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¿Percibimos las necesidades unos de otros?

Vera Petrunina/Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/01/19

Duele resultar invisible para los que están más cerca, el amor nunca ignora a quien ama

En la vida hay personas especialistas en adelantarse a mis deseos. Ven lo que me cuesta. Perciben que algo no está en orden en mí.

Me gustaría que siempre se adelantaran a mis deseos. Que intentaran responder a mis gustos. Incluso llego a exigirlo.

No es que siempre necesite que me ayuden. Pero me gusta que se ofrezcan a ayudarme. No me urge que hagan algo por mí. Pero sí que expresen el deseo de hacerlo y se den cuenta de mi cansancio, de mi dolor, de mi pena.

Lo que más me duele es resultar invisible para los que están más cerca. Que no me vean cuando sufro, cuando lloro, cuando estoy triste. Que no vean mi angustia, mi pena, mi miedo, mi dolor. Que no sepan lo que estoy viviendo.

Es cierto, yo tampoco lo cuento. Pero espero que lo vean. No tengo que contarlo todo.

Si hay algo que hacer, una necesidad que cubrir, que no siempre esperen que sea yo quien lo haga. Si alguien necesita ayuda y la pide, que no den por supuesto que yo voy a ir a ayudar. No quiero que sea así.

Espero algo más de las personas a las que amo. Pero quizás exijo lo que no tienen, lo que no pueden darme.

En la película El velo pintado decía el protagonista: “Supongo que tienes razón, fuimos tontos al buscar en el otro cualidades que nunca había tenido.

Les exijo a los demás lo que no van a poder darme. No va a salir de ellos. No me van a ver en mi fragilidad. No van a percatarse de mis miedos.

Y yo lo sigo exigiendo. Como un niño malhumorado porque la vida no responde a sus expectativas. No muchos se van a dar cuenta de mi necesidad. No van a hacer nada para calmar mi sed.

Puedo vivir exigiéndolo. O puedo aceptar la realidad como es, amándola. Pero no quiero renunciar a mis deseos y necesidades.

No me dejo llevar por esa tentación: “Una primera tentación es suprimir el mundo de los deseos para no verse profundamente herido ni sufrir inútilmente, tomando las cosas como vienen, sin ninguna proyección ni riesgo: el no te ilusiones, para no tener que desilusionarte es el relativismo de quien vive en función de cómo sople el viento, tratando de no crearse demasiados problemas”[1].

Mi deseo es importante. Y mi necesidad. Si la reprimo por algún lado escapa. No puedo vivir renunciando siempre a lo que me da aire y paz. Corro el peligro de quebrarme por dentro.

Necesito que Dios escuche mis deseos, mis dolores, mis penas. No los reprimo. Los entrego. María me mira conmovida y le susurra a Jesús: “Le falta vino”. Y sé que Ella sí me escucha y atiende mis deseos. No me ignora. Me ama.

Y el amor nunca ignora a quien ama.

Además, tengo otra misión. Puedo ser yo como María para los demás. Puedo ver que le falta vino a quien está cerca y hacer algo por él. Puedo ser más sensible, más detallista. ¿Qué necesita el que está a mi lado? ¿Me adelanto para satisfacer sus más leves deseos?

En ocasiones cuento cómo me siento. Hablo de mí, de mis problemas, de mi falta de agua. Pero no pregunto al otro cómo se encuentra, qué le pasa, qué precisa.

Vivo centrado en mí, en mis problemas y dolores, en mis tristezas y miedos. ¡Cuánto bien me hace mirar a los demás como me mira María!

Ella me mira con misericordia y pone en mí toda su atención. No despega sus ojos de mi vida. Me mira conmovida. Y sabe lo que necesito para ser feliz.

Yo quiero aprender a hacer felices a los demás. Quiero que salga de mí. No sólo quiero hacer lo que esperan de mí, quiero hacer más, quiero adelantarme a los deseos de los otros. Estar por encima de mis pretensiones. No quedarme sólo en mi mundo estrecho y egoísta.

Pensar en los demás ensancha mi corazón y hace más grande mi horizonte. Pensar en hacer felices a los demás me hace más feliz. ¿Lo consigo? ¿Logro que sean más felices los que están cerca de mí?

Creo que ese es el sentido del amor. Adelantarse a los deseos del amado. Ya sean las personas que pone Dios en mi camino. Ya sea el mismo Dios al que tantas veces digo amar. Quiero ser fiel a sus deseos. Quiero estar atento a su necesidad de ser amado.

[1] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

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