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Los bosques, aliados fundamentales en la lucha contra el cambio climático

Claudio Jofré Larenas-CC
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El Nobel de Economía ha ido este año a dos investigadores estadounidenses, por sus estudios sobre el cambio climático y el desarrollo sostenible

El IV Congreso Nacional de Silvicultura, celebrado recientemente en Turín (Italia) con el título “El bosque: bien indispensable para un presente vivible y un futuro posible”, trató sobre los devastadores daños provocados en los bosques italianos por las recientes lluvias torrenciales. Según las estimaciones de Coldiretti, la más importante asociación agrícola italiana, se han abatido o destruido unos 14 millones de árboles.

La furia de la lluvia y el viento, por ejemplo, asolaron los famosos bosques de abetos rojos de Val de Fiemme (Trento) y de Val Saisera (Udine), de las que el inmortal luthier Antonio Stradivari (1644-1737) sacó la materia prima para realizar los apreciadíbimos violines que llevan su nombre.

Un daño inmenso – según Coldiretti “hará falta por lo menos un siglo para volver a la normalidad” – a una de las armas para alcanzar el objetivo fijado en el Acuerdo de París (alcanzado el 12 de diciembre de 2015 y firmado en abril de 2016) de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de dos grados respecto a los niveles preindustriale: el patrimonio forestal.

Potencial de reducir los gases invernadero

Las plantas, árboles incluidos, son capaces de absorber de manera natural el CO2 (el anhídrido carbónico, un gas de efecto invernadero) presente en la atmósfera a través del proceso de fotosíntesis, y de almacenarlo en su biomasa.

Este hecho explica por qué en el Acuerdo de París se dedica, como único sector, un artículo entero sólo a la silvicultura, como recuerda Jürgen Blaser, de la Escuela universitaria profesional de ciencias agrarias, forestales y alimentarias en Zollikofen, en Suiza, a la Neue Zürcher Zeitung(29 de septiembre).

En el artículo, el diario de Zurich menciona una investigación publicada en la revista americana PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences), según la cual el potencial de protección climática de los ecosistemas terrestres subiría a 24.000 millones de toneladas de CO2 al año. Según los autores de la investigación, esta masa corresponde al 37% – o sea, más de un tercio – de la reducción de gas de efecto invernadero para 2030, tal y como prevé el Acuerdo de París.

“Bonn Challenge”

En muchos países del mundo – sobre todo en vía de desarrollo, pero no solo – el fenómeno de la deforestación se considera “fuera de control”, y se practica para dejar espacio a los pastos o a la producción agrícola, muy a menudo monocultivos como el de palma de aceite o de caña de azúcar.

Según el sitio Rinnovabili.it, en Paraguay y Malasia, la tasa de deforestación ha alcanzado la cota 9,6% y 14,4%.

Para detener la pérdida de superficie boscosa (y por tanto, también de preciosa biodiversidad), el gobierno alemán lanzó en 2011, en cooperación con la International Union for Conservation of Nature (IUCN) la iniciativa Bonn Challenge, recuerda NZZ, con el objetivo de recuperar para 2020 alrededor de 150 millones de hectáreas de ecosistemas deforestados y degradados, y 350 millones de hectáreas para 2030.

Otro país europeo muy comprometido en la lucha contra la deforestación es Noruega. Este país, productor de petróleo (pero al mismo tiempo gran promotor de las energías renovables y de la protección del medio ambiente en general) ha contribuido hasta ahora con más de mil millones de dólares al Fundo Amazônia, es decir, el fondo para la protección de la selva amazónica lanzado en 2008 por Brasil. Oslo ha decidido el año pasado disminuir su contribución, como protesta por la aceleración de la deforestación en este delicado ecosistema, conocido también como “el pulmón de la Tierra”.

Noruega ha sido también el primer país del mundo en prohibir la deforestación. La política de la llamada “deforestación cero”, decidida en 2016, implica que las empresas implicadas en prácticas de este tipo no pueden acceder a contratos públicos, explica Trevor Nace en Forbes. “Esta es una victoria importante en la lucha para proteger la selva pluvial”, declaraba el portavoz de la Rainforest Foundation Norway, Nils Hermann Ranum, citado por el Independent.

Estudio publicado en Science

En un artículo del 5 de octubre, la Neue Zürcher Zeitung recogía los resultados de un nuevo estudio publicado en la revista Science, del que se desprende que, respecto a los bosques de una sola especie, los que tienen mayor riqueza absorben una cantidad mayor de CO2.

