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Tus defectos forman parte de ti, ¿los rechazas?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/01/19

Dios desea que yo acepte mi historia llena de pobreza porque ese es mi camino de salvación

Tengo que hacer lo que Jesús me dice, seguir sus pasos por el camino de la vida para que sucedan milagros. Si sigo su voluntad sucede lo inesperado.

A menudo me confundo. Me turbo. ¿Qué me dice Dios en realidad? ¿Qué quiere que haga con mi vida? Quiere que haga lo que Jesús me pide.

Me impresiona siempre de nuevo. Voy al Santuario y María me pide que haga lo que Jesús quiere de mí. Que siga sus pasos. Que obedezca.

¿Qué quiere que haga? El camino de la vida no suele ser muy recto. Hay subidas, bajadas, desvíos. Hay obstáculos y problemas. Hay altibajos, alegrías y penas.

No siempre todo es lineal en un crecimiento hacia el cielo. No siempre estoy mejor que ayer. A veces mucho peor. Retrocedo, o no avanzo, o vuelvo a caer en lo mismo de siempre.

No está tan claro lo que Dios me pide, lo que espera. ¿Cómo puedo discernir cuáles de las voces que escucho en mi interior vienen de Dios y cuáles sólo intentan confundirme?




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La consolación de Dios es la que me dan los deseos que vienen de su amor. Esa consolación no la encuentro cuando no es así. Los buenos espíritus. No los malos. El deseo que viene de Dios. El deseo que me hace mejor persona y ensancha mi alma. La hace más plena y más alegre. Más limpia.

Quiero hacer lo que Jesús me dice porque sé que por ese camino voy a ser más feliz. Casi por egoísmo lo hago.

Dios me habla a través de las mociones del Espíritu en mi alma. A través de personas que me hablan de Dios. A través de circunstancias por las que me conduce.

Son las voces que voy escuchando y me muestran el querer de Jesús en mi vida. Eso me consuela y me da paz.

Su voz habla en mi interior. Quiero aprender a escuchar los latidos de su corazón. Es lo que más deseo.

No me resulta tan sencillo porque no guardo silencio, porque no interpreto los signos de Dios en medio de mis pasos.

Lo intento y no siempre lo consigo. No busco el camino recto y sin problemas. No pretendo seguir la línea fácil que tanto deseo.

Sólo quiero hacer lo que Dios quiere de mí. Quiero seguir sus más leves insinuaciones. Pero no todo es tan fácil. No siempre acierto.




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Me dan paz las palabras que escucho: “Dios está dentro de nuestra historia. No dirigiéndola como un titiritero desde fuera, sino asegurándola al amarre en un puerto seguro, a través de recorridos insondables del loco corazón humano. Todo esto permite que nuestras historias, aunque estén torcidas, sean ya historia salvadas porque tienen detrás un amor que la precede[1].

No siempre voy a elegir lo correcto. No siempre mi decisión será la decisión sabia. Pero Jesús irá en mi barca, en mi piel, en mi alma. No se baja de mí. No me abandona a la suerte de mis decisiones equivocadas.

No pretende que siempre lo haga todo perfecto. Asume mi debilidad y construye sobre el barro de mi voluntad herida.

Jesús necesita mis debilidades, mis vacíos, mis torpezas. Cuenta con mi barro, con mi inconsistencia. Convierte lo que en mí es pobreza en una obra de arte. Me impresiona a mí que quiero hacerlo todo bien.

Como leía el otro día: “La perfección para nosotros consistirá en conseguir aceptar nuestras partes más enfermas y hacerlas convivir junto a las más sanas. Somos las heridas que se nos han infligido, los abusos sufridos, las desviaciones vividas, con todo lo demás de espléndido que llevamos dentro. ¿Por qué mutilarnos, por qué rechazar algunos de nuestros aspectos?”[2].

Jesús usa todo lo que hay en mí. La poetisa francesa Maríe Noël escribe un diálogo personal con Dios: “Señor, Tú entonces, como un trapero, recoges las sobras, las basuras, ¿Qué quieres hacer con ellas, Señor? El reino de los cielos”.

Sólo me pide que no niegue mi basura, que no esconda lo que es sucio en mis tinajas. No desea que busque sólo un agua cristalina y pura para dársela. Quiere lo que hay en mí. Mi pobreza, mis enfados, mis pecados, mis tristezas. Material de deshecho. Es lo que quiere.

Él desea que yo acepte mi historia llena de pobreza. Porque ese es mi camino de salvación. Aceptar mis decisiones erradas y mis pasos en falso. Aceptar mis heridas y mis torpezas.

Aceptarlo todo como parte del barro con el que Dios construye. Como parte de esa agua que Dios necesita para convertirla en vino. Si no hay agua, no hay vino.

Si no pongo como prenda mi corazón, no hay entrega. Si guardo mi agua por miedo a mostrar mi debilidad, no habrá vino para nadie, no habrá milagro para poder alabar a Dios, no habrá vida para poder compartirla.

Es todo un camino que tengo que seguir para dejarme hacer por Dios renunciando a la perfección.

Quiero aceptar que no soy yo el que produce el mejor vino, sino el que aporta con humildad el agua. Mi agua.

Necesito reconocer que no soy yo el que hace milagros, sino el que pone el barro para sanar, curar, convertir en hijos de Dios a los suyos.

Es todo un camino de conversión que pasa por aceptar mi debilidad como parte de mi verdad. La pobreza de mi agua, la inconsistencia de mis pretensiones, como parte de mi don.

Dios puede hacer milagros con mi vida si me dejo hacer. Si se la entrego sin pretensiones. No consiste tanto en hacer. Más bien se trata de aceptarme como soy.

Lo pongo todo a su servicio. Para que Dios haga conmigo lo que Él quiere, no tanto lo que yo quiero.

[1] Paolo Scquizzato, Elogio de la vida imperfecta, 38

[2] Paolo Scquizzato, Elogio de la vida imperfecta, 23

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