Recibe Aleteia gratis directamente por email
¡Alimenta tu espíritu! ¡Recibe las noticias de Aleteia cada día!
¡Inscríbete!

¿No estas preparado para donar?

Aún así hay otras 5 maneras como puedes ayudar a Aleteia

  1. Reza por nuestro equipo y por el éxito de nuestra misión
  2. Habla de Aleteia en tu parroquia
  3. Comparte el contenido de Aleteia con tus amigos y tu familia
  4. Desactiva el bloqueo de publicidad cuando nos visites
  5. Suscríbete a nuestra newsletter gratuita y leenos a diario

¡Gracias!
El equipo de Aleteia

Suscríbete

Aleteia

¿Por qué el Gloria y el Aleluya se omiten durante la Cuaresma?

CHOIR SINGERS
Comparte

Incluso la liturgia "ayuna" en preparación del glorioso tiempo de Pascua

El tiempo de Cuaresma está marcado por dos omisiones litúrgicas muy destacadas. Ni el himno conocido como el Gloria (Gloria a Dios en las alturas) ni el Aleluya cantado antes del Evangelio se cantan durante los 40 días completos de Cuaresma (con algunas pequeñas excepciones).

¿Y eso por qué?

Primero de todo, el Gloria es un himno que celebra la venida del Señor usando las palabras de los ángeles en el nacimiento de Cristo. La Iglesia durante la Cuaresma regresa en espíritu a una época en que el pueblo de Dios estaba en el exilio, esperando que el Mesías llegara y los salvara. Es un periodo de expectativa similar al de Adviento, pero en lugar de esperar el nacimiento de Cristo desde el vientre de María, el pueblo cristiano espera el segundo “nacimiento” de Cristo desde el vientre del sepulcro.

En segundo lugar, siguiendo este mismo espíritu de exilio, la Iglesia se une a Moisés y a los israelitas mientras vagan por el desierto durante 40 años. Es un momento de agonía y purificación, donde los fieles se unen para decir: “¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahveh en una tierra extraña?” (Salmo 137,4). La palabra “Aleluya” está arraigada en una expresión hebrea que significa “alabar al Señor” y por lo tanto se omite durante la Cuaresma.

Como resultado, nuestro enfoque en la Cuaresma no es regocijarnos, sino lamentar nuestros pecados, mirando aquellas cosas que nos impiden una relación auténtica con Dios. Una vez que se eliminan a través de la oración, el ayuno y la limosna, podemos regocijarnos nuevamente en la Pascua, porque no solo celebramos la resurrección de Cristo, sino nuestro propio renacimiento en el espíritu.

Igual que una mujer que experimenta dolores de parto antes de nacer, los cristianos “gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Romanos 8,23).

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.