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Desea con todas tus fuerzas

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Neonshot - Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 13/01/19

Siempre puede haber un milagro, vive expectante sin perder la alegría

Epifanía significa aparición, manifestación del misterio que estaba oculto. Lo visible me habla de lo invisible. Lo temporal de lo eterno. La carne del amor de Dios.

El domingo pasado vivimos la epifanía de los Reyes magos. Jesús se manifestaba en carne de niño a los sabios del mundo.

Hoy celebramos la manifestación de Jesús como Hijo de Dios en el Jordán ante el pueblo judío que esperaba al Mesías.

El próximo domingo celebraremos la tercera Epifanía, la manifestación de Jesús y su poder en las bodas de Caná.

Jesús manifiesta el poder de Dios con sus milagros. Son tres manifestaciones del amor de Dios. Se hace visible a los hombres. Hace presente la eternidad.

Dios se manifiesta en mi vida de muchas maneras. Lo hace de tal forma que a veces me confundo pensando que no es Él. Pero sí, está oculto y muestra su poder.

No se manifiesta cuando yo quiero. A veces imploro que se haga presente. Y no sucede. Espero el milagro que me hable de lo trascendente. Pido, exijo, grito.

En el Jordán el pueblo está expectante:En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. Esperan al Mesías. No lo ven.

Sé que el hombre siempre quiere tocar a Dios. Quiere ver su poder. Quiere acariciar la gloria en la tierra. La luz en la noche. La esperanza en la desolación.

La expectación se alimenta con el deseo de ver algo sorprendente. A menudo me veo expectante. Deseo que suceda algo con todas mis fuerzas. El anhelo crece en mi interior. Mi corazón de niño suele estar expectante ante la vida.

Me da miedo envejecer antes de tiempo y perder la frescura de los niños. Me da miedo acomodarme y no esperar nada de la vida, de los demás, de mí mismo.

La expectación guardada en el alma me mantiene despierto, joven, niño. Como los niños en la noche de reyes que no duermen porque están expectantes.

Espero mucho de Dios y de la vida. Sueño mucho, con fuerza. Anhelo mucho. No descanso en paz porque vivo soñando con el cielo. Lo espero todo, lo deseo todo. Quisiera que sucediera ahora mismo, entre mis manos.

No quiero acostumbrarme a los milagros. Son cotidianos, tal vez por eso me resultan evidentes. Pero son la manifestación de Dios en medio de mi rutina.

Comenta el siquiatra Enrique Rojas: “La felicidad consiste en la administración inteligente del deseo. Y la infelicidad es un sótano sin vistas a la calle. El buen equilibrio entre lo que uno ha deseado y lo que uno ha conseguido”.

Soy de imágenes. Y no me gusta pensar en un sótano sin ventanas. Prefiero una sala con grandes ventanas llena de luz.

La felicidad llega a mí en un desequilibrio entre los deseos que espero expectante y lo que ya se ha manifestado como verdad en mis pasos.

No quiero dejar de lado lo ya conseguido. Quiero disfrutar de lo que tengo. Sin dejar de anhelar y desear con toda el alma.

¿Cómo son mis deseos? Leía el otro día: “Los deseos profundos parecen manifestar las mismas características que las personas auténticamente inteligentes, es decir, la humildad y la sencillez; tal vez aspiran a cosas modestas y discretas, pero estas pequeñeces abren grandes horizontes”[1].

Me gustaría tener deseos sencillos y humildes. Deseos profundos y verdaderos. No quiero pedir lo que no me va a dar la felicidad ni la paz.

¿Qué espero lleno de expectación? Como los niños que no duermen esperando a los Reyes. O el pueblo judío esperando al Mesías. ¿Qué espero de la vida?

No quiero volverme viejo. Ni dejar de soñar, de esperar. No quiero quedarme al borde del camino lamentando lo que no fue. O pensar que ya no puedo creer en el futuro que viene.

Siempre puede haber un milagro en mi vida. Algo sencillo. Algo pequeño. No importa. Deseo tocar el cielo con mis manos torpes. Deseo la luz del sol que llene mi rostro de alegría. Deseo escuchar esa canción que ensanche mi alma.

Deseo más amor del que tengo. Deseo una vida más llena de Dios. Deseo que lo que amo sea eterno. Deseo una paz que no deje de inquietarme. Deseo tocar las alturas viviendo con modestia. Deseo pasar desapercibido cambiando la historia.

Deseo todo ahora mismo, en mis manos. Y deseo entregarlo todo sin guardarme nada. Deseo que se hagan realidad todos mis sueños. Y deseo renunciar a todos ellos sólo por amor a Dios.

Deseo escuchar la música que calme mis miedos. Deseo una sonrisa que nunca se acabe. Deseo un abrazo en el que Dios me abrace. Deseo vivir con sentido haciendo todo lo que hago.

Son deseos sencillos los que deseo. Hondos. Muy hondos. Vivo expectante. Sin perder nunca la alegría.

[1] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

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