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Juliana Morell, doctora cum laude con catorce años

MORELL

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Sandra Ferrer - publicado el 05/10/18

Religiosa dominica, demostró al mundo (siglo XVI) que su mente, por ser femenina, no era inferior a la de cualquier hombre

En un tiempo en el que las mujeres tenían vetado el acceso a la educación, Juliana Morell no sólo tuvo el privilegio de formarse en un ambiente humanista y doctorarse en leyes. Tras los muros de un convento, dedicó su vida a la erudición y a transmitir su saber a otras religiosas.

Durante siglos, el conocimiento y los centros de saber tuvieron cerradas sus puertas a las mujeres. El libre e igualitario acceso a escuelas y universidades fue una de las principales reivindicaciones de las primeras feministas de la historia y sólo se empezó a alcanzar hace poco más de cien años.

La educación de las mujeres, las que tenían un relativo acceso al conocimiento, se basaba en disciplinas que “adornaran” su personalidad y fueran útiles para su futuro papel de esposa y madre.

En este escenario, durante los siglos medievales y la época moderna, los conventos religiosos se convirtieron en un precioso refugio para muchas mujeres que encontraron tras sus muros un excepcional acceso a la educación.

En uno de los miles de conventos que se erigieron por todo el orbe cristiano, el convento dominico de San Práxedes de Aviñón, vivió durante más de cuatro décadas una religiosa que destacó por sus capacidades intelectuales. Antes de ingresar en el convento como novicia a los dieciséis años, Juliana Morell había demostrado al mundo que su mente, por ser femenina, no era inferior a la de cualquier hombre.

Juliana Morell nació en febrero de 1594 en la ciudad de Barcelona. Huérfana de madre siendo una niña de poco más de tres años, su padre, Joan Antoni Morell, un rico banquero y humanista, decidió que su hija iba a recibir la misma educación que cualquier otro niño de su entorno. A la oportunidad extraordinaria que le brindó su padre se unió la capacidad intelectual de la pequeña, que demostró ser una niña superdotada. A los cuatro años sabía leer y escribir en varios idiomas que fue ampliando hasta dominar catorce idiomas distintos cuando ya era una joven de diecisiete años. Sus maestros dominicos llegaron a reconocer que “ya no podían enseñarle nada más”.

Además de aprender idiomas, Juliana recibió una completísima formación cuando se trasladó con su padre a vivir a Lyon y posteriormente a Aviñón. Filosofía, música, derecho, matemáticas, astronomía, física, fueron algunas de las muchas disciplinas que Juliana Morell abordó y aprendió de manera excelente. En poco tiempo, su formación culminaba con la obtención del título de doctora cum laude. Tenía catorce años.

Profesores, eruditos, escritores, el propio papa Pablo V ante quien recitó su tesis en el palacio pontificio de Aviñón, se rindieron a la evidencia y alabaron las dotes intelectuales de Juliana Morell. Considerada como un “milagro de su sexo”, para su padre no había sido más que la oportunidad que le había brindado a la mente de su hija de acceder al conocimiento lo que le había permitido conseguir los logros intelectuales que había alcanzado.

Pero a pesar de todas las alabanzas y de haber demostrado que era una mujer inteligente, culta y capaz de competir en igualdad de condiciones con cualquier erudito de la universidad, se esperaba de ella que terminara abandonando su aventura intelectual y se convirtiera en una devota esposa dedicada a las tareas del hogar.

Poco tiempos después de doctorarse, Joan Antoni Morell ya tenía preparado un matrimonio adecuado para su hija. Pero Juliana decidió buscar una alternativa a una vida que sabía que la alejaría muy probablemente del mundo de la cultura. En el siglo XVII, que una mujer permaneciera soltera no era una opción socialmente aceptable así que, recordando su relación con la orden de los dominicos en su infancia en Barcelona decidió ingresar en el convento dominico de San Práxedes de Aviñón. Juliana hizo sus votos en 1610 y tres años después ya se convertía en priora.

Dentro del convento, Juliana tuvo una vida piadosa y dedicó parte de su tiempo en escribir poesía y una historia del convento. Tradujo al francés el Tratado de vida espiritual de San Vicente Ferrer y la Regla de San Agustín en sendas ediciones comentadas. A Juliana aún le quedo tiempo para instruir a las religiosas que vivieron con ella en el convento y aprendieron de su amplia sabiduría hasta que falleció en 1653.

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