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¿Construyes jardines o dejas avanzar el desierto?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/03/19

No quiero construir desiertos con mi ira, con mi odio, con mi desprecio, quiero construir jardines llenos de esperanza. Entregando amor, paz, alegría

La imagen del desierto me acompaña al comenzar el camino de la Cuaresma. El desierto es el lugar de las tentaciones. Es el lugar de la búsqueda interior de Jesús.

Allí descubre quién es. Bajo la luz de las estrellas. En el desierto el cielo es más ancho, la mirada más amplia y las estrellas brillan más.

Hasta allí llega impulsado por el Espíritu recibido en el Jordán: “En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto”.

El desierto es lo opuesto al vergel, a la vida, a la abundancia. En el desierto hay anhelo de paraíso, de vida plena. “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8,19).

El desierto me recuerda la soledad, la sequía, la falta de esperanza. Ir al desierto significa adentrarme en mi propio mundo interior. Mundo de opuestos, de tensiones.




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En mi alma todo clama expectante por el cielo que no poseo. Veo a mi alrededor signos de desierto. Comenta el papa Francisco: “En este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte”.

La amenaza del mal que pretende destruir el bien. El desierto de un mundo llamado a ser vergel, paraíso. El pecado se ha introducido en la piel del hombre. Y el paraíso ha dejado de serlo.

Continúa el Papa: “El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto. Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás”.




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Vivo en un desierto anhelando el jardín. Es la Cuaresma ese proceso que me lleva al jardín.

Dice el papa Francisco: “La Cuaresmadel Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original”. Es lo que yo anhelo al comenzar estos días.

Siempre me impresiona que muchas películas que hablan de un tiempo futuro muestran una realidad más parecida a un desierto que a un jardín.

Un mundo de hormigón, de cemento, de soledad, de destrucción. Han muerto los bosques. Se han secado los mares.

Un desierto en el corazón de los hombres. El pecado que ha roto el vínculo profundo del hombre con Dios. El corazón humano que deja de buscar a Dios para pasar a creerse él mismo Dios.

Me da miedo que mi vida sea un desierto. Que el mundo en el que vivo y crezco tenga más de desierto que de jardín.

Me gusta mirar cómo crecen las plantas con su ritmo cadencioso. O pensar en los árboles que hoy abrigan con su sombra y hace tanto eran sólo un tronco incipiente. Me sorprende el desarrollo lento de la vida, desde dentro.

Entrar en un jardín me habla de vida que crece desde dentro. Nada sucede rápidamente. Ni la muerte, ni la vida. Todo comienza en momentos apenas perceptibles.

Tal vez es como mi propia vida. No crezco rápidamente. A veces pienso que no crezco. Luego, con el paso del tiempo lo veo claro. He crecido, o he envejecido, o he madurado. Todo a fuego lento.

O me he acercado a Dios sin darme cuenta. O me he alejado de Él torpemente. La fidelidad y la infidelidad son el final de una secuencia. Se juegan en momentos insignificantes que se suceden.

Entre el jardín y el desierto hay cientos de instantes sagrados. Se suceden sin que me dé casi cuenta. Así es la vida. No ocurre todo de golpe. No cambia un entorno al instante.

No se seca mi alma en un solo latido. No llego a la meta sin un sinfín de momentos de lucha. La vida se juega en instantes. Eso lo entiendo. No en uno, en muchos.




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Siempre puedo volver a sembrar con la esperanza de la vida. O puedo arrancar lo plantado en un gesto de ira, acercándome al desierto.

Yo construyo jardines. O con mi vida logro que crezca el desierto. Puedo ir en una dirección. Puedo ir en la otra.

Puedo lograr el oasis dentro del desierto. Puedo hacer que mi vida sea un desierto en medio de jardines.

Leía el otro día una reflexión sobre el desierto: “El término desierto significa, etimológicamente, sin hombres, pero también lugar sin lluviasy, por ende, sin plantas. Para muchos es un lugar vacío, sin vida, monótono, sin paisaje. Para otros, el desierto es el mundo de los detalles. Puede provocar multitud de sensaciones: miedo, soledad, desubicación, placidez, euforia”.

El desierto habla de todo eso. Un espacio vacío de hombres, de lluvias, de plantas. Un espacio sin vida.

Pienso en el desierto como el lugar que teje mi propia vida alrededor. Cuando el pecado se mete en mi alma y me envenena. Me aísla. Acaba con la vida que hay en mí. Con la vida que he sembrado. Y me seca.

El pecado que me hace solitario, incapaz de vínculos, amante de espacios vacíos. Me da miedo ese desierto de extremos. Calor extremo. Frío extremo. Ese desierto en el que falta el agua que calma la sed. Y las sombras que dan cobijo a mis miedos.

Me da pánico construir desiertos en lugar de jardines. Caer en la tentación de alejar a los hombres de mí. Y no ser para ellos lugar de acogida, espacio sagrado en el que pueden echar raíces y dar fruto sano.

Anhelo el cielo en la tierra. El oasis en el desierto de mi vida. La armonía amenazada por el pecado que mata la vida.

Destruyo lo que florece para intentar construir mi propio desierto. Se seca la vida porque no la cuido. Deja de haber sombras porque he matado la esperanza.

La creación expectante está aguardando el paraíso, la vida eterna, la vida plena.

No quiero construir desiertos con mi ira, con mi odio, con mi desprecio. Quiero construir jardines llenos de esperanza. Entregando amor, paz, alegría. Un jardín lleno de vida.

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