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¿Cuál es tu mayor tentación?

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La tentation au désert, Briton Rivière, 1898

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/03/19

Tengo una herida, la mía, nadie más la tiene igual, la forma de mi herida es mi forma original de vivir...

El demonio tienta a Jesús. En la soledad del desierto es tentado. Ser tentado es lo más humano. La tentación me toca en mi debilidad.

La debilidad de Jesús era ser hombre. Había renunciado al poder de Dios. No lo sabía todo, no lo podía todo, no estaba en todas partes, no era inmortal. Se había limitado en el tiempo y en el espacio. No podría hacer uso de su esencia divina. Era Dios y era hombre.

No conocía el pecado. No estaba roto por el pecado original. No tenía la fragilidad que al hombre lo lleva a hacer el mal.

Hay en mí dos fuerzas internas que luchan continuamente. Una de ellas surge de la bondad de mi alma. De ese Abel que tengo muy dentro.

Y otra fuerza me lleva al mal. A querer el mal. A buscar la maldad que en realidad no deseo. El pequeño Caín que llevo dentro.

Y el demonio conoce mi fragilidad. Sabe que estoy roto y que puede fácilmente vencer mis resistencias.

Puede insinuarme paraísos terrenos que calmarían mi sed de infinito. Me muestra un cielo en la tierra que él se ha inventado.

Haciéndome creer que seré feliz si como de ese árbol prohibido. O sigo sus pasos hacia el vergel que él me presenta tan atractivo en medio de mi desierto, un espejismo.

El demonio conoce la renuncia de Jesús. Es el hijo de Dios. Sabe cómo puede tentar a Jesús. Porque Jesús ha abrazado la carne humana.

Y conoce al mismo tiempo quién es su Padre que lo ama: “Este es mi hijo amado, mi predilecto”. Escuchó su voz en el Jordán y algo saltó en su vientre.

Un anhelo de infinito que encontraba un eco muy hondo. Era Dios. Era el hijo de Dios. Pero no tenía todo el poder de Dios.

Limitado en su carne había abrazado el querer de hombre. Su voluntad débil. Su alma frágil.

El demonio se acerca sigiloso en el silencio de su desierto. Lo ve con hambre, necesitado porque es hombre.

Lo tienta con la posibilidad de no dejar de ser Dios. Es la mayor tentación para el Hijo de Dios. No tiene por qué renunciar a tanto. Podría ser Dios entre los hombres. Capaz de todo. Sin límites. Hacedor de milagros. Un mago.

¿Para qué tanta renuncia? ¿Qué sentido tiene? Podría salvar a todos. Ser adorado por todos. Respetado por todos. Incluso temido por todos. ¿Por qué no?

El demonio tienta a Jesús que es hombre, que es Dios. También me tienta a mí como hombre. Quiero ser como Dios. Quiero ser perfecto y hacerlo todo bien. Quiero hacer todo lo que me propongo.

El demonio conoce mi debilidad humana y se acerca. Tengo una fragilidad en mi alma. Dice el padre José Kentenich:

El hombre siempre tuvo dificultades para arraigarse en el mundo sobrenatural porque su naturaleza está lesionada, agobiada e infectada por el pecado original[1].

Soy débil. Tengo una herida, la mía, nadie más la tiene igual.La forma de mi herida es mi forma original de vivir. Estoy herido.

Comenta san Agustín:

“Aunque en el Paraíso, antes de pecar, no podía todas las cosas, con todo, lo que no podía no lo quería, y por eso podía todo lo que quería; pero ahora, el hombre se ha vuelto semejante a la vanidad [en vez de semejante a Dios]; pues ¿quién podrá referir cuánta inmensidad de cosas quiere que no puede, entretanto que él mismo a sí propio no se obedece?”[2].

Soy frágil en mi pecado. Ahora no puedo hacer lo que quiero hacer. Antes lo que no podía no lo quería. Ahora lo deseo, lo quiero. No acepto la renuncia. Me rebelo contra la impotencia.

