadas me detengo ante la derrota. Pienso y medito. Y grito con fuerza en mi alma: “Yo me levantaré e iré a mi padre”.

No me quedaré derrotado. Seré como ese metal que no se quiebra. No se da por vencido. Me lanzaré de nuevo a la carrera. Volveré a luchar, a dar la vida.

No me deprimiré pensando que no hay un futuro mejor para el que ha caído. No es así. Detrás de cada derrota hay espacio para una nueva oportunidad.

Después de un partido perdido viene la posibilidad de jugar otro. Otra posible decisión. Una nueva oportunidad para dar la vida, para jugarme el presente.

Porque es en presente como conjugo mi vida. No quiero que el pasado me quite tiempo. Lamentándome sobre la leche derramada. Ya pasó. Ya lo olvido.

Vuelvo a construir mi vida perdonando, perdonándome. Me pongo en camino. Dejo el lugar de la derrota. La olvido.

Bueno, en realidad la recuerdo para aprender de ella. Pero la olvido porque no quiero que la pena y la tristeza nublen mi vista. Es demasiado grande y hermoso todo lo que tengo por delante.

La victoria final es mía. Entre medias habrá mil batallas perdidas. No me importa. Sigo luchando como si fuera la primera batalla. Como si estuviera por primera vez en el fragor de la lucha.

No me desanimo. Me levantaré. Me gusta ese verbo. El deseo del alma. Vencer a aquellos que me dicen que no luche más, que no vuelva a intentarlo porque es inútil. No les hago caso.

Lo importante es aceptar que soy débil y falible. No lo sé todo, no lo puedo todo. Tendré que pedir ayuda, pedir consejo.

Tendré que mostrarme frágil ante los demás para que no piensen que lo puedo hacer todo bien. Porque es mentira.

Yo al menos lo sé. Lo he intentado a menudo y he fracasado. En el polvo de la derrota miro hacia delante. Hacia ese segundo inmenso que tengo ante mis ojos. Lucharé. Me pondré en camino. Me levantaré.

En la película Wonder dice el protagonista: “El más grande es aquel cuya fuerza levanta corazones. Todo el mundo debería recibir una ovación del público al menos una vez en la vida. Mi madre por no haberse rendido jamás”.

Quiero ser grande levantándome con fuerza. La fuerza está en el corazón que no deja de creer. Que no deja nunca de luchar.

Al menos una vez en la vida quiero escuchar la ovación del público. Y sentir que mi lucha ha merecido la pena.

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