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La tecnología nos educa en un gran valor ¿Sabes cuál?

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Compartir está revolucionando la forma en que vivimos y todo gracias a las nuevas tecnologías

No sé si os habéis percatado, pero la manera en que viajamos, trabajamos y vivimos está experimentando profundos cambios. Si no os habéis dado cuenta, no os preocupéis. Yo misma no me di cuenta hasta que mi trabajo empezó a llevarme por diferentes ciudades. Y un cambio característico de esta tendencia es que los adultos hemos vuelto a aprender a compartir.

Suena a tontería, pero es cierto. En vez de conducir por separado los coches, compartimos un Uber. En vez de pagar por habitaciones separadas de hotel con los puntos de descuento que hayamos acumulado, compartimos un AirBnb por una fracción del precio. Vendemos a nuestros vecinos nuestra ropa, zapatos y otras posesiones apenas usadas con grandes descuentos a través de plataformas digitales y mercadillos locales. Usamos aplicaciones vecinales como Next Door para compartir consejos e información del barrio o para pedir azúcar en un imprevisto. De hecho, compartir está revolucionando nuestra sociedad tan drásticamente que The New York Times publicó hace poco un artículo sobre el tremendo impacto que está teniendo en todos los ámbitos, desde la industria hotelera hasta la economía.

“La economía del compartir pone un valor en hacer disponibles para la comunidad bienes infrautilizados”, explica Alex Stephany, autor de The Business of Sharing y jefe ejecutivo de Beam, una plataforma para compartir que utiliza el micromecenazgo para ofrecer formación vocacional a personas sin hogar. ‘Nos da más partiendo de menos…’.

Dado que cada vez más personas van a vivir a la ciudad, abrazan el minimalismo y conectan con personas de mentalidad similar a través de aplicaciones en el smartphone, la economía del compartir está afectando a casi todos los aspectos de la vida, y mejorando nuestra sociedad de formas sorprendentes. Tal y como nos enseñaban nuestros profesores en la infancia: compartir es bueno.

Por supuesto, compartir en la comunidad no es exactamente un desarrollo nuevo y revolucionario en las sociedades humanas. Es más bien la columna vertebral de la sociedad, el elemento esencial que nos permitió formar comunidades y civilizaciones.

Sin embargo, durante el boom económico y tecnológico de los 80 y 90, los aumentos del dinero y de la tecnología se unieron para hacer de la práctica de compartir algo prácticamente obsoleto. No necesitábamos pedir prestada una taza de azúcar del vecino porque teníamos los medios y los transportes para ir a comprar nuestra propia azúcar. Compartir se convirtió en algo que se veía con malos ojos y podría decirse que llegamos a olvidar cómo se hacía.

En este aspecto, la recesión del nuevo milenio fue casi una ayuda para nuestra sociedad. Nuestros recursos disminuyeron al mismo tiempo que la tecnología seguía aumentando y expandiéndose y, pronto, los empresarios se dieron cuenta de que había todo un nuevo mercado al que llamar, uno que combinaba necesidades económicas básicas con un crecimiento en la concienciación de la sostenibilidad medioambiental. Así que, ahora, si necesitas un transporte, un lugar donde dormir o un vestido nuevo, tienes una app para cada cosa.

Personalmente, me encanta este cambio. He conocido a muchísimos conductores de Uber y Lyft que están apostando por apps que conectan y les permiten conocer nuevas personas y que, al mismo tiempo, les ayudan a ganarse un dinerito extra. He pasado fines de semana en Austin con mi equipo local de formación por una pequeña fracción de lo que me habría costado una habitación de hotel y, todo sea dicho, compartir una vivienda con otras personas es una forma estupenda de fomentar conexiones y construir mejores dinámicas de equipo. Y he tenido la oportunidad de experimentar las maravillas de los viajes de formación (algo que me apasionó durante mi semestre universitario en el extranjero). Sumado a las bendiciones del Wi-Fi, me permite trabajar y relajarme durante un viaje y ahorrarme la miseria de luchar contra las obras y el tráfico de la autopista interestatal en Austin.

Sé que tendemos a recelar de las nuevas tecnologías, pero en este aspecto tenemos mucho que agradecerles. Compartir es un valor cristiano fundamental y el hecho de que las generaciones más jóvenes estén practicándolo a través de las nuevas tecnologías me llena de esperanza.

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