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Venezuela: El 31 de diciembre no correrán con maletas “porque ¡ya nadie quiere irse!”

Carlos Zapata - publicado el 28/12/18

Los venezolanos comparten una misma súplica. Piden a Dios por su familia, por la posibilidad de estar unidos más allá de la oración y por la llegada pronto del día en que todos se fundan de nuevo en un mismo abrazo

Cargado de tradiciones, Venezuela es un país cuya población mantiene una muy alta dosis de buen humor, uno que muchas veces se sobrepone a las dificultades propias de la crisis que afronta la nación sudamericana.

Y aunque la amplia mayoría es bautizada católica, abundan rituales y costumbres que si bien se alejan de su doctrina y mezclan acciones más bien paganas con otras por sincretismo, en general están cargadas de profundo simbolismo, donde lo principal en realidad es compartir en familia en el calor del hogar.

De allí que, al igual que en otros países, algunos realicen acciones como ponerse ropa íntima de algún color específico, barran el piso con el deseo no sólo de limpiar sino de “barrer la negatividad” o subirse a lo más alto para supuestamente tener un mejor empleo o elevar el estatus.

Hay también quienes rompen copas –o rompían, porque los venezolanos no están para ese u otros gastos-, con el ánimo de dejar el pasado atrás y abrirse paso hacia un futuro más prometedor.

Igualmente, se suelen comer “12 uvas” en cuenta regresiva, al tiempo que se van pidiendo deseos, uno por cada mes del año. La costumbre, que es en realidad de origen español, se suma en Venezuela a la posibilidad de escuchar las “Uvas del tiempo” del famosísimo poeta Andrés Eloy Blanco.

Y en él está mucho de la historia criolla: las puertas que se abren ante el amigo y el desconocido, en medios de abrazos que “se confunden sin cesar”:

Las Uvas del Tiempo

Madre: esta noche se nos muere un año. En esta ciudad grande, todos están de fiesta; zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!; claro, como todos tienen su madre cerca… ¡Yo estoy tan solo, madre, tan solo!; pero miento, que ojalá lo estuviera; estoy con tu recuerdo, y el recuerdo es un año pasado que se queda.

Si vieras, si escucharas esta alboroto: hay hombres vestidos de locura, con cacerolas viejas, tambores de sartenes, cencerros y cornetas; el hálito canalla de las mujeres ebrias; el diablo, con diez latas prendidas en el rabo, anda por esas calles inventando piruetas, y por esta balumba en que da brincos la gran ciudad histérica, mi soledad y tu recuerdo, madre, marchan como dos penas.

Esta es la noche en que todos se ponen en los ojos la venda, para olvidar que hay alguien cerrando un libro, para no ver la periódica liquidación de cuentas, donde van las partidas al Haber de la Muerte, por lo que viene y por lo que se queda, porque no lo sufrimos se ha perdido y lo gozado ayer es una perdida.

Aquí es de la tradición que en esta noche, cuando el reloj anuncia que el Año Nuevo llega, todos los hombres coman, al compas de las horas, las doce uvas de la Noche Vieja. Pero aquí no se abrazan ni gritan: ¡FELIZ AÑO!, como en los pueblos de mi tierra; en este gozo hay menos caridad; la alegría de cada cual va sola, y la tristeza del que está al margen del tumulto acusa lo inevitable de la casa ajena.

¡Oh nuestras plazas, donde van las gentes, sin conocerse, con la buena nueva! Las manos que se buscan con la efusión unánime de ser hormigas de la misma cueva; y al hombre que está solo, bajo un árbol, le dicen cosas de honda fortaleza: «¡Venid compadre, que las horas pasan; pero aprendamos a pasar con ellas!» Y el cañonazo en la Planicie, y el himno nacional desde la iglesia, y el amigo que viene a saludarnos: «feliz año, señores», y los criados que llegan a recibir en nuestros brazos el amor de la casa buena. Y el beso familiar a medianoche: «La bendición, mi madre» «Que el Señor la proteja…» Y después, en el claro comedor, la familia congregada para la cena, con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado, y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa. ¡Madre, cómo son ácidas las uvas de la ausencia!*

No obstante, en medio de la crisis y el inalcanzable precio de la ahora exótica fruta, muchos bromean que en la nación petrolera no se comerán uvas sino se chuparán mamones…

*Otra de las tradiciones de profundo arraigo es la maleta, pues es costumbre que quienes desean lograr el viaje de sus sueños, o “viajar mucho”, corran con maletas alrededor de su casa durante las 12 campanadas de la medianoche o justo al iniciar el año.*

Hay quienes ponen en esas maletas precisamente herramientas de trabajo, artículos de turismo o elementos vinculados con lo que desean.

Pero, dada la particular realidad actual, la verdad es que hay comentarios que mezclan el buen humor y la nostalgia en la que *“ya nadie quiere sacar las maletas”, porque “ningún venezolano más desea irse, sino regresar…”. *

“Nuestros hijos se fueron”, dirán los padres con nostalgia, en medio de familias que hoy están desperdigadas como racimos de una misma vid por todo el mundo, llevando a cada hogar del planeta algunas gotas del dulce y el ácido licor.

Pero también en esos hogares, donde hoy se labran un futuro unidos en oración, *mirarán los muchachos y no tan muchachos al cielo con su maleta para pedirle a Dios y a la Virgen: ¡Concédeme regresar!*

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