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¿Me cierro para protegerme o me abro para enriquecer?

HAND, LIGHT, DOOR
Shutterstock
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Destruir las murallas que dividen los corazones, respetar las puertas que guardan jardines sagrados del alma

Pienso que soy templo de Dios. La morada en la que Dios viene a habitar en medio de los hombres. Templo en el que ha de brillar su luz. Dios deja correr en mi interior su agua que todo lo purifica.

Con frecuencia veo que mi casa, mi alma, es casa de ladrones y no templo de su Espíritu. Me asusta ver mi fragilidad.

Pienso en María de la Almudena. Esta imagen fue encontrada en el interior de un muro en la ciudad de Madrid. Protegida para no ser profanada durante siglos.

Cuando ya no había peligro cayó el muro y en su interior permanecían encendidas dos velas que una mujer piadosa encendió al esconderla.

La fidelidad de las velas me conmueve, la fidelidad de María, la fidelidad del hombre. Dos velas en el interior vencen la oscuridad. Al caer el muro puedo encontrarme con María.

Creo que también tiene que caer el muro que pongo en mi vida para poder ver a María. Ojalá ardieran dos velas en mi alma para sembrar algo de luz en mi oscuridad.

Necesito abrir la puerta para que vean a María. Para ver yo a María. Han roto la puerta de un Santuario. La han forzado para entrar. Un acto vandálico.

Me conmueve la vulnerabilidad de lo sagrado. La puerta totalmente partida. Usaron la violencia para entrar. ¡Cuánta indefensión! Dentro estaba María. La vieron. Huyeron. Violencia para entrar.

Una puerta caída que quiere proteger del mal. Una puerta que se abre hacia fuera para dejar salir el bien, la luz, la esperanza.

Dejo de lado el miedo. No me escondo. Me duele la puerta rota. Como tantas puertas rotas de tantos inocentes. Su alma sagrada rota. Niños de alma blanca heridos. Hombres y mujeres. La herida del odio, de la violencia.

Un muro caído que deja ver a María. Una puerta forzada que permite el encuentro con Ella. Duele la violencia.

María quiere salir al exterior, al mundo, para abrazar al hombre. Para llegar al dolor. El hombre está solo y necesita el abrazo de María. Para superar las barreras interiores que no le dejan ser feliz. María trae la paz.

Dice san Pablo: “Él es nuestra paz: el que de los pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba”.

Quiero destruir las murallas que dividen los corazones. Respetar las puertas que guardan jardines sagrados del alma.

No quiero que haya violencia. Ni puertas rotas, ni muros caídos.

Es cierto que a veces el muro caído me habla de esperanza, de libertad. Hace años cayó el muro de Berlín el día en el que se celebra la fiesta de la Almudena. Un muro que dividía. Caen los muros, las barreras, las puertas. Para dejar entrar la esperanza. Para dejar salir el amor.

Sé que sin muros y sin puertas el encuentro es más fácil. Así puedo descansar en María. Y Ella en mí. Pienso en mi corazón que es templo. Con la puerta cerrada por seguridad, por miedo, para no ser herido. Y en mi interior ni siquiera dos velas iluminan mi alma.

Hay oscuridad y angustia a veces. Hay tanto miedo… Quiero que entre Jesús y ponga orden, que entre María y traiga su luz.

Hay en mi alma un muro bueno que me permite encontrarme con Dios: “El silencio es el muro exterior que hemos de construir para proteger un edificio interior. En realidad, es Dios quien construye la barrera que nos protege del tumulto, de lo ataques exteriores y de las tempestades de este mundo. Al abrigo de esa muralla vivimos en el silencio y en el corazón de Dios. Y nuestra mirada está constantemente vuelta hacia Él, porque queremos verle”[1].

Los ruidos penetran cuando no guardo esa intimidad con Jesús, cuando no permito que mi casa sea casa de oración, de paz, de descanso.

La puerta que lo cierra es sagrada. Cuando no mantengo la puerta cerrada para aislarme del ruido todo cae.

Quiero ser un templo en el que Jesús brille en mí y me custodie. Dos velas encendidas.

Me olvido de lo que soy tan a menudo… Soy templo de Dios. Soy un lugar sagrado. Soy la morada del Dios en la que Él viene a estar conmigo. El Dios con nosotros, el Dios conmigo.

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Yo descuido ese espacio interior en el que el agua no lo limpia todo. Dejo que en mi corazón aniden el egoísmo, la soberbia, la ira, la envidia. Tiene más fuerza la oscuridad que la luz.

Me da miedo que se rompan los muros y violen mi paz sagrada. Pero me da miedo también que los muros no me dejen tocar el corazón del hombre que necesita ver a Dios.

Escondido en mis miedos me seco, me enfrío. Mi vocación es transparentar a Dios. Hacerlo presente no sólo entre mis manos, sino en todos los gestos de mi vida.

Tal vez necesito la violencia exterior que derribe el muro que me he impuesto por miedo a perder la vida.

Vivo guardado, hermético, cerrado en mi comodidad. No quiero que perturben la paz que me he labrado.

En mi casa soy feliz, sin que nadie fuerce la puerta o derribe los muros. Nadie me conoce. A nadie le hablo de lo que siento. Y vivo centrado en mí, en lo que a mí me hace falta.

Quiero salir. Estoy tan solo… Quiero derribar mis muros, vencer mis miedos, acabar con la noche. Quiero ser hogar para muchos.

Leía el otro día: “La hospitalidad es la virtud que nos permite romper la estrechez de nuestros miedos y abrir nuestras casas al extraño, con la intuición de que la salvación nos llega en forma de un viajero cansado”[2].

Quiero ser una casa abierta. Parece incómodo, es verdad. Puede resultar demasiado arriesgado. Puedo accidentarme, incluso perder la vida, la intimidad, la soledad sagrada.

Da menos miedo proteger mi interior. Quiero dejar que entren. Y que entre Dios en mí.

De nada me sirve guardar el agua estancada. Se pudre y ya no sirve para nada. No me ayuda a vivir el agua que no corre, las velas que no iluminan el mundo.

María dentro de sus murallas no puede salir. Su luz ahí no ilumina a nadie. Cuando permanece aislada no logra llegar al mundo que quiere escuchar su voz. Igual que mis palabras se ahogan dentro de los muros de mi alma.

Me expongo saliendo de mí mismo y dejando entrar a Dios y a los hombres. Salgo para que otros vean el rostro de Dios. Escuchen su voz llena de fuego. Dejo entrar para que descansen entre mis muros.

Una grieta abierta. Tal vez la grieta de mi herida, de mi dolor, de mi fragilidad. Una puerta rota. Por ella puede Dios romper mis defensas para hacer morada en mí. Y salvar mi vida. Una casa en la que Dios no reina no es un hogar con paz. Eso lo tengo claro.

 

[1] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 76

[2] H. Nouwen, El Sanador herido

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