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No estás loco, es más difícil concentrarse en invierno

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Pensar es más difícil en los meses fríos… pero eso no tiene por qué ser algo malo

Aquí en Texas el invierno está en pleno auge. Como de costumbre, nos saltamos el otoño entero y fuimos directos a cielos nublados y vientos helados y, también como es costumbre, mi humor cayó en picado.

Han pasado muchos años desde que experimenté cambios reales entre las estaciones. En Florida, hacía un poco menos de calor durante el otoño y el invierno, un cambio de temperatura que yo recibía bien, aunque (tonta de mí) pensaba que añoraba el invierno de verdad. Sin embargo, el sol siempre estaba brillando, así que a mí me servía como un estabilizador del humor natural y esencial.

Aun sabiendo el apego que tengo por la luz solar (y el calor, por lo visto), estaba preparada mentalmente para la merma de mi humor que traería el invierno. Para lo que no estaba preparada era el hecho de que, en cuanto cayeron las temperaturas, también cayó mi capacidad para concentrarme.

Al principio lo achaqué a falta de sueño, de ejercicio y pamplinas genéricas. Así que convertí el descanso y el ejercicio en prioridades y reforcé mi buena nutrición. Por más que lo intentara, sencillamente no puedo realizar mis tareas con tanta eficacia y eficiencia como unas pocas semanas atrás.

Mi mente se distrae y me siento dispersa, abstraída e inquieta. Es el cambio estacional más raro —y molesto— que he vivido nunca y de verdad pensaba que era todo fruto de imaginación o estaba entendiendo mal las causas.

Pero no. Según un estudio belga mencionado en un artículo reciente en Better Homes and Gardens, nuestro cerebro tiene que esforzarse más para concentrarse durante el invierno.

Aunque las puntuaciones de sus pruebas fueron estables a lo largo de las estaciones, los investigadores descubrieron que el “coste” de la cognición (o los recursos neuronales que los participantes tenían disponibles) cambiaban dependiendo de la época del año.

Resulta que tenemos menos actividad cerebral relacionada con tareas cognitivas, como la atención, en invierno que en verano y más actividad cerebral relacionada la memoria en otoño que en primavera.

Los científicos no pudieron afirmar exactamente por qué nuestros cerebros trabajan de forma diferente según las estaciones, pero sugirieron que tareas más básicas, como la atención, podían relacionarse con cambios ambientales, como la duración del día, mientras que tareas más complejas podían vincularse a causas más complejas, como las interacciones sociales.

Sinceramente, no puedo decidir si la noticia me tranquiliza o me inquieta. Por un lado, sé que no estoy perdiendo la cabeza, así que eso es un punto positivo. Por otro lado, puedo saber que voy a disfrutar de varios meses de cerebro nublado por el invierno, cosa que de ningún modo es un punto a favor.

A pesar de los inconvenientes, tiene sentido que nuestra función cognitiva se ralentice durante los meses invernales. Después de todo, nuestro metabolismo también se reduce, un mecanismo evolutivo que permitía a nuestros ancestros conservar más grasa y sobrevivir a los meses fríos cuando la comida escaseaba.

Quizás esta merma cognitiva sea fruto de una evolución que sirve a esa misma función: nuestros cerebros quizás se hayan adaptado a ralentizarse en invierno, cuando los días son más cortos, para pasar más tiempo durmiendo durante las largas noches y menos tiempo activos durante los días cortos. Esta adaptación podría haber sido motivada por las menores horas de luz solar, pero quizás también como una especie de mecanismo de supervivencia, como la forma en que el cerebro ralentiza el cuerpo para preservar energía para sobrevivir hasta la primavera.

Sea como fuere, no hay duda de que, para los humanos modernos, esta depresión cognitiva estacional es un fastidio, a no ser que encontremos una forma de aceptar el ritmo de las estaciones en vez de luchar en su contra.

En mi caso, esto implicaría aceptar que no voy a ser tan productiva durante las tardes como lo soy durante el verano y, por tanto, que tengo que organizarme en consecuencia. Si puedo emplear a sabiendas las horas del día para trabajar —preferiblemente al sol, si está soleado—, entonces puedo disponer de la libertad de la oscuridad más larga para disfrutar de tareas que exijan menos cognitivamente, como leer cuentos a mis hijos, doblar la colada y (esta parte me entusiasma) irme a dormir a las 8 p.m. 

Visto así, quizás este fenómeno traiga solamente beneficios en todos los aspectos…

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