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Argentina tras River-Boca: La final que sí se disputó y fue una fiesta

RUGBY
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Deporte con pasión y sin violencia es posible

El bochornoso River Boca de este fin de semana, esa final tan anunciada que no fue, tuvo un contraste increíble a no más de media hora del Monumental. Era otro deporte, es cierto, no tan popular, pero que en menor escala demuestra que se puede vivir un deporten con mucha pasión, con radical identificación con unos colores, pero también con respeto.

Los clubes de rugby Hindú y Alumni disputaron este domingo, el mismo día que se había anunciado se jugaría la final River Boca -después del escándalo del sábado-, la final del campeonato de la URBA. Se trata del campeonato más importante del año en la Argentina, junto con el Nacional de Clubes. El ganador resultó ser Alumni, el club de Tortuguitas que gritó campeón por primera vez en 17 años tras vencer por 26 a 17.

Alumni e Hindú son clubes que se conocen de toda la vida; generaciones que crecieron disputando encuentros entre uno y otro en un deporte en el que esencialmente los jugadores chocan entre sí permanentemente en un partido, con fricciones que provocan heridas de todo tipo. Aún así, no hizo falta en el estadio del CASI impedir el ingreso de una de las aficiones. Como para acentuar el contraste con el fútbol, los colores que identifican a Alumni son el rojo y blanco. Los de Hindú, el amarillo y el celeste…

 

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Y no hizo falta erigir gradas para sus efusivas aficiones: las compartieron, sin que hileras de policías protejan a uno de otro, como si afuera de los estadios no hubiese suficiente trabajo para ellos. No se movilizaron cordones de seguridad de distintas policías. No se pidió por altoparlante evitar cantos xenófobos.

Hubo pasión: vaya uno a discutirle eso a un joven que ve campeón a su equipo después de dedicarle todos los fines de semana de su vida al club. Hubo cantos y hubo banderas. Hubo invasión de cancha y festejo conjunto entre afición y jugadores. Abrazos. Llanto. Pero también hubo aplausos al rival. Hubo fraternales saludos sin chicanas, sin dobles sentidos. Hubo, sin más rodeos, auténtica fiesta deportiva.

La precedieron años de tercer tiempo, de encuentros entre los equipos tras los partidos. De padres y familias que se enfrentaron y celebraron las victorias de los propios hijos respetando que del otro lado había un hijo que había perdido y podría estar llorando. De deportistas que cuando terminan lo suyo se van a casa en un coche normal, porque son las estrellas del deporte, pero eso no les habilita a ingresos desorbitantes que sean escandalosos con respecto a los de sus fanáticos, aún con la todavía incipiente profesionalización del rugby en la Argentina. Está claro que puede haber problemas en el Rugby, y eventualmente incidentes o intereses que parecen desmentir las virtudes de lo antedicho, pero el contraste de este fin de semana al menos llama a una reflexión.

Sobre lo que le pasó y le pasa al fútbol argentino, sobran los análisis por doquier. Algunos hablan de una enfermedad social, de exacerbadas pasiones a puntos innecesarios, otros de problemas puntuales de connivencia entre violentos y dirigentes que afectan el sano interés de miles, o de mafias asociadas a los millones que mueve ese deporte. Quizá todos están en lo cierto. Y evidencian que algo tiene que cambiar. Ejemplos de que se puede vivir el deporte con pasión y equilibrio, sobran, y los hubo este mismo fin de semana a pocos kilómetros del Monumental.

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