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¿Qué es para ti el pasado? ¿Un trampolín, o una hamaca?

MEMORIES
Gpointstudio - Shutterstock
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Del pasado quédate con la experiencia y gratitud; no lo conviertas en tu dirección permanente

Año nuevo, oportunidad de avanzar en nuestra historia. 

Esta época en que cerramos un año y comenzamos otro nos debe servir para hacer un recuento de lo que hay que dejar atrás y de lo que vale la pena acarrear para el siguiente año. 

Es muy importante no quedarnos arrullados en recuerdos, en un pasado que en vez de ser una plataforma para acercarnos a cumplir nuestras metas y sueños nos hace estancarnos en añoranzas, en lo que fue y que la gran mayoría de las veces ya no será.

Lo peligroso de vivir en el pasado es que no nos permite disfrutar de este maravilloso presente, además de que estamos arriesgando un prometedor futuro. 

Quien se atasca no avanza. Por lo mismo hay que soltar, vaciarnos para poder recibir y disfrutar todo lo nuevo, lo bueno y no tan bueno que nos espera. Del pasado solo hay quedarnos con la experiencia y la gratitud, pero nunca hacerlo nuestra dirección permanente. 

Como María Paula, una mujer valiente que tuvo la capacidad de usar su pasado como trampolín al haberse reconciliado con las circunstancias que le estaban tocando vivir.

Por años María Paula, la mayor de la familia y soltera pasó las mejores Navidades de su vida, siempre rodeada de su familia: papá, mamá, 5 hermanos, cuñadas y sobrinos. El aroma a ponche en su hogar y el tener a sus padres con ella eran el toque mágico de la celebración. Su mamá -Doña Queti- se esmeraba con particular delicadeza para hacer de cada Nochebuena una verdadera celebración. Decoraba las mesas de la cena con arreglos que ella misma hacía, cada año diferentes. Junto al verde pino vestido de blanco cerca de ese exquisito nacimiento cantaban villancicos para arrullar al Niñito Jesús. 

María Paula era para su mamá como los elfos para Santa Claus. Juntas hacían que la noche fuera verdaderamente inolvidable. Todo era júbilo en esa festividad gracias al esmero de ambas y a la unión familiar.

Pero desde algunos años todo cambió a raíz de que sus padres fallecieron días después de Navidad.

El primer año ella pensó que esa Navidad no sería lo mismo sin ellos y eligió no celebrar ni compartir con nadie, ni con el resto de la familia. Todo en ella era memoria con melancolía. Se quedó en casa triste, sola, sollozando los recuerdos. Lloró hasta quedarse dormida de tristeza. Para colmó soñó con sus papás. Todo se sentía tan real en su sueño, tanto que pudo hablar con ellos y hacerles preguntas; los pudo abrazar y besar como si realmente estuvieran vivos: “¿De verdad son ustedes y están aquí? ¿Pero cómo puede ser si yo los enterré? ¿Acaso su muerte fue una mentira y estamos juntos celebrando Navidad?… ¿Verdad que no me han dejado sola? ¡Están aquí, los siento!”

Al día siguiente, al despertar a su realidad se sintió aún más triste y con mucho más dolor. Sentía el corazón reventado de pena. Ella quería seguir dormida y regresar a ese sueño donde sus papás eran reales. 

Siguieron pasando los meses y el dolor se fue transformando gracias a Dios, a su vida de oración y a que recurrió a ayuda profesional. Tanto fue así que lo utilizó de trampolín para crear de esos recuerdos memorias nuevas de su maravilloso pasado. Pensó: “Esta es mi realidad. Si me quedo en el pasado, en lo que quiero que sea -tener a mis papás con vida- y que ya es imposible que suceda me voy a morir de dolor y no es justo para nadie. Si de verdad deseo honrar su memoria quiero y debo vivir, hacer cambios y comenzar a escribir una nueva historia. Voy a transformar mis recuerdos, todo lo que aprendí de mamá y haré de la próxima navidad un verdadero tributo al amor que nos dieron”. 

Dicho y hecho. Habló con sus hermanos y les pidió que la siguiente celebración de nochebuena fuera en su casa. María Paula se esmeró tanto que logró recrear con su toque personal ese ambiente familiar que todos de alguna forma extrañaban. El aroma a ponche había regresado al hogar. 

Sí todo cambió a raíz de que sus padres fallecieron, pero para bien.

De alguna forma todos tenemos una María Paula dentro. Como a ella, hay que ser valientes y reconciliarnos con nuestra realidad; estar en paz con lo que nos está tocando vivir. Hay que hacer memorias nuevas del pasado y atrevernos a escribir una nueva historia. Y como el Padre Pío suplicar a Dios: “Mi pasado, oh Señor, a tu misericordia; mi presente a tu amor; mi futuro a tu providencia”. 

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