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¡Cuántas veces no sé cosas de la vida de las personas a las que más amo! Tal vez la causa está en las pocas conversaciones profundas que tengo con aquellos a los que amo

En este Adviento se han hecho virales dos videos. En uno de ellos se hacían preguntas en una cena navideña. El que no sabía responder a la pregunta tenía que abandonar la mesa.

Las preguntas iniciales parecían fáciles. Eran sobre la actualidad o sobre series y temas que estaban de moda. Las respuestas fluían con facilidad.

Entonces todo se complica. Las preguntas tienen que ver con el pasado, con la historia personal de las personas con las que comparten la mesa.

El pasado de mi abuelo, las decisiones de mi hermana, los anhelos de mi cónyuge. Todo se complica. El silencio es la respuesta. El asombro. Muestra una realidad de mi vida.

¡Cuántas veces no sé cosas de la vida de las personas a las que más amo! ¿Dónde hicieron su luna de miel? ¿Qué renuncia fue importante en su vida? ¿Qué sueña en estos mismos momentos? ¿Qué le quita la paz?

Tal vez me muestra que me falta tiempo para escuchar, para preguntar. Me falta tiempo de calidad, de intimidad.

No creo que el uso excesivo del móvil sea la causa. Aunque claramente no ayuda. Tal vez la causa está en las pocas conversaciones profundas que tengo con aquellos a los que amo.

Doy por supuestas muchas cosas. Me parece evidente que son de una manera determinada. No profundizo en sus decisiones, ni pregunto por su pasado.

Es como si no quisiera saber más de lo que ya sé. O no me interesara. O no tuviera tiempo. El tiempo es corto y lo desperdicio tantas veces. Me parece que no tengo bien puestas mis prioridades.

El otro video viral habla del reencuentro con un amigo, con un familiar, al que hace tiempo que no veo. Quiero mucho a esa persona. Es prioritaria en mi vida.

Pero luego analizo el tiempo pasado a su lado y veo que me encuentro con él muy pocas veces. Hay ahora una aplicación que me muestra el tiempo que me quedaría con esa persona si siguiera viéndola tan poco. Pueden ser días, incluso horas.

Veo entonces que digo una cosa. Afirmo mis prioridades. Y luego no me comporto consecuentemente. Es absurdo, pero es así.

Veo muy poco a personas a las que digo querer mucho. Y mi tiempo de calidad con ellas es escaso. No invierto en la amistad que amo. No dedico tiempo a aquel que es importante. Creo tener las prioridades claras y no me comporto en consecuencia.

Tal vez no sé distinguir lo urgente de lo prioritario. Y acabo perdiendo el tiempo. Dejo de disfrutar a aquellos que me hacen bien y me importan. Y dedico mi tiempo a cosas que no son tan prioritarias.

Es cuestión de tiempo. Es cuestión de prioridades. Pero no aprendo. Decido perder el tiempo haciendo lo que no llena mi alma.

Y descuido a las personas a las que quiero. Las pierdo. Me pierden. Y no aprovecho esa vida que es limitada.

El tiempo es oro. Quiero saber lo que pasa en cada alma, en cada vida. Y yo mismo hablar de mi vida, de mis cosas.

Pero me pierdo en los mundos no verdaderos que no son prioritarios. Nunca lo son. Y al final no sé lo que importa y no estoy con quien me importa.

El Adviento me invita a elegir bien mis prioridades y a poner orden en mis opciones. Miro a José y a María camino a Belén. Cargados de eternidad. Tienen claras sus prioridades. ¿Cuáles son las mías?

Importa el tiempo. Y el contenido del tiempo. Lo que escribo y lo que cuento. Las elecciones que hago. Con quién estoy y con quién no. Eso importa.

Como leía el otro día: “No se me ocurre una soledad más grande que pasar el resto de mi vida con una persona con la que no pueda hablar, o, peor todavía, con la que no pueda estar en silencio”[1].

Las elecciones son prioritarias. Los pasos que doy y los que retengo. Puedo pasar la vida sin hablar con quien estoy, sin que me hable.

Importa lo que pregunto para saber y hacerme solidario. Cuenta también lo que callo, porque no es necesario contarlo todo. Guardo silencio.

Pienso en mi Adviento esperando a ese ángel que me alegre el alma. Y al Niño entre pañales que viene a mi encuentro.

Pienso en el silencio de Belén. Donde no hay gritos, ni violencia. Y donde todo es importante. El silencio, las palabras y el tiempo.

¿Dónde me siento en deuda con las personas a las que amo? ¿Qué no sé de ellos que debería saber? ¿Qué no cuento que sería bueno que los demás supieran? Silencios y palabras. El tiempo que pierdo, el que gano, el que invierto.

Me gusta aprovechar mi tiempo. Y a veces creo que lo pierdo. Entre un después y un mañana. Entre un silencio y una palabra vacía. O una pregunta que no espera respuesta.

Me gusta pensar que sé lo que está viviendo cada persona a la que quiero. No quiero perder el tiempo haciendo sólo lo que debo, lo que es necesario.

Me gusta la poesía y la música. Y perder el tiempo con los que quiero. Y saber que estoy donde me lleva el alma. Y el corazón que ama.

Es Adviento. Es Navidad. El Niño nace en mi alma para darme su aliento. Anhelo esa paz que necesita mi corazón inquieto. Eso es lo que quiero. Sólo eso.

 

[1] Mary Ann Shaffer, La sociedad literaria y del pastel de piel de patata Guernsey

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