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Por qué nos falta eficacia y resistencia cuando hay dificultades

FATHER
4 PM Production - Shutterstock
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Todo viene del momento en que dejamos de ser niños

Me gusta ver la inocencia reflejada en los ojos, en la sonrisa. La inocencia de una mirada. De unas palabras dichas con pureza de intención.

Se debería presumir siempre la inocencia de las personas. Quisiera aprender a mirar a una persona y pensar bien de ella.

No quiero interpretar sus actos, juzgar sus palabras, leer debajo de sus silencios. No quiero imaginarme comportamientos pasados, pensar en sus movimientos e interpretarlos, querer desentrañar sus verdades ocultas.

Soy inocente mientras no se demuestre lo contrario. ¿Por qué a veces presumo la culpabilidad en los otros? Me da miedo mirar con el corazón sucio. Deseo esa inocencia que tantas veces pierdo.

Me fascina la mirada inocente del niño, sorprendido ante la vida. No piensa mal. No interpreta. No condena. No juzga.

Me gustaría ver algo sin juzgarlo. Observar la vida sin sacar conclusiones. Simplemente observar lo que sucede ante mis ojos sin querer saber el porqué de todo lo que veo.

Me gustaría ver a todos como presuntos inocentes. Esa mirada buena y pura es la que quiero para mí como fruto de una Navidad más que ha pasado por mi alma.

Quiero llevarme algo de los pastores, de los reyes, del Niño que nace entre mis manos. Algo de esos ojos que no esperan nada, no reclaman, no exigen. Que se me pegue un poco del corazón que se alegra ante la vida sin pedirle nada imposible.

Dios no hace distinciones. Es cierto. No ha prejuzgado mi vida. No me ha encasillado en un lugar. Simplemente me mira conmovido al ver mi verdad, mi originalidad. No distingue. No separa. No encasilla limitando.

Dios me mira como soy y para Él valgo mucho. Más de lo que nunca había pensado. Quiero pensar en la mirada de Dios sobre mí. Me gustaría mirar así a los demás. Me gustaría ser más niño.

Decía el padre José Kentenich: Sólo quien sea un niño sencillo podrá edificar un mundo nuevo[1]. Niño para cambiar la realidad con mi forma de enfrentar la vida.

Un corazón puro que no piensa mal ni habla mal de los demás. No juzga ni condena. Un niño que se asombra ante las cosas. Se sorprende y se entusiasma. Un corazón de niño capaz de alegrarse con los pequeños regalos de la vida. Sin pedir más, sin exigir más.

Me gustaría aprender a confiar y a ser más valiente. Más audaz, más generoso. Decía el Padre Kentenich: “¿Dónde reside la causa de la falta de generosidad? En la escasez de un hondo sentir de niño. ¿Por qué nos falta eficacia, iniciativa y resistencia cuando nos cercan las dificultades? Porque nos falta efectivamente un sentir de niño que sea genuino, verdadero, sencillo y profundo. Una genuina y marcada actitud de niño ante Dios[2].

Me falta el sentir de niño. No confío. Desconfío. No miro con inocencia. Me confundo. Y mis juicios y prejuicios me vuelven egoísta y excesivamente cuidadoso en mi entrega. No me arriesgo. Guardo por miedo a perder. Desconfío del futuro incierto.

Y no creo en el poder ilimitado de un padre que me ama con locura. No creo en lo imposible. No creo en lo eterno.

Vivo atado a la vida y apegado a los bienes. Pero no me llenan, no calman mi sed más profunda. Rodeado de cosas que creía iban a llenar mi corazón. Pero permanezco infeliz e insatisfecho. Quisiera tener un corazón de niño.

Vuelve a mi memoria la poesía oración de Unamuno: “Agranda la puerta, Padre, que ya no puedo pasar, la hiciste para los niños, he crecido a mi pesar. Y si no agrandas la puerta, achícame por piedad, llévame a la edad aquella, en que vivir es soñar”.

Es lo que deseo. Entrar por la puerta pequeña del portal de Belén. Adentrarme en el corazón de Dios con pies de niño. Hacerme pequeño sin querer destacar, sin pretender ser visto.

Me duele la invisibilidad. Se me olvida que lo importante es que Dios me vea. Con eso basta. Me hago pequeño. Disminuyo en mis pretensiones humanas. No pretendo el reconocimiento ni agradar siempre a todos.

Como un niño. Que en mi pureza soy el que soy sin importarme con quién me encuentre. Dejo de lado las máscaras y los sueños de grandeza.

Me hago pequeño para que Jesús crezca en mí. El Niño Dios toma las riendas de mi vida y me ayuda a confiar. Cierro los ojos. Me abandono. Sólo Dios conduce mis pasos. ¿Me lo creo? Me cuesta tantas veces ver su mano salvadora cuando caigo en el abismo de mis miedos…

Miro al niño escondido dentro de mi alma. Lo dejo salir, reír, gritar. Quiero aprender a confiar. Sonrío en medio de la tormenta. Voy seguro. Dios me lleva en la palma de su mano.

 

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios, 328

[2] J. Kentenich, Niños ante Dios, 328

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