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Días para dejarte hacer por Dios de nuevo

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/03/19

Cuaresma es ver a Jesús abrazándote y diciéndote al oído que no temas, que tu vida es maravillosa y que contigo va a hacer grandes milagros. ¿Te lo crees?

Siempre me resulta algo extraño recibir ceniza en la frente como bendición. Una ceniza bendecida. Los ramos de olivo del domingo de ramos de hace un año convertidos en cenizas…

Cenizas bendecidas con agua bendita. Colocadas en forma de cruz sobre mi frente. Para que no me olvide de dónde vengo, de a dónde voy.

¿Vengo realmente del polvo? ¿El cielo acogerá mi polvo bendecido? El polvo me recuerda que soy pequeño. ¿Me hace falta? Hay ya tantas personas a mi alrededor que me lo recuerdan.

¿No deberían decirme al bendecirme que soy maravilloso? ¿Tanto hincapié en mi necesidad de ser humillado? No lo sé.

Al bendecir pronuncio unas palabras: “Polvo eres y en polvo te convertirás” o “conviértete y cree en el Evangelio”.

Puedo elegir. O hablo del polvo y de la humildad de mi carne. O pido que el alma se convierta y crea.

En ambos casos lo que importa es el signo, la ceniza en forma de cruz sobre mi frente. Para recordarme que soy pobre y que sin Dios nada puedo. Para que otros vean en mi frente la señal de humillación.




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Me hace falta mirar a Dios. Mirar a Jesús caminando a mi lado en la desolación de mis días, en mi dolor y en mi cruz, en mi soledad.

Verlo abrazándome y diciéndome al oído que no tema, que mi vida es maravillosa y que conmigo va a hacer grandes milagros. ¿Me lo creo?

Me quedo quieto con una sonrisa extraña y una cruz más extraña aún sobre mi frente. Saldré a la calle convencido de una cosa: mi vida es maravillosa y yo soy maravilloso.

Y esa cruz es como la corona, o la señal que me distingue. Me ha marcado Jesús con su cruz para que no me pierda. Soy de los suyos.

Lo he elegido a Él, lo he buscado. Me ha nombrado, me ha venido a ver. Y ha dejado su huella, su marca, su señal de posesión.

No necesito que me humillen más. Ya bastante lo hace el mundo. Sí necesito comprender que no puedo salvar mi vida yo solo.

No me levanto sobre la tierra. No soy capaz de elevarme por encima de la muerte. Necesito que Jesús me eleve. Me llame. Me encuentre. Y para ello me ha marcado.

Y yo salgo con una sonrisa. Y me pongo en camino. Y sé que lo que tengo por delante son cuarenta días de camino, de conversión, de dejarme hacer por Dios de nuevo.

Sobre los tres pilares que se me regalan: el ayuno, la oración y la limosna. Así los explica el Papa Francisco al comenzar la Cuaresma:

“Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de devorarlo todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad”.

Miro mi corazón ávido de bienes, ansioso, inquieto. Y deseo que se calme en el corazón de Dios.

Es la Cuaresma un tiempo para detener el tiempo. Para salir de mí mismo en un éxodo sagrado al encuentro con Dios. Un despojarme de tanto peso que carga mi alma apegada profundamente a la tierra.




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Deseo tener una piel nueva. Un corazón nuevo. Para entender que mi vida sólo tiene sentido cuando se entrega por amor. Habiendo sido amado.

Me inclino para recibir la bendición. Me arrodillo ante Dios para ser abrazado por su amor. Jesús me quiere a mí como soy en mi pobreza. En el polvo de mi vida que me ahoga tantas veces.

No sé amar como quisiera. Y siento siempre que el mundo está en deuda conmigo. O Dios mismo por no haberme dado todo lo que le he pedido.

Soy polvo. El polvo que se pega a los zapatos. El polvo que molesta al meterse en los ojos. El polvo que cubre los caminos por los que voy y vengo. Soy polvo en este tiempo que me aturde con su devenir pausado.

Mañana habré dejado sólo la huella en el polvo de mi paso ligero por la vida. ¿Cómo es que me ato tanto a este camino caduco?

Hoy la cruz en mi frente me recuerda a quién le pertenecen mis días. El hambre de infinito que tengo sólo en Dios será calmada. Un día. Cuando sea eterno.


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