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Por qué preservar algunos secretos lejos de las redes

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Rawpixel.com - Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/01/19

Disfrutar de espacios de intimidad familiar en los que pueda ser yo mismo vale más que la admiración y los likes

Hay una clara diferencia entre ser trasparente y ser invisible. Cuando soy trasparente los demás ven claramente quién soy yo. Perciben lo que siento. Saben cómo me encuentro. Ser trasparente es un anhelo del corazón porque tiene que ver con mi verdad, con mi misterio.

Leía el otro día: “Cuando adivinaba lo que se esperaba de mí, lo daba. Estaba aprendiendo un arte muy sutil de la oferta. Hay que dar al otro lo que él espera, no lo que deseáis para vosotros. Lo que él espera, no lo que sois. Porque lo que espera no es nunca lo que sois, es siempre otra cosa. Aprendí muy pronto, pues, a dar lo que no tenía”[1].

El problema de querer agradar y satisfacer el deseo de los demás es que dejo de ser yo mismo. Renuncio a mi verdad y a mi deseo.

Dejo incluso de percibir los deseos más verdaderos del alma: “Un elemento característico de nuestra época parece consistir en la dificultad para reconocer los deseos auténticos, es decir, los deseos estables y duraderos, capaces de proporcionar una orientación en los distintos ámbitos de la existencia (profesión, relaciones, fe, ocio, afectos…)”[2].

Dejo de percibir los deseos ocultos porque yo mismo vivo respondiendo a los deseos de otros. No a los míos. Y los míos los tapo, los anulo, por miedo a defraudar a alguien.

Lo que de verdad quiero, lo que de verdad soy, es lo que importa. Esta imagen de trasparencia es la que me gusta. Quiero ser yo mismo sin tapujos ni miedos. Ser trasparente ante los demás.

Pero a veces creo que el mundo busca una trasparencia que no es la que yo deseo. En una película decía la protagonista: “Secretos son mentiras. El conocimiento es básico, es un derecho. El acceso a todas las experiencias humanas”. Es la trasparencia como un derecho que el mundo tiene sobre mi vida, sobre todo lo que hago.

Hoy parece que lo oculto es un daño para otros. Necesito entonces mostrar al mundo todo lo que hago, que lo vean, que lo sepan. Como una necesidad enfermiza de querer ser trasparente.

No todo lo oculto es mentira, no todo lo secreto tiene que desvelarse, no todo es corrupción y pecado.

Dios ve en mi corazón y sabe mi verdad más íntima. Eso es lo que importa. Nazaret es la escuela de lo oculto. No hubo cámaras que grabaran su vida esos treinta años. Todo oculto, todo guardado en el corazón de Dios.

Quiero aprender a guardar en mi corazón las cosas importantes. No todo tengo que contarlo. No todo incumbe al mundo. No necesitan verlo todo, saberlo todo.

Ese afán por la trasparencia puede llevarme a lo contrario, a querer dar lo que esperan y acabar tapando mi verdad. Por miedo al rechazo, a no gustar, a no resultar atractivo.

Muestro una imagen perfecta, ideal, en la que todos puedan fijarse. Quiero gustar a todos y acabo siendo falso, viviendo una mentira. En mi afán por ser trasparente, acabo tapando.

La transparencia choca con la invisibilidad. Soy invisible cuando no me ven, ni aprecian. Cuando no me buscan.

Hoy parece que es un mal ser invisible. Necesito que me vean, que me valoren, que me aprecien, que me quieran. Y si no me ven no recibo aprecio. No me valoran en mi verdad. No saben cómo soy porque han pasado de largo.

Aspiro a que me vean. Y me quieran. Ser invisible me hace indigno del amor. Por eso vuelco mi vida sin pudor. Para no pasar desapercibido. Para que muchos puedan fijarse en mí y mostrarme su amor.

Lo oculto y lo trasparente. Lo invisible y lo visible. ¿Dónde me encuentro yo en medio de este mundo que me mira desde todas partes?

Quiero crecer en libertad interior. Para darme según lo que yo soy. Sin miedo a exponer mis verdades. Viviendo feliz en lo oculto de mi intimidad familiar. Sin tener que desvelar todos mis secretos, todo lo que hago. Sin temer ser invisible para algunos, para muchos.

No importa. No valgo más por lo que los demás aprecian en mí. Tengo un valor único para Dios. Para Él soy lo más valioso. Mi vida merece la pena. Para Él no hay nada oculto en mi interior. Soy el que soy en mi verdad. Y esa verdad mía a Él le gusta.

Necesito cuidar espacios de intimidad familiar en los que pueda ser yo mismo. Sin miedo al rechazo. Sin querer mostrar lo que a los demás les gusta de mí. Sin esconderme con miedo a lo que puedan ver y no les guste.

[1] Paolo Squizzato, El elogio de la vida imperfecta

[2] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

Tags:
intimidadredes socialessecretos

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