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¿Por qué los pediatras se oponen drásticamente a los azotes?

SAD,LITTLE,BOY
Shutterstock
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Pegar a los niños no sirve de nada. Cualquier nivel de dolor, por “leve” que sea, no es una técnica disciplinaria efectiva, asegura la Academia Estadounidense de Pediatría.

Desde el 5 de noviembre, la Academia Estadounidense de Pediatría (AAP) ha actualizado su política con respecto a los azotes en las nalgas y otros métodos de castigo para niños.

Hasta ahora, las últimas orientaciones —que no se cambiaban desde un informe de 1998— afirmaban que el “el castigo corporal tiene una efectividad limitada y conlleva efectos secundarios potencialmente nocivos”, tras lo cual alienta a los padres a “gestionar los comportamientos no deseados” a través de otros medios.

Ahora, las directrices hablan de que los azotes no tienen ninguna efectividad en absoluto y el entendimiento de los investigadores sobre los efectos colaterales de los azotes ha evolucionado.

El informe, que se refiere no solamente a “toda forma de castigo corporal” sino también a los castigos verbales, como avergonzar o humillar al niño, afirma que estas tácticas “son mínimamente efectivas a corto plazo y no efectivas a largo plazo. Con nuevas pruebas, los investigadores vinculan el castigo corporal con un aumento del riesgo de que se produzcan consecuencias negativas en los niños a nivel conductual, cognitivo, psicológico y emocional”.

El castigo corporal es un espectro amplio, así que la declaración de la AAP aclara cuidadosamente que no se refiere únicamente a las formas más extremas de castigo, sino que define el castigo corporal como “golpes no perjudiciales con la mano abierta con la intención de modificar el comportamiento infantil”, incluyendo “cualquier castigo en el que se aplique fuerza física con la intención de causar cierto nivel de dolor o incomodidad, por leves que sean”.

Los efectos de este tipo de disciplina, que los investigadores entienden mucho mejor que hace 20 años, son notables. Según la nota de prensa de la AAP sobre el tema:

El castigo corporal y el abuso verbal hostil pueden ocasionar miedo en el niño a corto plazo pero no mejora su comportamiento a la larga, y puede causar más comportamiento agresivo, según la AAP. En un estudio, los niños pequeños que habían sido azotados [en las nalgas] más de dos veces al mes a la edad de 3 años eran más agresivos al cumplir los 5 años. Esos mismos niños, a los 9 años todavía exhibían conductas negativas y puntuaciones más bajas en vocabulario receptivo, de acuerdo con la investigación.

La investigación ha demostrado que pegar a un niño, gritarle o avergonzarle puede elevar las hormonas del estrés y ocasionar cambios en la arquitectura del cerebro. El abuso verbal hiriente también está ligado a problemas mentales en preadolescentes y adolescentes.

La AAP no se opone al nivel de dolor que sienta al niño, sino al hecho de que el dolor se emplee como técnica disciplinaria. ¿Por qué referirse al abuso verbal y al castigo corporal en la misma declaración? Porque el resultado de ambos es “vergüenza y humillación”. Esa es la conclusión del informe:

Los padres, otros cuidadores y los adultos que interactúen con niños y adolescentes no deberían utilizar el castigo corporal (que incluye bofetadas y azotes), ni en un arrebato de enfado ni como castigo o consecuencia de un mal comportamiento; tampoco deben usar ninguna estrategia disciplinaria, incluyendo el abuso verbal, que cause vergüenza o humillación.

El informe sugiere como formas saludables de disciplina “el refuerzo positivo de comportamientos apropiados, establecer límites, redirigir y establecer expectativas futuras”. También hacen un llamamiento a los pediatras a abordar de forma proactiva la objeción más común (“Pues a mí me pegaban de niño y he salido bien”) recordando a los educadores que “aunque muchos niños que recibían azotes se convirtieron en adultos sanos y felices, las evidencias actuales señalan que los azotes no son necesarios y podrían desencadenar daños a largo plazo”.

“No hay ningún beneficio en los azotes”, afirma el doctor Robert D. Sege, uno de los autores de la declaración. “Sabemos que los niños crecen y se desarrollan mejor con un modelo de conducta positiva y con el establecimiento de límites saludables. Podemos hacerlo mejor”.

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