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Cómo vivir enamorado

FLOWER
Shutterstock-AUQTEE
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El amor humano te puede llevar al cielo o hacer de tu vida un infierno, tú eliges

¿Por qué fracaso tantas veces en el amor? ¿Por qué se rompen esos vínculos que un día creí tan firmes? Me da miedo herir amando. Y odiar después de haber amado. ¿Cómo es eso posible?

Sueño con un amor que no se enfríe. Con un amor que no se duerma en la rutina. Deseo un amor enamorado.

El amor del padre al hijo. De la madre a su hijo. De los hermanos. De los amigos. Yo no elijo la sangre que comparto. Pero vuelvo a elegir cada mañana a quién amo y cómo lo amo.

Porque el amor que no se cuida, se apaga. Un amor de detalles, de rutinas sagradas, de gestos preciosos.

Un amor cotidiano, santo, hondo y alegre. Un amor enamorado. Que vuelve a reír al pensar en el amado. Sólo un amor así evoca ante mí el amor que Dios me tiene.

El amor humano me puede llevar al cielo, o hacer de mi vida un infierno. Yo elijo cómo vivir el amor que recibo. Y qué hacer con el amor que nace en mi alma herida.

Quiero un amor generoso, grande, sin barreras. Un amor alegre. Porque si quien me ama no me hacer reír, no sé si me hará feliz algún día.

Decía el papa Francisco: “En el matrimonio conviene cuidar la alegría del amor[1]. Una alegría sana y constante. Una alegría que se cultive de forma creativa.

Un amor que no se conforme con lo que ya ha conquistado. Que siempre quiera más. Que siempre esté dispuesto a dar más. Un amor así es el que quiero.

Un amor que no pase. Un amor que lleve sembrada en su interior la semilla de lo eterno. Dios la ha sembrado. Dios siembra en mí una capacidad de amar ilimitada.

A veces desconfío del amor cuando he sido herido. Y me cuesta perdonar las ofensas, los desprecios y los olvidos. Y vivo mendigando amor a quien no puede amarme.

Quiero que mis amores humanos me arrastren al cielo. Como lazos humanos de los que tira Dios para que no me escape. El amor humano que desde sus límites me enseña cuánto me quiere Dios.

Me hago responsable de lo que amo, de quienes amo. No prometo amor de forma irresponsable. Me ato libremente.

Y cuando lo hago me tomo en serio las palabras que digo. Quiero querer desde mis entrañas. Con mi cuerpo, con mi alma. De forma total, sin egoísmos. Haciendo realidad lo que prometo. Es el amor que sueño. Vivir enamorado.

[1] Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

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