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3 principios y 6 prácticas para enlazar una pareja (por muy distanciada que esté)

IRISH WEDDING TRADITION
Shutterstock
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Ante una decisión, optar por lo que promueva más el amor por encima de lo práctico, útil o placentero

Quien me había consultado hacia algunos años, regresó para contarme con satisfacción la nueva historia de su matrimonio. Algo que le agradecí mucho, pues si bien es cierto que las disfunciones del amor contienen su propia enseñanza, también es verdad que podemos aprender, y mucho, desde la salud y plenitud que el mismo puede alcanzar.

Fue un gusto escucharle:

—Con solo cinco años de casados y dos pequeños niños, mi esposa y yo, de una desenfadada soltería, habíamos pasado a tener la responsabilidad de una familia sin poder rebasar nuestras individualidades, por lo que discutíamos por todo a todas horas.

Desesperanzados considerábamos ya separarnos.  

En una tregua, fuimos al cine y vimos una película basada en un hecho de la vida real, acerca de dos hombres que se perdieron en el desierto, y después de caminar dos días bajo el sol sin beber, encontraron un pequeño charco de agua inmunda.

Era tanta su sed que después de dudar y venciendo su repugnancia, uno de ellos la bebió sintiendo momentáneo alivio, pero en poco tiempo se sintió tan enfermo que quedo más deshidratado que antes de beber aquella agua, por lo que no pudo seguir caminando y murió ya cerca de un oasis. El otro sobrevivió.

Mi esposa y yo, impactados con la historia, reflexionamos que, perdidos en nuestras pasiones, estábamos a punto de beber de ese “inmundo charco”, y que lo que debíamos hacer era aguantar la sed y seguir caminando, pero en la dirección correcta.

Ya no buscaríamos una falsa solución. Solo que, si bien ambos queríamos cambiar, y creíamos saber en quéno podíamos. Por ello pedimos ayuda especializada, y así aprendimos que existe un orden en el amor conyugal, que está en su naturaleza y marca un camino seguro.

— Hábleme de ese orden desde su propia experiencia —le propuse.

—Sucedió que cuando usted nos explicaba sobre lo que el amor conyugal convoca de nuestra naturaleza para complementarnos y unirnos en el matrimonio, creímos entenderlo como quien entiende lo que es la luna, algo que formaba parte de nuestra razón y no una convocatoria práctica para nuestras vidas.

Por ello las primeras preguntas que debimos hacernos, debieron ser: ¿Cómo estamos nosotros en nuestras tendencias, apetitos y conmociones en lo biológico, psicológico y espiritual? ¿Estamos completos, sin reservarnos nada y compareciendo íntegramente ante el otro?  Si era así…  ¿por qué tanto desconcierto­?

Como no nos la hicimos, más que aprender poco estuvimos a punto de engañarnos mucho.

Afortunadamente empezamos a comprender que esa comparecencia hacía referencia a conservarnos sin rompimientos interiores, lo mismo en la alegría de vivir que entre los claroscuros de la existencia; entre la esperanza de ser mejores y el desánimo por nuestros defectos y limitaciones.

Significaba lograr un entrelazamiento afectivo cada vez mayor.

Así que retomamos lo visto en consultoría, en cuanto a tres principios básicos a través de los cuales todo lo que somos y sentimos en lo corporal y en lo espiritual sirviera para entretejer unos hilos, no de cualquier manera, sino de forma tal, que solo así se formara un resistente cordel que nos entrelazara con seguridad. Ese era el orden que nos faltaba.

Y subimos el nivel de nuestra comunicación para lograrlo.

Tales principios serían:

  • Ceder nuestro juicio en favor de la decisión más conveniente para promover el amor, por encima de lo práctico, útil o placentero.
  • Tratar más la relación en base a la misericordia que a la justicia, pues la misericordia en un amor sin medida allana el camino hacia una mejor donación, comprensión e ilumina la inteligencia.
  • Rectificar siempre la intención de ser el mayor bien del uno para el otro.

Algunos ejemplos de los hilos:

  • Compartir las actividades domésticas y responsabilidades en la educación de los hijos, aunque la más de las veces implique abnegación y sacrificio de una de las partes.
  • Aprender a escucharnos a través de las palabras, los gestos, actitudes y reacciones evitando los prejuicios.
  • Permitir al otro desahogarse, sentir empatía, darle la seguridad de ser comprendido emocionalmente aun cuando pudiera estar equivocado.
  • Ver en la intimidad el culmen de la delicadeza y ternura de como se vivió conscientemente el amor con obras, en ese día en particular, y no como un desahogado a los problemas y frustraciones, de ambos, o de una de las partes.
  • No esperar o reclamar intimidad, cuando el otro, por muchas razones, puede no estar en disposición o condiciones.
  • Respetar los intereses afectivos del otro más allá de la familia, con amigos y parientes.

Y muchos más….

¡Cuántos sinsabores se habrían podido evitar escogiendo las batallas en lo verdaderamente importante, para afianzar el amor, enlazándose con el más resistente cordel!

¡Cuántos evitarían así apagar su sed en una charca para seguir caminando!

Mi antiguo consultante lejos de engañarse, había aprendido mucho.

 

Consúltanos en: consultorio@alteia.org

 

 

 

 

 

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