Aleteia

Oración ante la muerte de la abuela

Comparte

Corazones arrugados, afanados del infinito que desconocen, te piden consuelo, ¡Padre de piedad!

Dios, hoy tienes en la bóveda celeste a nuestro colibrí…

Huérfanos aquí, sentimos que una ausencia es más aguda que una presencia. Y nuestros corazones endebles no entienden de la alegría, de eso tan lindo que nos diste y hoy llevas a tu presencia para darle mayor dignidad.

Corazones arrugados, afanados del infinito que desconocen, te piden consuelo, ¡Padre de piedad!

Dios, le pusiste alas al amor, pues ella acercó a tu infinita dignidad a muchas almas. Ella, hija, hermana, madre, esposa, abuela, amiga, comadre y jamás ‘alcahueta’.

Ella, testigo de tu ternura eterna por los más humildes, Ella, embajadora de la sabiduría que negaste a los doctos.

Ella, horizonte esperanzador de una mano siempre abierta. Ella, amor que se quemaba como candela para dar luz. Ella, que en noches en vela cosía las botas de un pantalón. Ella, madre sobrada, marinera en cubierta. Ella, lista a salvar al ‘hombre al agua’ de un jalón.

Dios, dile al oído a tu querubín radiante que hoy nos espera el día del caballero andante, queremos ponernos en camino para honrarte, por el amor inmerecido y recibido, para adorarte en el que sufre y necesita.

Ella, tenaz, fue ejemplo de tu amor materno, sosiego y bastón para el derrotado y humillado. Ella, viuda, con el talento de sus manos (el arte de modista) a cada hijo durmió arrullado.

Con determinación labró la pista. Ella para sus niños y niñas supo ser padre y madre, maestra y testigo, justicia y misericordia.

Dicen que cuando muere un abuelo, es como si se quemara una biblioteca. Mi abuela fue esa enciclopedia abierta de sabiduría.

Un ‘tinto’ nunca faltó para la visita, nadie se iba con hambre de su casa, siempre prodigaba hospitalidad sin parangones, y el inesperado visitador devenía huésped agradecido. “Mi hijo, donde comen dos, comen tres”, decía.

Dios, dale de nuestras mejores caricias a esa alma pura.

Mi abuela fue maestra de vida, árbol recio que superó cualquier golpe.

“Mi hijo, usted tiene derecho a ser pobre, pero no sucio y holgazán”. Ella me enseñó a remendar un calcetín o cocinar caldo de costilla.

“Abuela, eso para qué, cuando me case mi esposa lo hará” -«¡Ah, muy bonito! Y si la mujer le hace huelga ¿qué hace?», replicaba socarrona.

Dios, por favor, de vez en cuando, deja que mi abuela nos susurre sus refranes sabios en el sueño: “Mi hijo, los médicos también se mueren”, “a pan duro, diente agudo”, “del dicho al hecho hay un gran trecho”.

Y cuando estaba por asomar el rejo advertía: “no le busque cinco patas al gato” o “soldado advertido no muere en guerra”.

Y cuando el sueño se haga pesadilla, Dios, deja que la abuela nos cuente la historia del “Príncipe sapo”, donde la moraleja invita a luchar por los propios sueños a pesar de las dificultades.

Dios cuánta ternura disimulada, cuanto ahínco y voluntad en mujer. Sus manos artesanas sabían de caricias, palmadas justas y hasta de remendar corazones partidos.

Ella siempre tuvo buen consejo: “Mi hijo, sea comedido, jamás le faltará un plato de comida así”.

Su monedero de cuero curtido siempre tenía la magia de unas monedas y billetes doblados para cada inconveniencia, un arca mágica de caridad materna y fe aplicada; desde una merienda furtiva para el nieto que tocaba a la puerta hasta la solución monetaria para un afán familiar.

Pan de dulce y un chocolate batido con el viejo molinillo; quemado en la punta y con sabor a madera curtida de hogar fueron de esas tardes, de esa infancia feliz con mi abuela.

Dios, te confieso que estaba molesto; no entendía por qué una mujer infatigable a tu servicio estaba postrada en una cama por más de doce años, silente, distante.

Solo sus ojos tercos de vida me hacían caer de bruces a mi ignorancia. Era el misterio de la vida en mi abuela.

Era la llegada al Gólgota en sus doce estaciones completas. Era la cercanía a tu pasión que la consumía despacio. Era la gloria de una vida, que una vez más, enseñaba a otros el valor.

Dios, solo Tú sabías que aun en ese estado la abuela estaba entregando vida. Una vez más, te serviste de ella para darnos lección a todos.

Quizás era el tiempo eterno de la paciencia, de la bendición en la unión por el dolor. A lo mejor era el momento de descubrir las cartas de quien ama hasta el final…

De pronto era el momento de devolver un poco del amor recibido. Quizás era el momento del silencio, cuando no hay nada mejor que decir.

Dios, solo tu conocías ese último via crucis. ¿Era el cuerpo débil, flagelado de la enfermedad un signo divino?

Abuela fuiste una maestra hasta el final. Temple, ganas de vivir, osadía. Todo entrañado en tu cuerpo exánime.

Dios, ahora nos quedamos como heraldos de los valores heredados. Nos comprometemos a ser custodios. Hombres y mujeres multiplicadores de tanto amor, y esperanzados. Porque el amor es eterno y vivirá en nosotros.

El día en que te fuiste, Jesús pide, recordad: “Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

Abuela, una vez más nos enseñaste humildad. Desconfiar de nosotros mismos, confiarnos a Dios; desconfiar de nosotros y nuestras propias fuerzas.

Abuela, nos enseñaste el servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz. Y de esta confianza nace la generosidad de espíritu.

La santísima Virgen, te enseñó: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Nos diste vida. Nos enseñaste humildad. Pero, en tanto nos recuerdas a todos que lo bueno que hubo en ti y dejaste en nosotros es de Dios.

Padre eterno, ya no estoy triste. Porque nos donaste digna maestra de tu amor eterno. ¡Gracias Señor!

¡Abuelita, madrecita, Dios te bendiga!

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.