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Mostrar los propios errores, una forma de hacer crecer el amor conyugal

EKUMENICZNE MAŁŻEŃSTWO
Shutterstock
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¿Y si asumir las propios errores y los de su cónyuge fueran un paso hacia la construcción del amor matrimonial verdadero y profundo?

En una ocasión en que uno de mis defectos se manifestó de forma clara, le dije a mi marido: “¿Cómo haces para aguantarme?”. Y entonces me dio una magnífica respuesta: “Tengo esa gracia”. Y esto me hizo reflexionar. Él ha encontrado una forma muy hermosa de respetar mis defectos, pero además a mí también me ofrece la ayuda que necesito para aceptarme a mí misma con mis defectos. Y, a cambio, una nueva perspectiva sobre los suyos.

Aquello que me dijo también significa que la manera de convivir con los defectos propios no es lamentarse de manera estéril u ofenderse, sino exponerlos al amor de alguien que tenga la gracia para ayudar a aceptarlos. Solamente después quizás se ilumine la respuesta sobre qué hacer con ese defecto, sobre un posible cambio.

Simone Weil dice en Echar raíces: “También en la vida privada todo el mundo está siempre tentado de poner sus propias debilidades de algún modo entre paréntesis, de arrinconarlas en algún trastero, de hallar un modo de calcular en virtud del cual no tengan ningún valor. Ceder a esta tentación es arruinar el alma; es la tentación que por excelencia tenemos que vencer”.

Hacer nacer el amor en la pobreza

Las faltas o los defectos son uno de los medios que tiene la pareja para crecer en intimidad. He leído el testimonio de un hombre que decía que su pareja había conocido un nuevo comienzo al cabo de veinte años de matrimonio cuando ambos empezaron grandes discusiones sobre ciertos puntos sensibles que, inevitablemente, se reconoce que generan una gran susceptibilidad.

Su mujer y él se pusieron a hablar de la educación que habían recibido y de sus condicionamientos e incluso de las cosas que les avergonzaban en su historia. Tenían dos reglas. La primera: no hacer preguntas, para que quien hable tenga la libertad de decir lo que quiera y no más. La segunda: pausar la conversación en cuanto uno de los dos lo desee para poder retomarla más tarde. 

Lo que me impactó de este testimonio es que su diálogo no trató de sus defectos, de sus comportamientos, sino de su interior, de aquello que configuró sus personalidades. Pero no para justificar los defectos, sino para comprenderlos y, quizás, frustrar o apaciguar esas influencias secretas que a veces nos dominan.

Poner al día tu historia ante alguien que ha recibido la gracia para ello puede convertirse en un camino de perfección. Este hombre atestiguó que la proximidad y la intimidad con su mujer crecieron gracias a este diálogo.

¿Acaso conocer a la pareja y que ella te conozca, para convertirte en tu yo verdadero no es aquello de “el hombre (o la mujer) deja a su padre y a su madre y se une a su mujer (o su marido), y los dos llegan a ser una sola carne” que dice la Biblia? No podemos dejar al padre y a la madre si no reflexionamos profundamente en pareja sobre aquello que hemos recibido. Y este trabajo no termina nunca realmente. La unión y la intimidad con el cónyuge dependen de este trabajo de “abandonar la educación recibida”.

La paz de las relaciones humanas, de la relación conyugal, pasa por la aceptación de una forma de despojarse, de buscar una pobreza evidente desde la que pueda nacer el amor. El amor no puede nacer en un palacio que oculta la miseria.

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