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¿Es bueno evaluar a todos los niños en clase con los mismos criterios?

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Tal vez sería bueno reflexionar y trasladar a la Educación lo de que “Todo tiene su tiempo” de Eclesiastés 3: Tiempo de enseñar, tiempo de medir, tiempo de aprender, tiempo de mejorar…tiempo de vivir. 

La Historia nos ofrece ejemplos de que no siempre lo que consideramos en cierto momento lo mejor resulta ser al cabo lo bueno.  A principios del siglo XX, cuando las empresas crecían a un ritmo que precisaban abastecer no sólo los mercados locales sino también mercados distantes, los ingenieros se pusieron manos a la obra para organizar el trabajo de una forma científica, que huyera de las recetas subjetivas, inercias y de criterios poco fiables. Para conseguir abastecer los mercados se precisaba aumentar la eficiencia en la producción. Ante esta necesidad nació en Estados Unidos la escuela científica más importante del momento.

Sería Henry Ford quien llevaría estos postulados al desarrollo de la cadena de montaje, donde una de las fuentes de eficiencia consistía en que era el vehículo el que se movía entre operarios y no al revés, ahorrando tiempo y dinero. Algo tan simple y revolucionario fue clave para que la hegemonía mundial que había perdido el imperialista Reino Unido fuera asumida por Estados Unidos.

El taylorismo buscaba una planificación de la producción de forma que estandarizaba los procesos para poder controlarlos, coordinarlos, medirlos y así mejorar el rendimiento. Pero esta interesante idea tuvo una ejecución controvertida en la persecución de cada vez una mayor eficiencia: la alienación del trabajo. Los operarios como si fueran autómatas sólo podían ejecutar órdenes, aquellas que la gerencia pensaba y diseñaba de forma científica.

El nivel de tecnificación y alienación fue tan grande que el matrimonio Gilbreth llegó a desarrollar un sistema de pictogramas que establecían los movimientos básicos que cada operario debía seguir cual robots. Esta obsesión por una mayor eficiencia entrañaba un serio coste, una deshumanización de los trabajadores que Chaplin criticó de forma magistral en su célebre película “Tiempos Modernos”.

A pesar de que ha pasado un siglo desde el nacimiento del taylorismo, se siguen reproduciendo los mismos errores a la hora de implementar ideas interesantes. Lo más grave es que a día de hoy sucede no con la producción de vehículos sino con la formación de nuestros hijos. 

Algunos países queriendo mejorar los resultados de la enseñanza, van camino de caer en el mismo error: ejecutar de forma pésima una buena idea, la evaluación por estándares. La bondad de medir, controlar y mejorar el proceso educativo lo están convirtiendo en una losa deshumanizante. En España por ejemplo se abusa de una hipermedición que dificulta la relación natural y humana entre profesor y alumno. 

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Frente a la necesidad de homogenizar la enseñanza, se corre el peligro de relegar el papel del profesorado al de operarios que ejecutan planificaciones impuestas por teóricos que desde su carrera universitaria no pisan un aula.

Como en el taylorismo había ingenieros que diseñaban complejos procesos sin haber apretado jamás un tornillo, hoy día los teóricos de la enseñanza tienen el peligro de llevar al extremo la evaluación por estándares en el que el docente pasa de ser instructor a ejecutor burócrata que remite mediciones a los pensantes. Hemos pasado de evitar que cada maestrillo tenga su librillo a burocratizar la experiencia educativa rellenando un sinfín de casillas haciendo la educación menos humana.  

Mientras esta miopía avanza, pierden de vista que las grandes empresas tecnológicas y globalizadas consideran el taylorismo un anacronismo y precisan un factor humano más versátil, creativo y menos mecanizado pues para eso ya están los ordenadores. De poco sirve un trabajador que sepa usar un software que el día de mañana será obsoleto si su formación no es sólida, arraigada y que le permita pensar. 

Las Administraciones Públicas caminan a ciegas hacia una excesiva burocratización y una deshumanización de la experiencia educativa que nos condena a perder uno de los factores clave para ser competitivos: nuestra capacidad de pensar más que de ejecutar. Sin darnos cuenta, con un siglo de retraso respecto del mundo, persistimos abundando en este sistema educativo obsesionado con ejecutar la hipermedición.

La mejor alternativa a esta problemática consiste en aprovechar lo bueno de la idea de evaluar por estándares para poder mejorar pero no obsesionarnos. La sabiduría reside en conocer la medida y los tiempos de lo que nos rodea.

 

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