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Elizabeth Anscombe: En busca de la verdad

ANSCOMBE
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Considerada una de las mejores filósofas del siglo XX, Elizabeth Anscombe se convirtió al cristianismo cuando era una joven de poco más de veinte años. Defensora de la verdad, que creía fervientemente que emanaba de Dios, fue una pensadora valiente que habló sin tapujos de temas controvertidos como la sexualidad, el aborto o la anticoncepción

Gertrude Elizabeth Margaret Anscombe nació en Irlanda en 1919 donde su familia se había trasladado temporalmente porque su padre participó como oficial en el regimiento de infantería británico Royal Welch Fusiliers durante la Guerra de Independencia de Irlanda. Elizabeth y sus padres, ambos dedicados a la enseñanza, regresaron a Inglaterra donde la joven se graduó en 1937 en el instituto Sydenham. En aquella época se convirtió al cristianismo, fe que defendería con intensidad y cuyos dictados aplicaría a su propia vida.

Elizabeth continuó sus estudios en el Saint Hugh’s College de Oxford en el que estudió filosofía y se graduó con honores en 1941. Ese mismo año se casó con Peter Geach, un filósofo tres años mayor que ella con quien compartiría toda una vida de pensamiento filosófico y con quien tendría siete hijos, tres chicos y cuatro chicas.

Después de graduarse, pasó un año en Saint Hugh’s investigando hasta que se trasladó al Newnham College de Cambridge donde había conseguido una beca de investigación. Fue allí donde conoció al filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein cuyo pensamiento atrapó para siempre a la joven filósofa. Convertida en una de sus discípulas incondicionales, Wittgenstein alabó también el talento de Anscombe. Ambos defendían el ideal filosófico basado en la búsqueda de la verdad. Anscombe afirmaba con rotundidad que Dios es verdad y que la relación entre la humanidad con Él era una filiación ancestral que no se podía negar.

Tras la muerte de Wittgenstein, Anscombe se dedicó a preservar su legado filosófico y a traducirlo del alemán al inglés de manera que ayudó a difundir su figura y su pensamiento.

El pensamiento de Elizabeth Anscombe no se refugió en las estanterías de las universidades, sino que lo mostró al mundo y fue su herramienta para abordar algunos temas controvertidos de la sociedad.

En 1956 no dudó en posicionarse en contra de la decisión tomada por la Universidad de Oxford de otorgar el doctorado honoris causa a Harry S. Truman, presidente de los Estados Unidos entre 1945 y 1953.

Según Anscombe, Truman no merecía tal reconocimiento porque había sido el responsable del lanzamiento de las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Anscombe rechazaba la decisión de matar a inocentes para alcanzar un objetivo mayor, ganar la guerra. Para ella era, simplemente un asesinato en masa.

Anscombe reflexionó sobre aspectos controvertidos relacionados con la sexualidad y no dudó en oponerse públicamente al aborto y a ciertas formas de anticoncepción. Defendía la castidad y la preservación de toda vida humana.

Elizabeth Anscombe ocupó la cátedra de filosofía de Cambridge en 1970 hasta que se retiró en 1986. Convertida en una pensadora respetada (fue nombrada honoris causa por la Universidad de Navarra y miembro honorario de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias) los últimos años de su vida sufrió un accidente de coche que pudo resultar mortal, y su corazón fue apagándose poco a poco hasta que falleció en enero de 2001 siendo una anciana de ochenta y un años rodeada del cariño de su marido y sus hijos.

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