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¿Somos libres para decidir cuántas horas queremos trabajar?

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¿Más sueldo? ¿Más tiempo para disfrutar con la familia? "The economist" plantea una solución para que nadie salga perjudicado.

Este texto posiblemente será leído en las próximas 24 horas en México, Estados Unidos, Colombia, España, Venezuela, Chile, Argentina… Y lo primero que hará cada uno de los lectores es pensar en la situación laboral que se vive en su país.

En los últimos decenios ha bajado sustancialmente el número de horas semanales de un trabajador, que gira en torno a las 40. Sin embargo, no deja de ser significativo que Estados Unidos (con una política más proteccionista respecto a la producción del sector primario, que incluye materias primas y armamento) así como el Reino Unido (atenazado por la crisis del Brexit) han aumentado la jornada laboral.

Precisamente los británicos, la tierra donde se generó la Revolución Industrial, y Estados Unidos, los dos polos donde ha tenido siempre fuerza el movimiento de defensa de los trabajadores y de los emprendedores, ahora parece indicar que prefiere aumentar el número de horas de trabajo.

Por contra, los países más avanzados en Europa (Alemania, Noruega, Suecia, Finlandia) tienden a recortar el número de horas en favor de la calidad de vida de los trabajadores. En el furgón de cola están Italia y Grecia, con un horario que se eterniza. Mientras que España parece luchar por acortar el intermedio del almuerzo para que el trabajador pueda regresar antes a su casa y mejore la conciliación trabajo-familia.

Otra medida importante ha sido la implementación de unos horarios laborales que unifican la estancia del trabajador en la empresa y facilitan que llegue a casa temprano, cuando todavía puede atender a sus hijos llegados de la escuela y compartir las tareas del hogar con su cónyuge (hombre o mujer).

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La tecnología ha hecho que desaparezcan algunos empleos que hasta ahora han dado trabajo a millones de personas en todo el mundo. Esto hace que en general se tienda a querer estudiar más para alcanzar un nivel de progresión en el sistema laboral y no convertirse en mano de obra desechada.

Por otra parte, crece la clase creativa, la de los que no tienen horario pero aportan a la sociedad soluciones que nadie más pensó: guiones de series, app, ingeniería informática…  Su calendario está lleno de tiempo de ocio que, a su vez, alimenta positivamente el resultado de sus trabajos.

¿Queremos más horas de trabajo para aumentar nuestro sueldo y procurar un futuro mejor a nuestra familia? ¿O pensamos en la familia, y por ella preferimos disponer de un trabajo que nos permita vivir la educación de los hijos en primera persona del plural (nosotros, padre y madre,…)?

Estas cuestiones aparecen planteadas en un interesante artículo de “The Economist” en el que se aboga por la atención familiar y las conquistas sociales, aunque advierte que estas deben ser hechas en grupo más que una opción individual si realmente queremos que no nos perjudiquen: “En la práctica, amenos que los profesionales acuerden reducir las horas en forma colectiva, los que optan por más tiempo para el ocio simplemente corren el riesgo de ser desplazados dejando las decisiones a los pocos obsesionados con el trabajo que ascienden a puestos de mando”, se lee en el texto.

En el artículo se cita a los investigadores Edward Glaeser, de la Universidad de Harvard, Bruce Sacerdote, de Dartmouth College, y José Scheinkman, de la Universidad de Columbia, para afirmar que si uno quiere mejorar si situación, siempre es preferible que su decisión sea compartida y apoyada por un buen número de iguales. Lo llaman efecto “multiplicador social”: “Pasar tiempo de determinada manera es más disfrutable cuando hay otros que hacen lo mismo”.

Un ejemplo: en la práctica, quien primero pidió un tiempo descanso para la lactancia, lo hizo perdiendo dinero, mientras que cuando esta medida se ha tomado en conjunto, se mantiene el sueldo a la trabajadora y se considera que estamos ante el derecho de una trabajadora.

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Es así como funciona el sentido de solidaridad en el mundo laboral, y todavía quedan grandes retos que abordar, sobre todo en cuestiones relacionadas con la mujer y la familia. Cada uno decide, pero se agradece que las leyes no le obliguen a ser héroe o mártir.

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