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Increíble receta médica: “Emigra o te mueres”

VENEZUELANS
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En Venezuela, es la recomendación facultativa para quienes enferman de gravedad o, simplemente, no pueden lidiar con los niveles de estrés. ¿Hay algún antídoto?

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Es constante. Si un médico reconoce a su paciente y sabe que no encontrará los recursos para atenderse, la recomendación es salir del país y buscar la salud en otra parte. Si un siquiatra encuentra a su paciente fuertemente afectado por la crisis, al punto de caer en depresión o somatizar con el riesgo de devenir en gravedad orgánica, le aconseja –si está en sus posibilidades-  irse a respirar otros aires.

En Lima, Perú, se encuentra un venezolano cuyo testimonio recoge un conocido portal venezolano, donde relata su drama: el médico le habló sin tapujos. “Si quieres vivir, te tienes que ir de Venezuela”.

Era diciembre de 2017. Aquel día, el paciente sintió que su diagnóstico de VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humano) no sólo lo empujaba a la muerte con apenas 37 años, sino que también lo desterraba de su país. “Me quedé en blanco (…) Pensé en mi pareja, en la posibilidad de haberlo contagiado. Repasé mi historia. Los nombres de mis anteriores relaciones. Tuve mucho miedo”, recuerda.

Emigrar es la única salvación. Una opción forzosa a la que ha recurrido al menos 3 millones de venezolanos en los últimos dos años, como consecuencia del hambre y la hiperinflación.

Pero hay otra faceta del problema que preocupa a los especialistas y con buenas razones. Los venezolanos, aunque caribeños, alborotados y bromistas somos, no obstante, el producto de más de cuatro décadas de vigencia democrática, donde las reglas de juego estaban claras, básicamente se respetaban y la Constitución era el contrato asumido de convivencia social. La muerte era excepción, no parte de la cotidianidad; las carencias no existían, después de todo, éramos un país petrolero; la autoridad era un referente de institucionalidad, no la transgresora que insta a la hostilidad entre los venezolanos.

 

 

El psicólogo Adrián Liberman aseguró que desde la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela, hace ya 20 años, los ciudadanos empezaron a desarrollar trastornos originados por el desmantelamiento de las nociones de ley y respeto. “Tenemos buena parte de la población sometida a un trauma constante por la violencia, inflación, escasez, por lo que muchos considerarían la emigración como la única solución, lo que se traduce en un panorama bastante desalentador”, explicó.

Hace siete años atrás: 31 de cada 100 venezolanos sufría de depresión o ansiedad por la crisis sostenida del país. Hoy: 70 de cada 100. Se refleja en los estados de irritabilidad y de preocupación en las caras que nos topamos en la calle. ¿Qué voy a comer mañana?, ¿cómo pagaré el colegio? Este es el día a día del venezolano común. Pero, ¿dónde desemboca toda esta angustia? En el colapso de la salud del venezolano.

 

 

Todas estas son cifras extraoficiales. Desde el 2012, el Ministerio Popular de La Salud no reporta estadísticas. Son números extrapolados de diversos estudios, como el del doctor José Miguel Pérez y de Néstor José Macías, expresidentes de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, quienes junto a un grupo de especialistas realizaron un estudio longitudinal –hecho público en 2016- en el que encontraron resultados críticos: En estos últimos años aumentaron en un 71% las enfermedades mentales en Venezuela. Prevalece la ansiedad, seguida de la depresión, según Norbey Marín, psicólogo clínico.

Y es que la salud mental no es sólo la ausencia de patologías. La Organización Mundial de la Salud la define como ese estado en que la persona encuentra bienestar en sí mismo. Y  es  a través de ese bienestar que se hace consciente de todas sus capacidades para poder trabajar y producir de manera fructífera, para poder brindar  apoyo a su comunidad y sociedad. “Es esa conciencia de poder enfrentar los problemas de la vida cotidiana de manera natural y espontánea”.

Somos una unidad biológica, psicológica y social y nuestros padecimientos nos conectan integralmente. Esto afecta nuestro estado de ánimo a través del estrés crónico. Un estudio de la Federación Venezolana de Psicólogos apunta que ya la mayoría de los venezolanos lo padece. Y se manifiesta a través de la depresión y de los trastornos de ansiedad los cuales, con el tiempo, desencadenan trastornos de personalidad, estados psicóticos y trastornos de bipolaridad que afectan a la persona, a su entorno familiar y laboral. El resultado es la agresividad en todos los ámbitos de la vida cotidiana. El desánimo y la desesperanza.

No todas las personas disponen de fortalezas emocionales. “Aquellos con alta autoestima, capacidad de resiliencia, de abrirse frente a los problemas, que tienen una  manera pro positiva de conectarse con el mundo que les rodea para buscar apoyo y ayuda, disponen de mayores recursos para afrontar el problema, tienen más chance de no sucumbir. Aquellos que se aíslan, que no afrontan sino que evaden, terminan en la desesperanza, en la angustia. Es cuando desarrollan estos cuadros de estrés, de depresión y ansiedad”, dicen los psicólogos.

Esos momentos pueden ser tan graves que la gente llega a ser presa de ataques de pánico, crisis depresivas severas y otras patologías para las que también escasean los tratamientos.

Las consecuencias sociales de la vida en comunidad comienzan a hacerse sentir en la forma de aflorar nuestras reacciones más primitivas, casi de supervivencia en medio de la jungla de carencias que vive el venezolano: “Lamentablemente, no puedo compartir porque, ¿quién cubre mis necesidades?”, decía una madre consultada sobre los cambios en su vida y su alrededor. Las características de comportamiento del venezolano, preeminentemente solidario y generoso, han comenzado a sufrir alteraciones.

El acompañamiento a las necesidades del otro disminuye y la gente anda en la calle irritable, molesta, preocupada. A veces casi ni hay el saludo cordial de otros tiempos. El anídoto es el espíritu donde anida la fe, la sonrisa y el sentido del humor que no perdemos y que podría salvarnos.

 

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