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¿Hasta dónde renunciar por una convivencia tranquila?

GREEN, MAN, CROWD

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/02/19 - actualizado el 04/02/19

El camino no es la uniformidad: el amor ama las diferencias

En ocasiones veo que me comporto como todos lo hacen para no desentonar. Es como si no quisiera quedar excluido de un grupo. No quiero perder la pertenencia. Me asusta la soledad, la exclusión.

En un experimento hecho en la sala de espera de una consulta se muestra cómo uno se adapta al comportamiento que ve en el grupo sin cuestionarlo.

Con el sonido de un bip todos se levantan y vuelven a sentarse inmediatamente. Los que van llegando a la sala de espera se incorporan al ritual sin rechazarlo. Todos lo hacen, yo también lo hago.

Se adaptan por miedo a quedar fuera. Es más fácil formar parte del grupo. Aunque no entienda las razones del propio comportamiento.

Este experimento sencillo se puede aplicar a otras facetas de mi vida. Un niño sin móvil en una clase en las que todos tienen móvil y WhatsApp. Unos padres que ceden a las presiones de los padres de la clase para dejar hacer a sus hijos ciertas cosas.

Es más fácil ceder y adaptarme que mantenerme firme. Cuando me adapto a lo que todos hacen no me siento solo. Formo parte del grupo. Pero si no lo hago, siento que la vida sigue sin mí y yo quiero formar parte de la vida.

Tener la personalidad suficiente para no seguir patrones de comportamiento establecidos no es tan sencillo.

Corro el peligro de dejarme llevar por la masa, por lo que todos piensan o creen. Acabo haciendo lo que no quiero hacer, y pensando lo que no quiero pensar.

No deseo entrar en confrontación con nadie y por eso me amoldo. Dejo de pensar por mi cuenta. Dejo de tener ideas originales. Dejo de actuar de acuerdo con mi forma de ser.

Imito, copio, me amoldo. Sigo los comportamientos de los otros. No me atrevo a desentonar. Tengo miedo a la reacción del grupo. No quiero la condena, ni la crítica.

Esto que parece tan obvio sucede en muchas facetas de mi vida. No quiero que me señalen como distinto.

Pertenecer a un grupo tiene su coste. Renuncio a mis ideas propias, a mis formas originales de ver las cosas, a mis actitudes únicas. Renuncio a ser como yo soy para ser uno más del grupo. Así no me diferencio.

Creo que siguiendo unas normas mínimas impuestas por el ambiente no desentonaré y seré aceptado por todos. ¡Cuánto me cuesta diferenciarme de los demás!

En la vida cuesta mucho aceptar la originalidad de los otros. Cuesta aceptar las diferencias. Digo que acepto al otro como es, pero no es así. Muchas veces quiero que sea como yo quiero. Quiero cambiarlo.

Comenta el padre José Kentenich: Incluso cuando creemos tener abiertas las puertas de nuestra alma para permitir la entrada de un tú personal y ser acogido por él, a veces nos engañamos. Porque en esos casos no solemos ver al tú en su figura real, sino que nos fabricamos una imagen de él a nuestro antojo, una imagen que armonice con nuestro propio yo necesitado. Y así no amamos al tú con abnegación y con olvido de nosotros mismos, sino que, en el fondo, nos amamos a nosotros mismos. Medimos al tú con nuestra propia vara y tratamos de meterlo en la camisa de fuerza de nuestro propio yo; nos proyectamos en el tú. No servimos a su ideal personal sino al nuestro. No desarrollamos con espíritu de servicio su originalidad[1].

Quiero al otro como yo quiero que sea. Intento meterlo en la camisa de fuerza de mi proyecto. Quiero que sea como yo soy. O de una forma que me parezca adecuada.

Me niego a aceptar su originalidad, sus diferencias y pretendo que renuncie a ellas. Para poder amarlo tiene que ser como yo deseo.

Para que me amen tengo que responder a esa expectativa que tienen sobre mí. Tengo que dejar fuera lo que les molesta a los otros. Todo lo que incomoda, lo que es distinto, lo que desentona.

Dejo de lado mi forma de vestir, de comportarme, de pensar, de ser. Lo dejo todo fuera, a la puerta, para adaptarme a las exigencias del amor.

Me piden que sea distinto si quiero ser amado. Y yo transo, renuncio, me adapto, entrego mi vida con el fin de conseguir la paz de una convivencia tranquila.

Si hago lo que esperan de mí me aceptarán en el grupo. Si reacciono como espera de mí la persona que me ama, seré siempre amado.

Pero si sigo empeñado en ser fiel a mi originalidad, a mi ideal personal, no tendré cabida en ese proyecto de amor. Me rechazarán, me dejarán fuera. No me amarán tanto como deseo.

Ya sea en el matrimonio, en la familia, en una comunidad. No importa donde. Si no cambio no soy amado. Si no me adapto a los demás y renuncio a mis formas, no voy a ser integrado en el grupo.

Tengo la tendencia a adaptarme. Y tengo la inclinación a exigir a los demás esa adaptación. Eso no me hace feliz y veo que mi amor no hace felices a los otros.

Cuando no se respeta la originalidad uno no puede ser feliz. Cuando no se ve con buenos ojos las formas diferentes. Los hábitos distintos.

Quiero cuidar lo mío, mi originalidad. Si lo hago seré capaz de aceptar las diferencias de los demás. Mi amor será más abierto y aceptará que el camino no es la uniformidad.

El amor ama las diferencias. Las integra. El amor verdadero no vive en confrontación con lo que es diferente. No niega lo original. El amor verdadero lo acoge todo sin pretender cambiarlo.

[1] Herbert King, El mundo de los vínculos personales. Textos José Kentenich

Tags:
amoridentidadprejuiciosrespeto
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