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¿Cómo vivir en paz ante el futuro que me angustia?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/10/18

Hay una fuente que pacifica mi miedo

A veces no pido bien a Dios. No sé lo que me conviene. Pido el éxito en todo lo que hago. Pido tantas cosas que me atraen y deseo. No sé si me convienen. Pido el poder.

Y lo único que quiere saber Jesús es si soy capaz o no de beber de su cáliz, de pasar por su bautismo. Cada día bebo de su cáliz, de su sangre en la Eucaristía.

Pero no le tomo el peso y se me olvida con frecuencia la profundidad del gesto. Se me olvida el dolor de la cruz y la exigencia del sufrimiento. La amargura de esa sangre que me pide ser generoso.

Miro la cruz, miro el cáliz, y me siento muy débil ante ese desafío tan grande. Si me detengo y lo pienso, me contesto: no quiero beber el cáliz. Sí quiero los primeros puestos.

Pero me dan miedo el dolor, la cruz, el despojo, la humillación. Me asusta sufrir. ¿Qué sentido tiene? El corazón está hecho para amar y ser amado. Para gozar de la vida y ser feliz. Yo no quiero sufrir.

En estos días de dolor para la Iglesia por los abusos pienso en el cáliz que tengo que beber. En la amargura de la humillación.

Pienso en el dolor de tantas víctimas inocentes que han sufrido tanto sin quererlo. La cruz de ese sufrimiento con el que no contaban, y no querían, me conmueve.

Ese dolor guardado en su pecho como una herida profunda es el que me lacera a mí hoy. Me duele el dolor de tantos inocentes.

Al mirar hoy el cáliz del desprecio, del rechazo, de la humillación pienso en ellos, rezo por ellos. Es difícil aceptar el sufrimiento. El propio y el ajeno.

La cruz impuesta sólo se puede besar, cuando cargas ya con ella. Te cae y la besas. Pero creo que es más difícil besar la cruz antes de que suceda. Es muy complicado aceptar el dolor antes de que me lo causen.

Besar la cruz que no ha llegado es un milagro. Decir que sí al dolor desconocido, a la afrenta oculta en el futuro, a la herida que aún nadie ha infringido.

Ese sí anticipado me parece una gracia de santidad. ¿Fue ese sí lo que permitirá después permanecer de pie al pie de la cruz? Pienso que sí. Haber besado esa misma cruz antes de que llegara. Estar dispuesto a sufrir por amor a Jesús.

El padre José Kentenich hablaba mucho de la necesidad de darle el sí a la cruz para poder vivir la santa indiferencia.

Se trata de aprender a vivir inscrito en el corazón de Cristo. Mi corazón herido en su corazón roto. Solo así será posible que adquiera por obra de Dios sus mismos sentimientos. Sólo entonces seré capaz de besar esa cruz que tanto temo.

Los miedos me paralizan. Tengo claro que el miedo no puede paralizarme. Pero me cuesta tanto. Miro el futuro y temo.

Me da miedo perder lo que me hace feliz. Que me quiten lo que sostiene mi vida. El suelo que piso. Y dejar de poseer lo que alimenta mi esperanza. Dejar de ser feliz como lo soy ahora.

Me da miedo el fracaso que esquivo y el rechazo que evito. Huyo de esa humillación no deseada. Esos miedos me pesan y me angustian.

¿Seré capaz de llevar una cruz tan pesada? Sólo de pensarlo me lleno de miedo.

Por eso es un don de Dios poder vivir en paz ante el futuro que me angustia. Es un milagro saber descansar en su corazón ante posibles cruces que se ciernen sobre mí.

¿De dónde sacaré la paz que me falta cuando llegue la hora de mi amor? Sé que la paz brota sólo del corazón de Jesús roto por mí, de su corazón herido por mí. De la grieta de su herida brota una fuente de esperanza que calma mi sed y pacifica mi miedo.

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