Sueño con lo que no he elegido. Desprecio lo que poseo. Anhelo lo que no me pertenece. Por envidia, por vanidad, por orgullo.

El demonio conoce mi alma enferma y me seduce mostrándome como posible lo que deseo. Sabe que soy frágil en mis amores. Y que lo que hoy deseo mañana lo cambio sin problema.

Conoce la facilidad con la que caigo en la infidelidad y lo rápido que me canso de las cosas. Conoce mi alma hasta lo más profundo y por eso me tienta. Me muestra como posible lo que mi alma apetece. Quiere que lo posea todo, que lo sea todo, que lo pueda todo.

¿Cuál es mi mayor tentación? Tendrá que ver con mi herida fundamental. Con mi carencia más honda.

O no he sido tan querido como necesito. O no me han valorado en mi entrega y generosidad. O me han dejado solo y no me han buscado ni enaltecido cuando lo necesitaba. O no me han dejado la libertad que precisaba y estoy herido.

Y entonces la tentación entra como el agua por la grieta. Se desliza suavemente sin hacer ruido. Cuando intento darme cuenta es tarde. Hay un fango en mi interior que retiene mis pasos. No puedo salir.

La voluntad claudica y me veo arrastrado hacia dónde no quiero ir. Es un muro contra el que choco sin poder resistirme. Imposible resistir su fuerza.

Tal vez demasiado tarde para oponer resistencia. Cuando he dejado entrar el agua suave, o la brisa suave, sin hacer nada por evitarlo.

Ya está todo hecho. Una vez el agua dentro, o el viento dentro. No puedo pararlo con mi voluntad. He caído. Y me maldigo a mí mismo.

Pero no es culpa mía por esa caída última. Es más bien antes cuando debería haber parado los pasos. Antes de todo. Cuando aún era más fuerte que el agua débil o que la brisa suave. En ese momento podía. Después ya no.

El demonio tienta a Jesús con la posibilidad de satisfacer sus deseos. Le ofrece renunciar a sus límites para poder ser Dios:

“Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: – Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le contestó: – Está escrito: – No sólo de pan vive el hombre”.

Es la primera tentación. Jesús tiene hambre y sed después de cuarenta días. Son necesidades básicas. Basta una orden suya para conseguir alimento. Aquel que resucitará a los muertos y dará de comer a tantos, ¿no podría en su necesidad satisfacer su hambre?

Era sencillo hacerlo. Trasgredir una norma en beneficio propio. ¿Era ese el sentido de su camino en la tierra? ¿Había asumido mi condición mortal para satisfacer sus propios deseos?

Tienta también el demonio a Jesús con la posibilidad de ser poderoso:

“Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: -Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si Tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo. Jesús le contestó: – Está escrito: – Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto. Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: – Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: – Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y también: – Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le contestó: – Está mandado: – No tentarás al Señor, tu Dios”.

Dueño de todos los reinos. Inmortal. Invencible. ¿Acaso no era Dios? Esa tentación podía debilitar el corazón de Jesús. Podría hacerlo dudar. Hacer uso de su poder divino. Olvidarse de su impotencia. Renunciar a la pobreza de la carne. Y adorar al demonio. Volver el corazón hacia el mal.

Hoy siento que me gusta estar protegido y no caer. No quiero ser herido. No quiero morir. Pero también sé que no tengo que servir al mal para conseguirlo.

Miro a Dios y escucho las palabras que hoy repito en el salmo:

“Está conmigo, Señor, en la tribulación. No se te acercará la desgracia. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones. Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré”.

El Señor es mi Dios. Él me protegerá. No tengo que temer los infortunios ni las desgracias. Miro mi historia sagrada.

Hoy escucho la historia de Moisés:

“Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí. Luego creció hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel”.

Miro mi propia historia. He sido salvado. No tengo que renunciar a nada para vivir confiado. Dios me lleva en la palma de su mano.

[1] J. Kentenich, Envía tu Espíritu

[2]Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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