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Superficialidad vs perseverancia: ¿por quién hago las cosas?

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Nako Photography | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/03/19

Hago las cosas a medidas, sin darle todo mi tiempo, mi atención, mi preocupación, ¿cómo esforzarme de forma firme y constante?

A menudo me pregunto por quién hago las cosas. ¿Las hago por mí? Dice la Biblia: “Trabajad siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga”.

El mundo me anima a no trabajar tanto. A ansiar que llegue el fin de semana. A buscar la paz y el sosiego lejos de las prisas y los ruidos. Me anima a dejar que otros hagan las cosas por mí. Y no perder el tiempo en lo innecesario.

Hoy escucho que tengo que fatigarme por el Señor. Trabajar por su reino.

Juzgo a aquel que no se relaja y vive invirtiendo horas y más horas en mil trabajos. Digo de él que es un exagerado que no deja tiempo para los suyos. Y puede ser que haya puesto el acento en el trabajo del mundo.

Miro a otros y veo que buscan el descanso con denuedo. Y no se esfuerzan por hacer las cosas bien. Digo que son chapuceros. Que quieren un premio desproporcionado. Desean sólo el dinero que reciben y trabajar lo menos posible.

¿Es este el ideal? ¿Dónde está el punto medio?

Adán comió del árbol que no debía comer y tuvo que abandonar el paraíso. Y como consecuencia vino la fatiga, el sudor, el esfuerzo. Como un castigo.

Hay personas que huyen del esfuerzo. Cuanto menos tengan que hacer, mejor. ¿No me pasa a mí que me dejo llevar por la corriente de la pereza?

Una fatiga sin reservas. Por el Señor. Por su reino. Sudar por Él, cansarme por Él.

A veces no me quiero ensuciar. Rehúyo trabajos poco importantes. Creo que eso no me corresponde. Que lo haga otro. Es menos digno. Deseo hacer las cosas que se ven. Lo que de verdad importa y brilla.

“Así, pues, hermanos míos queridos, manteneos firmes y constantes”. Y quiere Dios que me esfuerce de forma firme y constante.

Me quejo de la inconstancia. Hago las cosas a medidas. Sin darle todo mi tiempo, mi atención, mi preocupación. Me gustaría ser más generoso y constante en el amor.

La pereza, la desidia, la inconstancia. Cambio de actividad continuamente. No me detengo en lo que estoy haciendo. ¿Me falta hondura? Puede ser.

Hago las cosas de forma superficial. No me dejo la piel en lo que hago. Que no me cueste mucho, pienso. E improviso. O lo dejo todo para última hora. Total, no es tan importante.

Y así se me van las horas, y los días. Desaprovechando todo ese tiempo que Dios pone en mis manos. Vivo en un mundo confuso lleno de ruidos en el que no tengo tiempo para detenerme un momento.

Leía el otro día: “Sin ruido el hombre está destemplado, febril, perdido. El ruido, como una droga de la que se hubiera hecho dependiente, le da seguridad. Con su apariencia festiva, es un torbellino que impide mirarse a la cara. La agitación se convierte en un tranquilizante, un sedante, una bomba de morfina, una forma de sueño, de onirismo inconsistente”[1].

Busco el ruido que me aleja de las profundidades de mi alma. No me esfuerzo en hacer las cosas desde lo hondo de mi ser.

Trabajo y me esfuerzo en la superficie de mi vida. Pero no entro dentro. No busco el silencio para trabajar con Dios. Para hacer algo grande con mi vida sin necesidad del ruido. Sin buscar el ruido.

¡Cuánto me cuesta el silencio! Vivo en esta tensión. Volcado en el mundo. Anhelando al mismo tiempo volver a lo más profundo de mi alma.

Vivo fuera queriendo volver dentro.Vivo dentro intentando salir fuera. Una lucha constante. Necesito el justo equilibrio. Entre lo que soy y lo que estoy llamado a ser.

Comenta el padre José Kentenich: “Pensemos en nuestro propio desarrollo. Observamos en él cumbres y valles, ¡qué lejos estamos de amar con constancia y estabilidad!”[2].

Crezco en el mundo de Dios. De forma constante. Dios sabe cuáles son mis resistencias. Me busco de forma egoísta.

Quiero que otros se esfuercen, no yo. Quiero que otros hagan. Y yo permanezco pasivo al borde del camino.

Me pongo manos a la obra. Actúo con perseverancia. Sé que la vida se juega en mis decisiones constantes.

Vuelvo a elegir dar la vida por Jesús. Merece la pena vaciarme. Nunca quedará mi fatiga sin recompensa. Cuando lo hago todo por Él.

¿Cómo pueden convivir en mí deseos tan opuestos? Quiero dar la vida por entero y luego conservarla cueste lo que cueste.

Quiero amar a los demás por amor a Jesús y me encuentro amándolos por amor a mí mismo, por miedo a quedarme solo. Es tan vana mi vida

Mi deseo último parece ser superficial. Yo, que me creo tan profundo. Y me confronto tan a menudo con pensamientos absurdos que me sacan de mi paz interior.

Busco dentro de mí al que me trae consuelo. Mientras con mi otro yo busco fuera de mí ídolos que calmen mi sed de infinito. No lo logro y me frustro.

Quiero llegar a las cimas dejando los valles. La perfección que Dios me pide tiene que ver con el amor. Un amor que se da por entero. Que ama sin reservas. De forma constante e íntima. Un amor fiel. Un amor grande. Es lo que deseo.

[1] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 37

[2]Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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