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¿Lo que escapa de mi control me perjudica? Depende…

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 28/03/19

Ser libre interiormente te abre a planes que pueden ser mejores que los que tú habías pensado

La tentación del control me lleva a querer controlarlo todo. Lo que va a pasar. Lo que no puede pasar. Quiero tener el control de mi vida y no me gusta soltar las riendas.

Creo que sé lo que más me conviene. No me gustan las sorpresas que alteran todos mis planes. El control me hace fuerte.

La confianza está bien, pero no es suficiente. El control es mejor, me da más tranquilidad, más paz.

Sé que la vida está llena de sorpresas. Y quisiera abrirme a lo inesperado. El Dios inesperado entra en mi vida y todo se complica.

Dios llega a mi vida y me quiere sin seguros. No desea que viva controlando mi camino. No quiere que le exija a la vida orden, paz y resultados concretos.

A veces quiero encasillar a Dios para controlarlo. Digo que es como yo quiero que sea. Tengo mi imagen. Pongo en su corazón deseos míos. Y sus rasgos son los que yo le pinto.

Me veo ante un papel en blanco dibujando su rostro. Lo pinto a mi manera, según mi historia. Un Dios hecho a mi medida no podrá sorprenderme.

Me hace bien la sorpresa en mi vida. Me saca de mi esquema. Es verdad que me cuesta, pero me conviene perder el control de mis pasos.

Ya lo pierdo con frecuencia dejándome llevar por mi pecado, por mi ira, por mi tristeza. Ahí sí pierdo el control de mi vida. Me descontrolo.

Mis pecados me tumban. Y me avergüenza ser tan débil. Me dejo llevar por el mal. En esos momentos no soy yo mismo dueño de mis actos.

Decía el padre José Kentenich: La grandeza del ser humano radica en su capacidad de dominar sus instintos[1].

Quiero tener ese control que sí es bueno. El control sobre mí mismo. Quiero ser recio y firme para no dejarme llevar por lo que veo, por lo que me tienta. Quiero ser yo mismo siempre sin perder mi raíz, mi centro, mi paz interior.

Lo que me hace mal es el otro control que me vuelve rígido. No dejo que los planes que he pensado fracasen. Intento controlarlo todo para que las cosas salgan a mi manera.

Encasillo a Dios, lo limito, para que no me sorprenda. No me doy cuenta, pero manipulo a muchos para que se haga siempre mi voluntad. Estoy tan herido que no lo veo.

Me cuesta ser libre interiormente. Quisiera serlo para abrirme a esos planes que Dios ha pensado para mí.

Dios me abre un jardín maravilloso que me tienta cuando camino en el desierto. Me hace ver una fuente de agua que no se acaba cuando mi corazón necesita agua para saciar mi sed de infinito.

El control me cierra la puerta de la sorpresa. Quisiera tener un corazón más libre, más alegre, más roto y humilde para dejarme hacer por Dios en los caminos de la vida.

Él quiere que deje mis rigideces, mis cadenas, mis pretensiones, mis orgullos. Quiere que me quede descalzo en mi pobreza sin querer ser mejor de lo que soy. Sin estar protegido.

Me atrae el poder. El deseo de ser alguien. Me arrodillo para escuchar la voz de Dios que me pide que me quede con Él, a su lado, pobre, mendigo.

No quiero controlarlo todo. Ni el momento en el que Dios toca mi alma. No quiero decidir yo lo que más me conviene. Lo hago con tanta frecuencia…

Quiero que sea Dios el dueño de mi vida. Me siento tan desprotegido si no manipulo yo el timón que endereza el rumbo de mi barca…

Me gusta pensar que puedo ser más libre, más niño, más pobre, más humilde, más descalzo. Miro en mi pobreza a ese Dios que me busca y llama por mi nombre.

[1] J. Kentenich, Kentenich Reader I

Tags:
autocontrolcontrollibertadpoder
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