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Diálogo, perdón, sacrificio,… Los «must» para un matrimonio fuerte

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/10/18

Puedo no dejar enfriar el amor si me empeño en cuidarlo cada día, de mí depende

Gran parte del milagro de la unión matrimonial matrimonio está en el alma de cada uno. Y la otra gran parte, infinita tal vez, que hace posible el milagro, viene de Dios. Si no fuera por la presencia de Dios creo que no sería posible llegar a ser una sola carne.

Pero es cierto que en mi naturaleza existe la posibilidad de cambiar siempre de nuevo. Puedo ser mejor persona.

Puedo ser más de Dios. Más humano y flexible. Más misericordioso y generoso. Puede crecer el umbral de mi tolerancia. Puedo ganar altura y profundidad.

Puedo seguir amando a quien amé siendo joven si logro ver en el otro una belleza escondida cada mañana tras las arrugas del tiempo.

Puedo tener un amor más cálido cada día si no distraigo mi mirada buscando fuera lo que ya he elegido. Puedo no dejar enfriar el amor si me empeño en cuidarlo cada día. De mí depende.

Comenta el papa Francisco en Amoris Laetitia: Las crisis matrimoniales frecuentemente se afrontan de un modo superficial y sin la valentía de la paciencia, del diálogo sincero, del perdón recíproco, de la reconciliación y también del sacrificio”.

Muchos desencuentros vienen cuando falta un diálogo sincero. No consiste en escuchar mientras hago otras cosas. Ni tiene que ver con la impaciencia al ver que el otro no acaba de contarme.

Dialogar es la clave del entendimiento.

No es tan sencillo perder el tiempo para ganar el amor. Invertir para que sea profunda la amistad que nos une. Dejar de lado aficiones o búsquedas egoístas de mí mismo para compartir la vida con aquel a quien he elegido y me ha elegido.

No es sencillo en el día a día. Pero es el único camino.

Y el perdón es una gracia muy necesaria. Tenemos tanto que perdonar al cónyuge… Por ser como es o por no ser como yo esperaba. Por no darme tanto como necesito. O por buscar fuera lo que le ofrezco dentro.

El perdón depende en parte de la voluntad. Pero es una gracia que le pido a Jesús. Mi corazón se resiste a perdonar siempre, a confiar siempre de nuevo, a esperarlo todo.

Además el amor exige renuncia y sacrificio. Y no sé cómo pero se me ha metido en el alma que no es necesario sufrir. Y tampoco renunciar a todo lo que deseo. Es posible tocarlo todo, quererlo todo, tenerlo todo. Sólo tengo que desearlo.

Entonces va disminuyendo mi capacidad para el sacrificio. Y la renuncia me acaba pareciendo innecesaria. Esa mirada sobre la vida hace infecundos muchos amores.

¿Por qué cerrarme en una sola elección para toda la vida cuando la vida es tan larga y hay tantas opciones posibles?

El corazón quiere ser libre y no atarse para siempre. Y sobre todo, no quiere sacrificarse y sufrir por otro. Parece innecesario en esta vida que me invita a disfrutar. Que me llama al placer y a vivir la vida.

Entonces mi tolerancia de la frustración es muy escasa. No tolero fracasar y que me vaya mal. Le exijo a quien amo un amor incondicional que tal vez él no posee. Y abandono la lucha cuando no lo recibo.

Es difícil acompañar situaciones de ruptura y comprender que el fracaso puede ser parte de un camino que parecía para siempre.

Quizás entonces veo el dolor más hondo. El desengaño más duro. Y me duele el alma al ver tanto sufrimiento.

Las rupturas dejan muchas heridas. En los cónyuges, en los hijos. Es importante luchar por evitar que lleguen. Desde antes de la boda, ya como novios.

Y después acompañar con la ternura de Jesús a tantas personas que viven hoy el dolor de la ruptura. Acompañarlos en el nuevo camino que se abre ante sus ojos. Y darles esperanza. Mostrarles que Jesús sigue ahora de otra forma caminando con ellos.

Es importante pedir por tantas familias que necesitan la gracia de Dios en el camino. Pedir también por tantos que han sufrido la ruptura y necesitan más aún la fuerza de Dios en el camino.

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