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La tía Caterina lleva a niños con cáncer al hospital en la caravana de los superhéroes

CATERINA BELLANDI
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Caterina Bellandi conduce una caravana llena de color para dar esperanza y alegría a niños que sufren cáncer y a sus familiares

En Italia dos taxistas están llevando esperanza a sus clientes, todos ellos niños muy especiales. En Génova, Marianna Amatore conduce el taxi de la sonrisa con el que acompaña a la escuela a los niños afectados por la tragedia del puente Morandi. Mientras, en Florencia, Caterina Bellandi, una mujer rubia y alegre que se parece a Mary Poppins, tiene desde hace años un taxi muy especial con el que conduce gratuitamente al hospital a los pequeños pacientes de oncología para sus visitas y tratamientos.

Su taxi se llama Milán 25  y se ha vuelto un lugar tan lleno de bien que, con la bendición del párroco de San Miniato in Monte, ha sido reformado y rebautizado como “La caravana de superhéroes Milán 25 Taxi Home”. La iniciativa fue posible gracias al compromiso de Caterina y de los patrocinadores que han donado los 63 mil euros necesarios para convertir este vehículo en un lugar lleno de alegría y esperanza.

Siempre me ha sorprendido quien habla de lo bello de viajar por viajar, sin pensar en la meta. La meta es lo que da sentido – en todos los modos posibles – al viaje. Pero hay casos en que efectivamente compartir un trayecto es más importante que el resultado al que dará lugar. Para un niño que va al hospital significa lidiar con el terrible miedo al dolor y quizás a algo peor.

Hospital, ciertamente, significa también cuidado y sanación, pero precisamente para centrarse en ello y no en la enfermedad y en la muerte, es necesario un viaje en compañía. Y Caterina Bellandi lo sabe bien.

Milán 25 eres tú, de ahora en adelante”

Corría el año 2001 cuando la vida de Caterina cambió de repente. Su marido Stefano murió de cáncer pulmonar. Él era el taxista de la casa. Pero, poco antes de morir,  Stefano le encomendó el taxi y “Milán 25” se volvió una casa.

A partir de ese momento de luto, rechazó el gris y quiso rodearse de una apoteosis de colores, de sombreros con flores, campanitas, globos, vestidos de Mary Poppins y peluches. ¿Un golpe de locura? Para nada.

 

La lucha por el bien en la batalla de la vida requiere instrumentos originales y rechaza la tibieza. Un aspecto bizarro y exuberante puede ser la coraza de un soldado valiente.

La tía Caterina empezó a acompañar a niños con cáncer al hospital en 2002 y por casualidad. Se sabe que la Providencia llega como el viento y no como un proyecto estudiado cuidadosamente. Una niña se subió en el “Milán 25” porque en el salpicadero lucía una gran flor. La niña le contó a la taxista de su hermanito que se había ido al cielo a causa de un tumor cerebral. La historia conmovió a Caterina a tal punto que desde aquel día empezó a ofrecer a los familiares y los niños enfermos de cáncer trayectos gratuitos al hospital pediátrico Meyer. A todos ellos los llama “superhéroes”.

Si hoy ese taxi se ha convertido en una caravana. Como intuyó Dante, el amor mueve y se mueve y solo puede crecer más y más. Y no porque la enfermedad golpea más, sino porque la hospitalidad abraza cada vez más.

Caminar hacia el dolor del otro

A veces la meta es solo la excusa para quitarse el cansancio de los pasos. Y sobre esto me ha hecho pensar la tía Caterina.

Si María escogió el mejor lugar cerca de Jesús, la señora Bellandi escogió su taxi para estar cerca de la cruz de estos pequeños enfermos. Acompañar al hospital a estos niños y a sus familias le hace cargar a ella también con el peso de la incertidumbre y el dolor, sin conocer la meta, el final de un camino de sufrimiento y angustia.

Y, sin embargo, ¿hay lugar mejor para la compañía? ¿Hay lugar mejor en donde incluso bajo mil vestidos de colores y globos el corazón está desnudo y transparente? ¿Hay lugar mejor para estar y estar juntos?

Te desequilibras, pero no te vuelves loco: pierdes el equilibrio de dominar las situaciones, y te topas con la fragilidad del otro en la que se refleja nuestra propia fragilidad.

Y entonces hay una necesidad, ahí, de una celebración de exuberancia, exactamente como en el campo de batalla cuando se agitan las banderas. Para señalar que la humanidad está confusa. Pero también para decir que lo tibio, lo insípido, lo neutro, lo gris está prohibido donde dos o tres se encuentran con sus dolores, construyen una casa en el camino hacia lo que será; sabiendo que un taxi – o una caravana – es como la concha, que protege la perla preciosa que no puede ser aplastada.

(… y Caterina lleva la concha de Santiago, el camino por excelencia de quienes se convierten en peregrinos).

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