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Por qué profanan iglesias y cómo responder

GRAFFITI
Photo by Cris Faga/NurPhoto
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Quemar, destruir o degradar lugares sagrados muestra un rechazo al diálogo, la mejor manera de responder a esta violencia es habitar más la Casa de Dios

Los actos de profanación en las iglesias son un símbolo de lo que el mundo vive de su relación con Dios: un rechazo al diálogo en la verdad. La mejor respuesta que los cristianos pueden ofrecer contra esta violencia es habitar más la Casa del Señor, donde el Dios del encuentro habla a este mundo desesperado.

En los últimos días, la actualidad ha estado marcada regularmente por la degradación perjudicial de la que son víctimas muchas iglesias.

Más allá de la indignación, los cristianos están llamados a actuar, porque, como a Cristo, “el celo por tu casa me devora”
(Juan 2,17, Salmo 69,10).

¿Qué es “profanar”?

Los actos en cuestión, cualquiera que sea su materialidad (incendios, degradaciones, mensajes injuriosos escritos, basura arrojada, etc.) son actos llamados “profanaciones”.

Profanar proviene del latín profanus (profano) y significa “ante el Templo”, en el sentido de lo que está delante, es decir, fuera del templo, el lugar sagrado.

Profanar un lugar es el acto muy violento de rechazar su carácter sagrado, desacralizarlo o, más literalmente, execrarlo (aborrecerlo, con la misma lógica etimológica que “profanar”).

Estos actos suelen realizarse como una gamberrada, a causa de un desequilibrio mental o como una expresión de un activismo ateo.

La Biblia usa la palabra corrompidos (“Dice en su corazón el insensato: «¡No hay Dios!» Corrompidos están, de conducta abominable” (Salmo 14,1).

Hay una pérdida de conexión con Dios y con lo que lo representa. Dios es esencialmente una Persona que invita al diálogo, aunque sea un diálogo de rechazo, como es posible para el ateo.

Pero aquí hay un rechazo radical al diálogo. Ya sea por burla o como un acto reivindicativo, hay un impedimento para el encuentro.

Una epoca profana

Me parece, desafortunadamente, el símbolo de lo que nuestro mundo vive en su relación con Dios hoy, aun a riesgo de que tomar el ejemplo de estos pocos actos lamentables para describir nuestro tiempo pueda parecer desproporcionado o dar la impresión de que una violencia responde a otra.

Pero ¿no es cierto que la lógica de nuestro tiempo muestra este deseo de transgredir constantemente, por juego, por bravuconería, para “ver lo que se hace”?

La falta de un conocimiento profundo de Dios, de la propia fe y de la de los demás, conduce a la violencia.

Hoy muchos jóvenes, ya se califiquen dentro o fuera de la Iglesia, están cada vez más lejos de un pensamiento construido sobre Dios.

Ya les parece suficiente un entendimiento histórico o sociológico de la religión, sin tener una idea del misterio vivo y vibrante que es Dios.

Entonces, Dios es entendido como el ídolo -en el sentido de la imagen o el símbolo- de un grupo, y solo eso. Dios ya no es la persona sagrada y, por lo tanto, respetable, a quien algunos aman, sino a un personaje entre otros que tiene significado para un grupo al que uno elige pertenecer o al que se mira desde fuera con asombro, desprecio o burla.

Actos cobardes

A menudo los que profanan iglesias, como no pueden atacar a las personas, no por respeto sino por cobardía, atacan lo que consideran el símbolo de las personas.

Aquí, de eso se trata. Es la Iglesia la que es atacada cuando una iglesia es profanada. Son los cristianos los despreciados cuando Cristo es ridiculizado en sus representaciones, y obviamente mucho peor en su Presencia Real, que se entiende solo como un símbolo ridículo.

El anonimato, norma de tantas relaciones sociales, favorecido por las redes sociales, tiende a suprimir la voluntad de la verdadera confrontación.

¿Dónde están los ateos convencidos y documentados que pueden entrar en debate y diálogo? ¿Dónde están los que rechazan el cristianismo sabiendo lo que ofrece?

Profanar iglesias es un acto cobarde de personas que no han entendido nada y no quieren entender nada más que la emoción de su valiente transgresión.

Para muchos, es el fruto de un desafío entre amigos, la prueba de iniciación para ser reconocido en el grupo como un valiente. Qué tristeza…

Visitación

Lo urgente en este mundo de apariencia es dejar claro que lo que anima a los católicos no concierne solo a este mundo, sino al Reino.

Cristo se rebela contra todos aquellos que mantienen su relación con Dios fijada irremediablemente en el suelo con sus mediocres argucias. Él solo anuncia al Padre, mucho más allá de los horizontes humanos. El apetito por el misterio.

Por eso, ante las pintadas, los incendios y la destrucción de iglesias y objetos religiosos, la mejor manera de responder desde la fe es habitar más la Casa de Dios.

Por Père Gaultier de Chillé

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