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JAK ZOSTAĆ KRÓLEM
Pexels | CC0
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Sólo desde la humildad el poder se aleja de la corrupción

El poder es siempre tentador. Es curioso cómo corrompe el alma. Antes de que me dé cuenta estoy cayendo en esa misma corrupción que tanto me duele cuando la veo en otros.

Me asusta la debilidad del poderoso. Ese afán enfermizo por retener la posición de dominio. Mi cuota de poder es el campo en el que se juega mi santidad. En ese lugar en el que mando. En el que soy rey. Allí donde otros me siguen y obedecen.

¿Abuso de mi poder? Es tentador. Busco que hagan lo que deseo. No me doy cuenta de lo frágil que es mi voluntad.

Quiero hacer el bien y hago el mal. Busco respetar a todos en su originalidad y acabo imponiendo mi punto de vista como el único válido.

Digo que he venido a servir y me encuentro sirviéndome de mi puesto. Se me olvida mi deseo de dar la vida. Retengo lo que creo que me hace bien. Me acostumbro a lo bueno. ¡Qué difícil dejar de lado la riqueza tentadora!

El reino de Jesús es un reino de pobreza y no de riqueza, un reino de servicio y no de poder: “Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás”.

La corona de Jesús no es de oro, es de espinas. El trono sobre el que se sienta Jesús no es de oro, ni de hierro. Es el madero desde el que entrega su vida. Un reino pobre, un reino de servicio. Una corona de espinas. Un trono de madera.

He construido altares de oro y me he sentado en tronos de plata. En honor de Dios, me digo, para convencerme de mi posición.

Ahí puedo hacer mucho bien. Pero también puedo herir y despreciar al débil. Se me olvida que soy débil. Acabo ignorando mi fragilidad. No veo mis torpezas y caídas.

Pienso que estoy bien. Que lo hago todo bien. Me hace bien reconocer mi pequeñez. Mirar mis heridas y dolores. Y entregarle a Dios mi impotencia.

Comenta el padre José Kentenich: “Una sana humildad ve en la debilidad personal una irresistible invitación a entregarse filialmente a los brazos de Dios. Sólo aquel que con san Pablo pueda declarar triunfante: – Me glorío en mis debilidades, porque de ese modo se pone de manifiesto en mí el poder de Cristo, estará protegido contra una cantidad de psicopatías modernas y será capaz de sanar y recorrer seguro el empinado camino que lleva a Dios”[1].

Sólo la humildad me hace entrar en el reino. Cuando soy humilde es cuando puedo miro la corona de otra forma. Es otra corona la que le entrego a María para que sea mi Reina, para que gobierne en mí.

Le entrego la corona desde mi impotencia, desde mi pobreza, desde mi pecado, desde mi debilidad. Corono a María como reina de mi vida para que Ella lleve el cetro y gobierne donde yo solo no sé caminar.

Decía el Padre Kentenich: “Al coronar a María, hagámoslo en primer lugar como reina de nuestro corazón”[2].

Su reino no es de este mundo. Porque no tiene las categorías del mundo. Porque su reino es servicio, pobreza y libertad.

Al entregarle a María el poder renuncio yo a mi poder. Pongo mi vida en sus manos sin pretensiones. Empiezo a confiar como un niño.

Me gusta más esa imagen de corona en las manos de María. Ella abraza mi pequeñez y se abaja a mi indigencia. Y tira de mí, y usa su poder para sacarme del barro y llevarme a las alturas.

 

[1] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[2] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta de Peter Locher, Jonathan Niehaus

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