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¿Te compensa un poder que te exige dejar de ser tú?

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Me tienta el poder. De nuevo pongo el acento en mi yo. Quiero tener poder. Quiero que no me hagan daño. Quiero ser eterno. Lo llevo impreso en el corazón como un deseo con el que nazco. Que todo sea mío.

Y a cambio, ¿arrodillarme ante el demonio? ¿Convertirme en su servidor para tener vida, para tener poder?

A veces veo que tengo un precio. Estoy dispuesto a renunciar a mis principios, a mis creencias, a cambio de un bien que me ofrecen. “Si haces esto…”.

Hay siempre una condición. Si dejo de lado mi fe, mis creencias, mis principios. Si renuncio a mi pobreza. Si me callo.

Simplemente tengo que decir que sí a lo que me piden. Parece sencillo, sólo es un trueque.

Renuncio a ser honesto, verdadero, auténtico, fiel, honrado. Renuncio a amar, renuncio a poner al otro en el centro. Renuncio a mis límites.

Me dejo tentar para conseguir un deseo que creo que me hará libre. Pero no es así. El límite forma parte de mi felicidad.

Leía el otro día: El deseo y la limitación constituyen dos aspectos inseparables de una misma componente, en el sentido de que ambos van siempre juntos, es decir, que sólo en la fantasía pueden concebirse por separado. Sin límites no puede haber orden y estabilidad[1].

Mi corazón se deja tentar fácilmente. El límite forma parte de mi camino. Es mi verdad más profunda. Tengo límites porque soy mortal, contingente, humano, débil.

Y yo quiero el poder. Me tienta que me obedezcan, que hagan lo que les pido. Y abuso de mi poder cuando lo tengo en mis manos.

Soy poderoso sólo porque han confiado en mí. ¿Cómo uso ese poder?

Quiero ser honesto. No renunciar a mis principios. Ser auténtico y fiel.

El límite forma parte de mi vocación. Tengo límites que me hacen más humano. Los acepto.

Hay deseos que no se harán nunca realidad. Lo veo con mucha paz y libertad. No deseo lo imposible que no forma parte de mi camino. Y sonrío ante esa renuncia que me hace más libre.

 

[1] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

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