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El mayor regalo: Un estreno contado por su director

COTELO
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Entrevista exclusiva de Aleteia con Juan Manuel Cotelo

Haga click aquí para abrir el carrusel fotográfico

El cineasta español Juan Manuel Cotelo –autor, entre otros filmes de La Última Cima y Tierra de María – estrena el día de hoy, 9 de noviembre, en España e inmediatamente después en muchos otros países: México, El Salvador, Guatemala, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Ecuador, Colombia, Austria, Alemania, Italia, Rumania, Eslovenia… su más reciente película: El mayor regalo.

En el tráiler oficial de El mayor regalo se encuentra la clave de la nueva producción de Cotelo: cuando el público “quiere” (más bien le han hecho querer) un final de venganza (donde “el bueno” mata al “malo”), Cotelo, a partir de historias verdaderas, historias de perdón que parecían imposibles, nos sirve “un plato mejor”: el verdadero “final feliz” es el mensaje sin anestesia del amor.

– ¿Juan Manuel, de dónde surge una idea de película tan a contracorriente como ésta del perdón? 

No creo que sea una película contracorriente. Me parece que las películas que proponen como “final feliz” la venganza, van completamente a contracorriente, contra la sociedad y contra los individuos. Creo que es ir a favor de la corriente el proponer los finales felices de verdad, no de ficción. Y no hay mayor “final feliz” que el perdón.

Por lo demás, la película surge de haber sido testigo de encuentros preciosos entre antiguos enemigos que se abrazaron, se besaron, comieron juntos, cantaron, bailaron… No me lo han contado, lo puede ver. Y fue tan emocionante ser testigos de esos encuentros que me pareció necesario tener que contarlos. Sobre todo contarlos a quien crea que lo suyo ya no tiene perdón o aquél que crea que lo que le hicieron es imperdonable. Bueno, pues déjame que te muestre con estas historias que no es así; que por muy trágico, dramático, oscuro que sea el panorama, existe un “final feliz” que puedes alcanzar.

– ¿Cuál es la historia que quieres contar y cuál la que deseas que se quede en la gente?

Si pudiera condensar en una sola palabra lo que me gustaría que el espectador se llevase a casa es la palabra esperanza. Esperanza, no desesperes, todo hace indicar que ya no hay salida; que tú estás condenado a la tristeza, al rencor… pues no, ¡no desesperes! Creo que el espectador va a salir con la posibilidad de pedir perdón en lo suyo, con la fuerza de ver lo que estas personas (las de la película) han hecho. Voy a atreverme a perdonar. Voy a dar ese pasito de pedir perdón y de perdonar. Y creo que va a suceder, que al salir del cine va a haber una oleada de reconciliaciones.

– ¿No temes caer en la versión cinematográfica de “películas con mensaje”, entendiendo éstas como películas de folletín?

No tengo ningún temor de hacer una película de folletín. No me preocupa en absoluto que alguien diga que ésta es una película “con mensaje”. Si alguien lo dice, qué buen piropo me ha regalado. Nosotros no ocultamos los mensajes, no los disfrazamos, no los camuflamos, sino que el mensaje del amor lo soltamos así, ¡pam!, en pantalla grande. El mensaje de la película está claro. Es una invitación, nada disimulada, a amar.

–En el fondo, en el fondo, todos queremos ser perdonados pero muchos no sabemos perdonar. ¿Es eso una verdad en tu película?

Estoy convencido que todos sabemos perdonar. Todos sabemos amar. No necesitamos un curso teórico para hacerlo. Supimos amar a nuestros padres desde que nos parieron. Estamos hechos para el amor. ¿Por qué somos adictos a ser perdonados? Porque necesitamos recibir el abrazo. ¿Por qué no debemos frenar el impulso de perdonar a alguien? Porque sabemos que nos va a hacer bien. No solo le va a hacer bien al otro, nos va a hacer bien a nosotros mismos. Por tanto, mi consejo sería: no pensemos tanto, simplemente amemos.

– ¿El mundo sería otro si entendiéramos que el mayor regalo es el perdonar y ser perdonados? 

El mundo sería otro no si entendiésemos, sino si los hiciésemos. A veces pensamos que vamos a arreglar el mundo a base de entender las cosas, y no es cierto. Quiero decir que esto no se soluciona cuando sabemos lo que es bueno, sino cuando lo hacemos. Y cuando no hacemos el bien, no pasa nada, tranquilo, siempre tienes la opción de pedir perdón y volver a empezar sin hartarte de tus propios fallos.

Es que lo intelectual puede convertirse muchas veces en una excusa para no amar. Como ya comprendí el amor, ya me basta. No, no, aprobaste el examen teórico con un sobresaliente. Pero el examen aquí no es teórico, es práctico. Efectivamente, el mundo sería otro si yo cambiara. Yo no tengo que esperar a que cambien los poderosos, los medios de comunicación… Aprovechar el tiempo es ver cómo puedo amar hoy, ni siquiera mañana, a quien tenga adelante.

¿Hay perdón sin olvido?

Yo no soy dueño de mi memoria. No me tiene que preocupar que yo recuerde mis heridas. Es humano. Lo que sí me tiene que preocupar es guardar rencor. Tengo que luchar contra ello. Pero intentar hacer una especie de auto vaciado de recuerdos duros, no. Lo que pasa que también es cierto que Dios concede la gracia de la amnesia. Dios mismo olvida nuestros pecados y no solo nos facilita que nosotros perdonemos, sino que nos facilita que no pensemos más en las heridas. Es un don, no es algo que me proponga.

–¿Dónde hay mayor mal en el mundo?

El mal no tiene criterios geográficos. Allá donde hay dos personas van a moverse –por que nos rozamos—entre el amor y el daño. No somos pastillas de jabón que resbalan la una sobre la otra. Ese roce puede ser a veces a una caricia, un rasguño o una herida. En México y en donde sea hay esos roces. Lo importante es no concentrarse solo en la herida. Si yo estoy mirándome la herida y lamentándome, puedo desangrarme. Pero también puedo hacer algo, dejar de llorar, llamar al médico… hacer algo…

Al margen de consideraciones sociales, políticas, el primer pasito que está al alcance de cualquiera –no se necesita ser el presidente de gobierno—es amar en mi propia casa, cómo educo yo a mis hijos con mi ejemplo, con mis palabras… ¿Les doy ejemplo de amor cuando estoy viendo un partido de fútbol y gana el equipo contrario, o los estoy enseñando, de un modo tan inocente, a odiar al contrario?

¿Cómo hablo yo del árbitro? ¿Cómo hablo yo cuando voy manejando el carro y alguien comete una infracción? Porque así estoy educando a mis hijos. Y si soy de claxon rápido, a lo que estoy contribuyendo es a crear un ambiente social de crispación. Yo puedo, desde mi lugar, desprender amor en lugar de crispación.

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