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Por qué comerciar era considerado antiguamente peor que la guerra

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By Russ Beinder | Shutterstock

César Nebot - publicado el 02/01/19

La libertad frente a los vendedores del templo

En el mundo antiguo, las personas libres comparecían en el ágora para tratar temas comunes y resolver los problemas de la convivencia en la polis. Así pues, el ágora se constituía como el espacio adecuado para tratar de Política.

La libertad era la garantía de que los comparecientes trataban la política de forma independiente y autónoma, sin más ataduras que la búsqueda del bien común.

Por otra parte, se consideraba que en la política, las artes, la cultura, la filosofía e incluso en la guerra comparecía lo humano.

En cambio, el comercio y el negocio eran tareas relegadas a los esclavos, aquellos que no eran libres, ni independientes, ni autónomos; a los que se les negaba el ocio, de ahí el término negocio. Mercadear era considerado deshumanizante y peor que la guerra.

Aunque política y mercado confluían en el ágora, la diferencia era nítida. Nadie con ataduras podía tomar parte en las cuestiones políticas, de igual forma que la libertad de pensamiento era peaje necesario para dedicarse a la cultura y la filosofía.

El mercader tenía vetadas estas actividades. Más allá de cierto elitismo, esto propiciaba que ni la política, ni la cultura, ni la filosofía se convirtieran en moneda de cambio para otros intereses.

La evolución histórica de este efecto dio lugar a que en las ciudades cada actividad tuviera su propio espacio. Los mercaderes, el mercado; los actores, el teatro; los filósofos, la academia; y los políticos, los espacios institucionales.

Pero hace siglos, el mercader perdió esa mala imagen. Actualmente, los hombres de negocios se les considera exitosos, incomprensible para alguien del mundo antiguo.

De esa forma los exitosos mercaderes se hicieron transversales poblando la cultura, el pensamiento y, en especial, la política.

Y esto entraña un riesgo: si los mercaderes se dedican a la política, ésta no será ni independiente, ni libre, ni autónoma para perseguir el bien común.

En la política actual, con sus mentiras y sus traiciones, se pretende habitual que las ideas y las políticas se rindan al comercio, comprando lealtades y vendiendo principios.

A pesar de ello, existe un vestigio profundo en nuestras conciencias que grita para echar a los mercaderes del templo y confinarlos a su lugar natural, el mercado.

Ese resto arqueológico del mundo antiguo que reside en una profunda cavidad de nuestro interior se rebela cada vez que nuestra libertad se usa como en moneda de cambio.

Y lo hace no sólo por la defensa de los principios, sino porque, en el fondo, somos conscientes de que este tipo de política nos hace menos humanos, nos hace menos libres.

Cuando Jesús echó a los mercaderes del templo, no sólo reclamó respeto ante el espacio sagrado del templo, sino que, también y sobre todo, reclamaba y sigue reclamando proteger ese espacio sagrado personal que es nuestra libertad como hijos de Dios.

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