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Deseos eternos

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Muchas peticiones y una respuesta

Me conmueve el silencio de Navidad. Sobran las palabras. Los gestos. Sobran los llantos y las penas. Me conmueve tocar el cielo en Navidad, viviendo tan atado a la tierra. Y experimentar la distancia eterna entre mi carne herida y esa paz del cielo de la que hablo, con la que sueño.

Me duelen las palabras. Me hieren los gestos. Y torpemente amo y guardo rencor al mismo tiempo. No sé por qué sigo pensando que me deben algo. O que no todas mis cuentas están saldadas. Y miro al cielo.

Toco la carne de un niño indefenso esta noche. Toco a Dios que viene a cambiar la tierra en carne de hombre. Parece no cambiar nada. Porque un niño indefenso no puede cambiar nada. Y yo me arrodillo creyendo en los imposibles de los que Dios me habla.

¿Cómo va a nacer Dios en la carne de un niño? Tan limitado, tan pobre, tan impotente, tan pequeño. Quiero que algo cambie esta noche. En mí, más que eso no pretendo. Quiero cambiar mi mirada, mi forma de abrazar la vida.

Quiero cambiar la suerte de mis días jugándomelo todo a una carta. La de creer que existe ese Dios que me pide hacer a mí todo lo imposible. La de creer que mi vida es mejor y tiene más sentido si abrazo sus caminos y me adapto a sus sueños.

Y dejo de aferrarme rígidamente a mis pretensiones tan humanas. Me gusta esta noche de Navidad en la que los miedos se detienen ante la puerta abierta que Dios me muestra. Hay esperanza. ¿Cómo es posible?

Se ha consumido el tiempo. No se ha logrado nada. La derrota es segura. ¿Cómo va a vencer un niño en medio de mi tiempo limitado?

Yo quiero que todo suceda ahora, mientras estoy aquí, mirando. Quiero que cambie las leyes y los poderes de este mundo.

¿Cómo voy a respetar esos tiempos de Dios que no comprendo? Quiero que todo cambie para bien. Recuperar el tiempo perdido. Devolver la vida a los que se han ido.

Que me pidan perdón los que me han herido. Que me abracen todos los que deben algo. Que me quieran más aquellos a los que yo tanto quiero. Que no se acerquen los que desprecio.

Que me salgan bien las cuentas. Que me resulten mis planes. Que cambie la suerte de mi vida. Que me dejen hacer lo que yo quiero.

Miro mis peticiones escritas en el alma a fuego. Veo que soy tan inmaduro, tan inconstante, tan superficial. Nace Jesús en mi alma. Es lo que deseo. ¿Cómo va a poder cambiar todo lo que en mí se resiste al cambio?

Hoy es noche de imprevistos. ¿Por qué tuvieron que ir a hacer el censo? Todo se complica en su vida apacible.

A veces le echo la culpa al cielo cuando suceden cosas con las que no contaba. Cuando todo se complica. Miro la ausencia y el fracaso. Un censo. Un pueblo lleno de gente. No hay posada. No se puede dormir en ninguna parte. ¿Dónde dará a luz esa niña?

Me importa menos la suerte de los demás que la mía. Lo mío pesa más, es más grande y duele. Y me duele pensar que no todo es como yo había dibujado. En mis sueños de niño al pie de un Belén, junto a los míos.

Ha pasado el tiempo y el alma se vuelve dura y exigente. Necesito arrodillarme un año más ante el pesebre para hacerme niño.

Todo tan quieto, tan callado, tan lleno de una calma infinita. ¿Y mi alma impaciente? Quizás quiera hoy Jesús cambiar mi suerte. Mi mirada. Mi corazón enfermo. La forma de mi abrazo. El tamaño de mis ojos. El ritmo de mis pasos.

Me siento incapaz de cambiar yo mismo nada de lo que hago. De preparar nada para la nochebuena. O el niño lo hace, o yo no puedo hacerlo. Cambiar mi suerte, la de los míos.

Me he vuelto duro para sufrir menos. El que menos ama es el que menos sufre. Y no quiero sufrir, lo tengo claro. El que más distancia toma con las personas.

¿Por qué quiso Dios hacerse hombre? Para tocar mi alma. Para acercarse a mí. Y complicarme la vida con su presencia. Para volverse indefenso en medio de mis días. Así lo encontraron los pastores. Y los reyes.

¿Cómo se puede creer en la promesa cuando no veo nada que me dé esperanza? ¿No basta con un niño? Le pido mucho a la vida. Que sea como yo quiera. Que todo cambie cuando yo quiera. ¿Cuáles son mis deseos en esta noche?

“Si el deseo es auténtico, no se extinguirá con el paso del tiempo ni tendrá necesidad de cualquiera clase de atajos para realizarse”. No tengo prisa.

La Navidad es una noche sin prisas. Sin tiempos. Sin urgencias. Simplemente es la noche para cultivar mi deseo. Ese deseo de infinito que nace en mi alma. Abrazo al Niño muy quedo.

¿Qué sueño? Tengo el alma llena de deseos eternos. No tengo prisa. No corro. No me apresuro sin sentido.

Miro al Niño en silencio. No todo está en orden. No todo perdonado. No me han pedido perdón. No han abrazado mi alma herida. El orden soñado tiene que esperar. Pero sonrío.

Medito en mi corazón todo lo que me pasa. Los miedos y las ausencias. Sonrío como puedo en esta noche de rebaños de ovejas y cantos de ángeles. De soledad y paz de establo. De estrellas y esperanzas.

Abrazo al niño muy quieto, sin hacer ruido. Con mi alma tranquila. Sueño. Espero. Deseo. Y entono muy quedo unos villancicos que renuevan por dentro mi alma. 

Tags:
navidad
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