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¿Por qué nos vestimos? La respuesta de la Biblia

ADAM I EWA W RAJU
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Entiende el cuerpo antes y después del pecado original

Esta reflexión trata de responder a una pregunta que puede haber pasado por tu cabeza. ¿Por qué llevamos ropa?

Dice Jesús: “En el principio no era así” (Mateo 19,3 y Marcos 10,2).

Que usamos ropa, está claro. Pero ¿es normal o no tanto que esté de moda desnudarse? ¿Tiene alguna finalidad vestirse?

Más allá de las razones prácticas de mantener la temperatura del cuerpo y protegerlo de las inclemencias y de las posibles agresiones materiales, la Biblia aporta respuestas más espirituales. Para entender hay que mirar atrás, a la historia de la Creación.

Es necesario comprender cómo era el cuerpo según el plan original de Dios para captar lo que cambió y qué fuerzas entraron en escena después del pecado original.

El cuerpo antes del pecado original

En el principio, Dios creó al hombre y a la mujer. En el Génesis 2,25 está escrito: “Los dos estaban desnudos, hombre y mujer, pero no sentían vergüenza”.
¿Qué significa que no sintieran vergüenza de estar desnudos? Esto describe el estado de conciencia de los dos, y su recíproca experiencia del cuerpo.

Hay que destacar que se trata de una verdadera “no presencia” de vergüenza, y no de una carencia (falta de vergüenza) o subdesarrollo (una perspectiva infantil del cuerpo). Ellos comprendían plenamente que “estaban desnudos”.

Aquí estamos tratando de la creación del cuerpo como Dios lo pensó y antes del pecado original. En la creación, el cuerpo, a través de la propia visibilidad, presenta al hombre y, manifestándolo, hace de intermediario, es decir, hace que el hombre y la mujer se comuniquen entre sí según esa comunión personal querida por el Creador.

Ante toda la creación, Adán no reconoce nada parecido a ella, que esté a su altura. Al ver a la mujer, se admira y reconoce en ella a su semejante.

Dios hace caer sobre él un sopor, “le quitó una de las costillas rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.»” (Gn 2, 23).

Simple y llana, la admiración de Adán al ver a Eva por primera vez muestra el deseo de Dios para la relación entre ellos y la dinámica de esta relación antes de la caída: hay en la mujer una belleza propia que traduciendo a su modo la belleza divina, encanta y eleva al hombre.

Así, el cuerpo desnudo no era un obstáculo para la visión del hombre o de la mujer, sino un medio, un intermedio que apuntaba, que encaminaba a Dios.

Adán y Eva veían, a través de sus cuerpos, el interior, el “alma”, uno del otro. La desnudez original no era simplemente del cuerpo, sino que expresaba también la plenitud interior de la “imagen de Dios”.

Dios, según las palabras de la Biblia, penetra en la criatura, que ante Él está “desnuda”. Todas las cosas ante Dios están descubiertas. El hombre, verdaderamente desnudo, antes incluso de reconocerlo.

Esta desnudez muestra que antes del pecado hombre y mujer no se miraban como objetos de deseo, sino como un don mutuo de uno para el otro.

Sabían que en cierta manera siempre estarían solos, pues sólo Dios sería capaz de saciarles. Y estando llenos de Dios, eran libres y capaces de ser un don del uno para el otro.

Estaban desnudos porque su mirada no era sucia. Los ojos contemplaban el misterio de la creación. Estaban uno ante el otro como estaban ante Dios.

Se daba a la desnudez el significado de bien original de visión divina. Significa toda la simplicidad y plenitud de visión a través de la que se manifiesta el valor “puro” de la criatura, como varón y mujer, el valor puro del cuerpo y del sexo.

El cuerpo no conoce ruptura interior ni contraposición entre lo que es espiritual y lo que es sensible. Al verse, hombre y mujer no se ven sólo con el sentido de la vista, sino que se conocen interiormente, íntimamente.

Antes del pecado original, Adán y Eva gozaban de un don llamado integridad. Por él, los sentidos y los instintos estaban armoniosamente sometidos a la razón. 

La visión del cuerpo del otro, incluso de sus órganos reproductores, no era capaz de causar excitación, a menos que la voluntad consintiera según la recta razón. Por eso no había necesidad de cubrirse el cuerpo.

Esta mirada interior indica no sólo la visión de un cuerpo sin más, sino la de un cuerpo que revela un misterio personal y espiritual.

El cuerpo después del pecado original

Unos versículos después, está escrito: “Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores” (Gn 3, 7).

La aparición de la vergüenza y, en particular, del pudor sexual está relacionada con la pérdida de la plenitud original respeto al cuerpo.

Si la vergüenza lleva consigo una específica limitación para ver a través de los ojos del cuerpo, esto pasa sobre todo porque la intimidad personal queda perturbada y amenazada por el pecado original.

A partir de estas dos citas, se ve un cambio radical en el significado de la desnudez de la mujer delante del hombre y del hombre delante de la mujer. El texto sigue con la pregunta de Dios: “Él replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?»” (Gn 3,11).

A partir de este momento, empieza a haber una profunda distorsión tanto en la manera como el hombre ve el cuerpo femenino como en la manera en que la mujer se presenta a los ojos masculinos. Por eso hacen unas ropas para cubrirse.

Puede verse que este cambio de significado no se refiere al cuerpo, sino a la conciencia, como fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Un cambio que se refiere al significado del propio cuerpo ante el Creador y las criaturas.

El cuerpo humano, en la creación es, en el orden natural, fuente de fecundad y de procreación, pero más allá de eso, carga desde “el principio” el atributo “esponsal”, es decir, la capacidad de expresar el amor y, mediante ese don, practica el sentido de su ser y existir.

“Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín” (Gn 3,8).

La necesidad de esconderse indica que, en la experiencia de la vergüenza, surgió un sentimiento de miedo ante Dios. Un miedo que antes no existía.

“Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» 10.Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.»” (Gn 3,9-10).

Entra aquí una toma de conciencia de la propia desnudez. El hombre pierde, de alguna manera, la certeza original de “imagen de Dios” expresada en su cuerpo.

Pierde también, en cierto modo, el sentido de su derecho a participar de la visión divina del mundo y de la propia humanidad. Pierde entonces lo que le daba profunda paz y alegría al vivir la verdad y el valor del propio cuerpo.

En base a un artículo publicado por Lírio entre Espinhos

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