Para la experimentación, en la que participó la Universidad de Zurich, se plantaron en 2009-2010, en una zona de montaña al oeste de Shanghai, en China, más de 150.000 árboles en una superficie total de más de 30 hectáreas. El territorio había sido dividido en más de 500 parcelas, tanto en monocultivo como compuestas por árboles de distintas especies.

La experimentación puso de manifiesto que las parcelas con una rica diversidad vegetal fijaron de media 32 toneladas de dióxido de carbono o CO2 por hectárea. En las parcelas en monocultivo, la masa era en cambio de sólo 12 toneladas, o sea, menos de la mitad.

Como recuerda la NZZ, la investigación ha confirmado un estudio precedente, también realizado en China, sobre el nexo positivo entre diversidad arbórea por un lado y almacenaje de CO2 por el otro, y que se había basado en observaciones empíricas. La presencia de bosques mixtos, por tanto, tiene un impacto positivo no solo en la recuperación de la biodiversidad, sino también en mitigar el cambio climático, subraya Science.

No sorprende que se haya elegido China para hacer la investigación. Desde hace años, el gigante asiático ha lanzado una ambiciosa política de reforestación, que está dando resultados positivos. En los últimos cinco años, explica el sitio Focus.it, se han plantado 338.000 km² de bosques en todo el país, es decir, una superficie superior a la de Italia (302.073 km²). Pekín quiere añadir otros 66.000 km² para finales de este año, es decir, casi la superficie de Irlanda.

Nobel de Economía 2018

El lunes 8 de octubre se entregó el Premio Nobel de Economía a dos investigadores estadounidenses, William Nordhaus y Paul Romer, que se han distinguido por sus estudios ligados al cambio climático y al desarrollo sostenible.

“Las contribuciones de Paul Romer y William Nordhaus son metodológicas, proporcionándonos informaciones fundamentales sobre las causas y las consecuencias de la innovación tecnológica y de los cambios climáticos”, se lee en la motivación. “Los vencedores de este año no ofrecen respuestas concluyentes, pero sus descubrimientos nos han llevado mucho más cerca de responder a la pregunta sobre cómo podemos tener un crecimiento global sostenido y sostenible”, continua el texto.

En el pasado, otras personalidades recibieron un Premio Nobel por su compromiso por la defensa del medio ambiente. En 2004 el comité noruego concedió el Nobel de la Paz a la activista keniata Wangari Maathai, fundadora del Green Belt Movement y conocida por su campaña contra la deforestación.

Tres años después, en 2007, el Nobel de la Paz fue al Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC o Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático) y al ex-vicepresidente estadounidense Al Gore, fundador del Alliance for Climate Protection. El comité de Oslo quiso premiar “sus esfuerzos por construir y difundir un conocimiento mayor del cambio climático provocado por el hombre y por poner las bases para las necesarias medidas para afrontar este cambio”.

Alarma del IPCC

También el 8 de octubre, el IPCC lanzaba su primer informe especial sobre el cambio globale, titulado Global Warming of 1.5°C [1]. Aprobado el sábado 6 de septiembre en Incheon, Corea del Sur, el documento advierte claramente que no hay tiempo que perder.

“Uno de los mensajes clave que se desprende cn mucha fuerza de este informe es que ya estamos viendo las consecuencias de un calentamiento global de 1°C mediante condiciones meteorológicas cada vez más extremas, la subida del nivel del mar y la disminución del hielo del Mar Ártico, entre otros cambios”, declaró el co-presidente del Working Group Idell’IPCC, Panmao Zhai, en un comunicado de prensa.

Por su parte, Hans-Otto Pörtner, co-presidente del Working Group II, añadió que “importa cualquier pequeña cantidad de calentamiento extra, especialmente por el hecho de que un calentamiento de 1,5°C o más aumenta el riesgo asociado a cambios a largo plazo o irreversibles, como por ejemplo la pérdida de algunos ecosistemas”.

Para limitar el aumento del calentamiento a 1,5°C, que según el co-presidente del Working Group III, Jim Skea, es “posible según las leyes de la química y de la física”, hacen falta, según los autores del informe, cambios “rápidos y de amplio alcance”. Sin acciones urgentes, ya en 2030, o sea, en apenas 12 años, el aumento de la temperatura media global podría superar el umbral crítico de los 1,5°C, advierte el informe.

*

1] El título completo del documento es: Global Warming of 1.5°C, an IPCC special report on the impacts of global warming of 1.5°C above pre-industrial levels and related global greenhouse gas emission pathways, in the context of strengthening the global response to the threat of climate change, sustainable development, and efforts to eradicate poverty.

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