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¿Enseñas a tus hijos a ponerse en el lugar del que sufre?

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Liderina - Shutterstock

Javier Fiz Pérez - publicado el 18/11/18

Educar la afectividad para crecer en amor y en felicidad

Desde muy antiguo se pensó que eran malos aquellos sentimientos que disminuyeran o anularan la libertad, promoviendo una conducta prudente, guiada por una razón que se impone sobre los deseos.

Desde la filosofía griega se razonaba sobre libertad interior en el hombre, una libertad que no es un punto de partida sino una conquista que cada hombre debe realizar.

Cada uno debe adquirir dominio de sí mismo, imponiéndose la regla de la razón, y ése es el camino de lo que empezó a llamarse virtud: la alegría y la felicidad vendrán como fruto de una vida conforme a ella.

Sentimientos y virtud

Cada sentimiento favorece unas acciones y entorpece otras. Por tanto, los sentimientos favorecen o entorpecen una vida psicológicamente y espiritualmente sana, y también favorecen o entorpecen la práctica de las virtudes o valores que deseamos alcanzar.

Puede decirse por tanto que la práctica de las virtudes favorece la educación del corazón.

Muchas veces se olvida que los sentimientos son una poderosa realidad humana, una realidad que —para bien o para mal— es habitualmente lo que con más fuerza nos impulsa o retrae en nuestro actuar.

Los sentimientos aportan a la vida gran parte de su riqueza, y resultan decisivos para una vida lograda y feliz.

Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda sino un corazón enamorado. Y para ello hay que educar el corazón, aunque no siempre sea un tarea fácil.

Ejemplo y buena comunicación

En el aprendizaje emocional, el ejemplo tiene un particular protagonismo. Basta pensar en cómo se transmite de padres a hijos la capacidad de reconocer el dolor ajeno, de comprender a los demás, de brindar ayuda a quien lo necesita.

Son estilos emocionales que todos aprendemos de modo natural y los registramos en nuestra memoria sin apenas darnos cuenta, observando a quienes nos rodean.

Junto a eso, es esencial que haya un clima distendido, de buena comunicación; que en la familia sea fácil crear momentos de mayor intimidad, en los que puedan aflorar con confianza los sentimientos de cada uno y así ser compartidos y educados; que haya libertad a la hora de manifestar los propios sentimientos.

En definitiva, no podemos cambiar nuestra herencia genética, ni nuestra educación hasta el día de hoy, pero sí podemos pensar en el presente y en el futuro, con una confianza profunda en la gran capacidad de transformación del hombre a través de la formación y del esfuerzo personal. La felicidad no está en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno debe hacer.

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afectividadeducaciónpobrezasentimientos
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