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La “medicina” definitiva contra la tristeza que se toma cada 4 horas

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/02/19 - actualizado el 01/02/19

Esas circunstancias de tu vida que te angustian, elígelas

No sé muy bien si la vida entera se juega en las decisiones que voy tomando. A veces creo que sí. Decido elegir lo que estoy viviendo. Aceptar mi realidad. Pero esa decisión no siempre dura tanto.

El otro día escuchaba a la sicóloga Pilar Sordo. Y contaba la historia de una mujer que lo había perdido todo en Chile en el último terremoto. En su búsqueda de la felicidad en medio de la desgracia le pregunta:

“Pilar, yo tomo la decisión de ser feliz por la mañana a las ocho. Pero esa decisión no me dura todo el día. ¿Se puede tomar la decisión como quien toma un medicamento cada cuatro horas? Yo cuatro horas sí aguanto”.

No sé si puedo ser feliz siempre. Tampoco sé sí logro aguantar cuatro horas. Pero lo que sí puedo hacer es decidir cada cuatro horas ser feliz.

Elegir cada cuatro horas de nuevo la vida que tengo que vivir y no otra distinta. Elegir en momentos complicados esas circunstancias que me angustian y me quitan la paz.

No porque desee sufrir. Sino porque sé que elegir lo que ya vivo, en lugar de vivir negándolo o rechazándolo, es el único camino que tengo para tener paz en el alma y un corazón sano.

Elijo la enfermedad que no deseo, porque no puedo hacer que desaparezca. Elijo la pérdida que me duele muy hondo, porque no puedo volver al pasado.

Elijo mi soledad como compañera del camino, cuando no estoy acompañado. Elijo el fracaso cuando no he podido lograr la victoria.

Vuelvo a decidir eligiendo lo que tengo ahora, aunque no lo desee. Y lo repito cada cuatro horas, como si fuera un medicamento.

Cada cuatro horas me levanto, miro a Jesús a los ojos, y le digo:

“Te elijo a ti. Decido vivir contigo esta vida que tengo. No otra distinta. No te lloro por lo que no puede ser. No me hundo al pensar en la oportunidad perdida. No me amargo por no poseer ahora lo que antes me hacía tan feliz. Vuelvo a elegirte a ti. Decido estar contigo. Siempre. No dudo de tu amor”.

Muchas cosas en mi vida no van a cambiar nunca. Algunas porque es imposible la vuelta al pasado. Otras porque por más que me esfuerzo no logro cambiar mi carácter, mis prisas, mi forma de ser.

Intento en un esfuerzo sobrehumano dejar de apasionarme tanto por las cosas. Para no sufrir en vano. Ni llorar por vanidades. Lucho por no vivir acelerado actuando a veces precipitadamente. Lo intento. Me esfuerzo. No siempre lo consigo.

Tal vez tendré que aceptarme como soy de una vez por todas. Soy yo. El mismo apasionado de siempre que corre por los caminos. Aquel niño al que Dios ama con locura.

Podía haber vivido otras vidas. Podía haber sido todo diferente. Pero vivo mi vida hoy, tal como es. Esta vida es la que me hace feliz. La elijo de nuevo para no olvidar mi elección primera.

No dudo. No tengo miedo. Me gusta pensar que mi felicidad se conjuga en presente y no en futuros imposibles.

Sé muy bien que de nada sirve llorar sobre la leche derramada. Porque el pasado es pasado y se agota en un suspiro.

Y el presente es una oportunidad nueva, cada cuatro horas, de renovar mi sí alegre. Una nueva revancha. Una nueva posibilidad que se abre en una puerta hacia delante.

Sigo los pasos de Jesús y acepto con alegría sus huellas. Quiero aprender a besar mi vida como es, no como quisiera que hubiera sido.

Las desgracias y las pérdidas pueden dejarme herido. Pero no acaban con mi vida, no me amargan. Vuelvo a elegir el perdón, el amor, la paz.

Recuerdo el testimonio de Esther Sáez después del atentado del 4 de marzo del 2004:

“Una terapia, no asomarme sólo a las ofensas que me habían hecho, sino a las que yo había hecho, hago y seguiré haciendo. Soy feliz porque me encontré con Cristo. Nunca me había parado a pensar que Cristo había echado el resto conmigo. He necesitado un atentado terrorista para darme cuenta de esto. Cristo está a nuestro lado. He aprendido muchísimas cosas de este atentado. Lo más fuerte ha sido el perdón. Cristo me perdonó por haber dudado de Él. Él me rescató y me convertí en Pedro. Me puse a llorar. Le pedí perdón”.

Me conmueven sus palabras. Como ella yo también sé que soy feliz sólo al aceptar la vida como se me ha dado. Sólo cuando elimino el rencor de mi alma perdonando.

Quiero mirar con paz lo que soy, lo que vivo. Besar mis heridas y suplicar que Dios las toque con su mano devolviéndome la esperanza.

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