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Pasando por el infierno: representaciones del infierno en el arte

DEPICTION OF HELL
Public Domain
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¿El Infierno no es tan extremo como lo pintan? Las obras de estos artistas quizás te hagan pensártelo dos veces

Haga click aquí para abrir el carrusel fotográfico

El Infierno se describe en el Catecismo de la Iglesia Católica como un “estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados”. La doctrina católica deja claro que Dios no predestina a nadie a ir al Infierno. Escoger el Infierno implica un alejamiento voluntario y persistente de Dios, un rechazo del amor misericordioso de Dios. De hecho, tanto las afirmaciones de la Escritura como las enseñanzas de la Iglesia sobre el tema del Infierno son —de nuevo, según el Catecismo—, “un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno” y, al mismo tiempo, una llamada a la conversión. Pero si el Infierno es descrito como un “estado”, ¿por qué se representa tan a menudo como un “lugar”?

Descubre algunas de las representaciones más populares del Infierno en la galería fotográfica de abajo:

No está claro, según algunos apologistas, si la misma noción del Infierno que encontramos en el Nuevo Testamento está presente en el Antiguo. El Nuevo Testamento ofrece una escatología más elaborada —y explícita— de la que encontramos en la Biblia hebrea. Sin embargo, la Biblia hebrea no está carente de descripciones del Infierno. El salmista hace referencia a menudo al “día de su ira”, la de Dios, (Sal 110,5) y Daniel describe la duración de este día en términos de “vergüenza y eterno horror” (Dan 12,2), énfasis en lo eterno. También, Isaías (14,9) usa la palabra Seol —habitualmente traducida como ‘Infierno’—  para referirse o la muerte misma o al “lugar de los muertos”, según se acota en algunas traducciones. Cuando este pasaje de Isaías se lee junto al de Juan en el que encontramos a Jesús diciendo: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino” (1 Jn 3,14-15), puede extraerse una conclusión obvia: en el Infierno no hay amor. No obstante, esto no resuelve la dicotomía lugar/estado que mencionamos justo antes.

Jesús se refiere a menudo al “Gehena”, siguiendo a Jeremías. Esta palabra, Gehena, se refiere al valle de Hinón —el “Ge Hinnom”, en hebreo tiberiano—, un pequeño valle en Jerusalén donde algunos de los antiquísimos reyes de Judá sacrificaban a niños en el fuego. Es comprensible que este lugar se asociara entonces no solo con el destino de los malvados, sino también con un “fuego inextinguible” (Mc 9,43). Sin embargo, sabemos que hay otros tormentos, además del fuego, que se han asociado con este lugar abandonado de amor.

“Abandonad toda esperanza, los que aquí entráis”, lee la inscripción que Dante colocó a las puertas de su Inferno. Guiado por el poeta romano Virgilio, Dante atraviesa, literalmente, el Infierno. En cierto modo, su viaje representa el de un alma hacia Dios y el Inferno supuestamente representa el reconocimiento, el arrepentimiento y el rechazo del pecado. En la visión de Dante del Infierno, es difícil librarse de algo. Los culpables de gula son bombardeados con lluvia, granizo y nieve negra. Si crees que la adulación no es para tanto, quizás cambies de idea al leer sobre los que están sumergidos en excremento humano en el Octavo Círculo del Infierno.

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