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Una iglesia rural resuscita gracias al Santísimo Sacramento

© xavnco2 / Flickr
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¿Cómo reintroducir la vida espiritual en los ámbitos rurales que Dios parece haber abandonado? “Reabriendo nuestras iglesias”, afirma Catherine de Maistre, que habita con su marido Alain en una pequeña aldea en el corazón de Somme, en el norte de Francia. Esta pareja, bien anclada en la fe, ha apostado por devolver a Jesús al centro del pueblo. Desde 2016, la Eucaristía se expone diariamente en su pequeña capilla. Relato de una aventura espiritual

Situada en el camino que atraviesa una pequeña aldea habitada por unas treinta almas, la pequeña capilla de Longuet (departamento de Somme, Francia), construida en el siglo XVIII, no tiene una apariencia nada extraordinaria.

Sin embargo, en su interior, la pequeña luz roja indica que el Santísimo Sacramento permanece ahí diariamente. Una presencia rara en la región, que tiene muchas iglesias y capillas cerradas debido a la falta de sacerdotes y fieles regulares.

Una capilla cerrada desde hace décadas

Catherine de Maistre posee, junto con su marido Alain, una casa familiar frente a la iglesia, al otro lado de la calle. Originarios de París, decidieron residir con más frecuencia en Longuet después de su jubilación.

Sin embargo, la pareja, practicante y muy activa en su parroquia parisina, dudaba si instalarse durante más tiempo debido a la falta de apoyo espiritual.

Durante varias décadas, la iglesia, consagrada a san Julián el Hospitalario, permaneció cerrada y abría únicamente una vez al año, el lunes de Pascua, para la fiesta del santo patrón. Una tradición que ha perdurado a pesar de las dificultades para encontrar un sacerdote que celebrara la misa.

Así con todo, la idea de instalarse en Longuet seguía rondando la mente de la devota pareja. “Un día, paseaba con mi marido cuando de repente tuve una intuición. Escuché unas campanas repicando en la lejanía y pensé: ‘Hay que devolver a Jesús a nuestra región, hay que abrir las iglesias y las capillas, ¡no hay otra solución!’”, recuerda Catherine con tono entusiasta.

La idea no se le iba de la cabeza. Varias semanas más tarde, solicitó un encuentro con el vicario general de la diócesis de Amiens.

“Le dije todo lo que pensaba, que había que reabrir las iglesias para volver a llevar a Jesús a nuestros pueblos”.

Ambiciosa, Catherine fue más lejos y pidió también que el Santísimo Sacramento estuviera en su pequeña capilla de Longuet para instaurar allí una adoración diaria.

La presencia de una gran reja de hierro forjado delante del coro que permite proteger el Santísimo Sacramento le hizo confiar en que el vicario aceptaría.

No obstante, desde la prudencia, no le dio una respuesta positiva, sino que la invitó a rezar sobre esta intención con otras personas.

La reunión con el Santísimo Sacramento

Lejos de desalentarse, Catherine, con el apoyo del nuevo sacerdote de su parroquia, invitó a algunas personas a rezar con ella en la capilla. El día de la convocatoria fue toda una sorpresa.

“Era una mañana de diciembre, hacía frío, la iglesia estaba helada y, sin embargo, ¡éramos quince allí! Quince personas se habían reunido para rezar con la esperanza de ver volver a Jesús a nuestro pequeño rincón rural. Estábamos del todo pletóricos”.

Gradualmente, la aventura espiritual prosiguió y el pequeño grupo decidió reunirse una vez al mes para rezar y asistir a misa, de acuerdo con el cura. Al cabo de cinco meses, llegó el milagro.

“El cura había hablado de nuestro pequeño grupo al vicario. Un día, me llamó y me dijo: ‘Mañana, les confiaré el Santísimo Sacramento’”.

La emoción fue abrumadora. Por suerte, todo estaba listo ya para recibir el cuerpo de Cristo. “Mi marido lo había preparado todo sin saber si algún día tendríamos el cuerpo de Cristo. ¡Pero sí teníamos fe! Así que reparó el tabernáculo, instaló el sistema eléctrico, colocó la luz roja…”, explica Catherine con emoción.

© xavnco2, Flickr
Capilla de Saint-Julien l'Hospitalier, en Longuet, Francia.

Hoy hace ya dos años y medio que el Santísio Sacramento está presente día y noche en la capilla, donde se celebra una misa mensual con un tiempo de adoración.

Todos los días, Alain va a abrir y cerrar la puerta. Una aventura que ha dado sus frutos, ya que cada vez son más los que entran en esta capilla, otrora cerrada habitualmente.

Catherine no duda en hablar de milagro. “Cuando nosotros no estamos, es uno de los vecinos, que vive al lado de la iglesia, quien se encarga de abrir y cerrar la puerta. Y todo a pesar de ser un anticlerical convencido. Nunca ha puesto un pie en la misa y jamás ha querido volver a entrar en una iglesia”. No obstante, emocionado por ver revivir su patrimonio, el vecino aceptó echar una mano.

En la actualidad, abre y cierra cuando es necesario e incluso ha aceptado fabricar un portacirios. “Un día, sin decir nada, lo instaló en la capilla. Así lo encontramos una noche, con dos cirios encendidos. Fue muy emotivo”.

Un auténtico signo de esperanza para los pueblos

Testimonios tiene Catherine a palas. Basta con abrir el cuaderno de intenciones y ver las velas consumidas para comprender que entre los fieles y también el resto de habitantes esperaban de verdad este cambio.

Creyentes o no, muchos se han emocionado por la idea de ver su pequeña iglesia, tierno recuerdo de su infancia, abierta otra vez a diario. Otros se han reconciliado con la fe o han descubierto la práctica de la adoración por primera vez.

“Un día, una joven que salía de la iglesia me dijo: ‘No sé qué ha pasado, pero estoy totalmente conmovida”. Hoy, se crean otros pequeños grupos, como unas mujeres que ofrecen sus oraciones a Nuestra Señora de los Niños, ilustrada en una vidriera, para que vele por sus hijos.

Respaldada por este éxito que ofrece un auténtico signo de esperanza, Catherine espera que esta iniciativa sirva de inspiración a otras parroquias.

Con su pequeño grupo de los viernes, reza por esta intención y le encanta repetirse esta hermosa frase pronunciada por su cura: “Rezamos por el pueblo de la parroquia. Rezamos para que Jesús vuelva a nuestros pueblos”.

Un bello mensaje de esperanza que prueba que el cierre de las iglesias no es una fatalidad irreversible.

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