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Misas de difuntos: ¿es necesario que sean recordados por su nombre?

WOMEN,PRAYING,MASS
Shutterstock
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Una pregunta sobre el uso (y a veces abuso) de las misas en sufragio de uno o más difuntos

Me gustaría saber sobre las misas de sufragio. En todas las misas se reza por los difuntos: ¿por qué es necesario pedir al sacerdote poder dedicar una celebración a un difunto en particular? ¿No basta la intención de quien participa en la misa, que en esa ocasión (quizá por una festividad, aniversario…) recuerda a su ser querido?

Responde el sacerdote Lamberto Crociani, profesor de Liturgia en la Facultad teológica de Italia central.

Cada día en la celebración de la Eucaristía se hace memoria de los “hermanos que se durmieron en la esperanza de la resurrección y todos los que han muerto en tu misericordia”, como afirma el texto latín.

Sea como sea, cada día la Iglesia, que celebra el misterio del Señor Resucitado, recuerda a aquellos que ahora duermen en la esperanza de la resurrección.

El así llamado “culto de los difuntos”, basado en la certeza de la resurrección de Cristo y nuestra, profesado en el símbolo de la fe cada domingo, se atestigua directamente desde mediados del siglo II.

A través del obispo Cipriano de Cartago (siglo III) conocemos el uso de nombrar al difunto o difuntos en la oración eucarística (Carta 1 y 41).

El difunto era recordado nominalmente por primera vez en la celebración eucarística por su dormición.

Pronto los nombres de los difuntos se empezaron a escribir en tablas (dípticos) en donde se mencionaba a aquellos que una Iglesia quería y debía recordar en la celebración: estas tablas se leían por el diácono, al inicio de la parte eucarística, quizá antes de la preparación de las ofrendas tras la lectura de los dípticos de los vivos, también recordados por diversos motivos de la comunidad.

A partir de ahí se vuelve evidente que desde la antigüedad la celebración eucarística era el evento gracias al cual se recordaba la verdadera presencia de los hermanos, que ciertamente estaban unidos a la comunidad en virtud de la comunión de los santos. El nombrarlos en voz alta los vuelve presente y vivos en la acción comunitaria.

El uso ciertamente ha durado hasta el siglo X y quizás incluso más allá: esto era algo constante en las celebraciones laborables, pero el domingo y en las festividades los dípticos no se leían.

Celebrar el misterio de la resurrección del Señor englobaba de por sí todos los demás recuerdos, proyectando a toda la comunidad hacia la resurrección final.

Después del siglo X, el número de fallecidos era muy alto, por lo que se nombraba a algunos y de inmediato se agregaron fórmulas que aludían a su totalidad.

Así atestigua el recuerdo de los difuntos en el canon romano: Acuérdate también Señor, de tus siervos (aquí el diácono leía algunos nombres de los dítpicos), que nos han precedido con Ia señal de Ia fe, y duermen el sueño de Ia paz. A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, imploramos les otorgues (concedas) el lugar del frescor (consuelo), de luz y de paz.

La fórmula tal como la conocemos actualmente en el canon romano no es original. Los testimonios más antiguos no la contienen y la encontramos en las contaminaciones de los sacramentarios romanos en la Galia. De todos modos, ésta cita una teología antigua y positiva sobre la dormición de los hermanos en Cristo.

Afirmo esto porque sabemos por los testimonios que no eran nombrados aquellos que por herejía o por otros motivos no habían muerto en comunión con la Iglesia, es decir, no debían ser recordados.

En este sentido, hay que tener presente que en la oración original eucarística de Hipólito está ausente el recuerdo de los difuntos.

Solo la reforma de Pablo VI hará que se recuerde a aquellos que están dormidos, incluso los no bautizados. Indico al menos dos expresiones: difuntos (plegaria eucarística II) y justos (plegaria eucarística III).

Hoy, a diferencia del primer milenio ya no se recuerdan los nombres en el momento en que se pide por los fieles y no fieles difuntos.

Es posible hacerlo en la misa de exequias o en cualquier ocasión particular con los formularios correspondientes. Hay que preguntarse simplemente si esto es correcto.

En algunas conferencias episcopales locales se dice que hay que nombrarlos en la oración de los fieles o en otro lugar, a pesar de que el lugar ideal es en el recuerdo que toda la Iglesia hace en la oración eucarística.

Los problemas reales surgieron en el siglo X cuando además de las celebraciones ordinarias por los difuntos (tercer, séptimo y trigésimo día de la muerte y también en la celebración del aniversario) y en el recuerdo cotidiano se empezaron a celebrar misas por los difuntos particulares bajo petición de los parientes, añadiendo un “pago“, una oferta por la celebración.

Se cometieron muchos abusos y los obispos de las iglesias tuvieron que intervenir a menudo, incluso dentro de los monasterios, donde se ordenaba a todos los monjes (en sí mismo laicos) para la celebración de las misas de los difuntos.

Dentro del monasterio se decidió no celebrar más de cien misas al día por el mismo difunto. Todo esto expresó una nueva manera de entender la celebración eucarística y la misma realidad de la muerte.

La celebración de las misas de muertos fue una verdadera especulación económica, que se encuentra en el estudio de la historia de la liturgia.

El mismo Concilio de Trento tuvo que intervenir para evitar los continuos abusos, manteniendo un único abuso que lentamente desapareció en el ritual de la Iglesia occidental. En Oriente no hubo problemas similares.

Un poco de historia, tanto de los aspectos positivos como negativos, era importante para llegar a una respuesta, que quizás va más allá de la misma pregunta.

Seguramente todos los días en la celebración eucarística todos pueden y deben recordar a sus muertos, porque la Eucaristía sigue siendo el vínculo permanente con ellos.

Pero según la tradición de las Iglesias, es correcto “nombrar” también a los hermanos difuntos. El recuerdo directo hecho por el sacerdote en la celebración es un recuerdo plenamente eclesial de los hermanos que nos han precedido en la fe, según la antigua tradición de los dípticos.

Creo que es necesario añadir también otra observación para que esté aún más completa. Demasiado a menudo se oye decir: “Hoy la misa es mía” y esto es por el “pago” realizado.

La celebración eucarística, que nombra a vivos y muertos según la tradición, abraza a toda la comunidad eclesial, con las intenciones de todos y recuerda indiferentemente a todos y a todas, porque es el misterio de la salvación que en Cristo sigue siendo actual para todos.

He dicho que para Oriente el problema no surgió y no surge y es fácilmente comprensible a partir de la anotación ritual de la oración eucarística de Juan Crisóstomo, que sostiene: “El celebrante recuerda a los que quiere”.

Por lo tanto, “nombrar” es muy importante más allá de cualquier “salario o pago” e incluso sin él.

 

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