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Cuando la conciencia te condena por el pasado…

SADNESS
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No hay peor destino que tener que convivir con los trozos y desgarros de la propia intimidad, junto al resentimiento de los seres cuyo amor defraudamos. Como nos los comparten en esta historia de vida. 

Mi amigo y yo, ambos estudiantes de leyes, estuvmos muy unidos en nuestros tiempos universitarios, mas ya en el ejercicio de la profesión radicamos en distintas ciudades, por lo que el contacto fue siendo cada vez menor.

Él logró un alto nivel de vida económico, de eso hablaban las fotos que me enviaba, en las que lamentablemente aparecía al principio con su primera esposa, luego con la segunda, y finalmente con la tercera, de apariencia cada vez más joven, mientras que él posaba “sonriente y satisfecho”.  

Yo simplemente le participaba mi modesta vida profesional y mi feliz matrimonio con el primer y gran amor de mi vida. Luego, mi amigo cambió de número telefónico y ya no se comunicó conmigo durante bastantes años.

Un día, sorpresivamente, me habló diciéndome que quería charlar conmigo, a lo que accedí gustoso. Cuando llegó me conmovió su apariencia avejentada y deprimida.

Me contó de su vida. Vivía solo después de su tercer divorcio y había tenido dos hijos, de los cuales uno estaba por contraer matrimonio y deseaba aconsejarlo, aun cuando tuviera que hacerlo desde la perspectiva de sus propios errores.

—Qué ironías de la vida —me dijo—, yo que me ufané siempre de ser un buen negociador en demandas judiciales y un experto en los términos, terminé estafándome a mí mismo en lo más importante, y quisiera saber explicárselo a mi hijo, mas no sé cómo hacerlo.

pixabay

Y conversamos en una larga tarde, como en los viejos tiempos. 

—Bien sé – me dijo con tono de pesar—, que la persona que verdaderamente me amó fue mi primera esposa, quien sabiéndome sin un clavo, en mucho valoró mi consentimiento y compromiso matrimonial. Sin embargo, la defraudé con mis infidelidades sin intentar tan siquiera rescatar la relación, haciéndola sufrir mucho. Pensaba entonces que igual encontraría nuevamente quien me amara de la misma manera.  

Más nunca fue así.  

Recuerdo que, en el proceso de mi primer divorcio, el juez puso como condición hacer una pausa en los trámites para que al menos yo lo reconsiderara, pero… ¿Quién me podía obligar a dar el amor debido en justicia si no quería ya cumplir con el deber de amar?

Bien sabía yo que ningún poder externo podría lograr que cumpliera con mi compromiso de amor, cuando ya había decidido defraudarlo. A lo más, lo que podían obligarme era a cumplir con lo dispuesto solo por un juez tras el juicio de divorcio.

Como abogado estimaba entonces consecuencias “solo jurídicas”.

En este punto hizo una pausa y preguntó: — ¿Qué es lo que realmente pasó? ¿Cómo se lo explicaría a mi hijo?

—Ciertamente —le contesté—, las consecuencias son jurídicas, pero de otra naturaleza.

— ¿Cómo? —respondió mi amigo sorprendido —.  Por favor, explícame eso.  

—Ambos sabemos —continué—, que lo jurídico es lo impuesto exteriormente al ser humano por leyes que se deben cumplir en una jurisdicción o territorio. Tal como decir: “Este asunto es de la jurisdicción del tal estado”. Y que por estas leyes entre ciudadanos se pueden crear vínculos jurídicos que deben cumplirse. 

—Claro, claro —afirmó como todo un profesional—.

—También tienes razón—proseguí—, cuando dices que esas leyes no te pueden obligar a cumplir con un compromiso de amor, aun cuando este haya creado un vínculo tan real e importante que no fue creado por el hombre como una imposición desde lo externo.

Significa que el vínculo conyugal tiene su propia y específica juridicidad natural, por la cual, únicamente los esposos pueden asumirlo desde su personal e íntima soberanía por la acción del don y aceptación mutuos. Es decir, mediante la racional y libre voluntad de su consentimiento.

Algo maravilloso… 

Y es en esa jurisdicción donde comparecemos ante el inapelable tribunal de nuestra consciencia, y quien se presenta con artimañas, solo se estafa a sí mismo. 

— ¡Cuánta verdad hay en todo ello! —confirmó moviendo su cabeza con pesar—. Hay quienes afirman que el divorcio es cosa que se puede superar sin dejar huellas, pero a mí que me lo cuenten, que he vivido en carne propia que quien compromete su amor y rompe el vínculo adquirido, aun cuando no lo reconozca y recurra a mil justificaciones, en su interior vive en audiencia constante en el tribunal de su propia consciencia, si no se cae en el cinismo.

El castigo, bien lo sé, es penar con la identidad fracturada, rota nuestra unidad biográfica, fragmentada en pedazos contrapuestos; y en mi caso, irremisiblemente perdida, pues lo cierto es que ya no puedo darme entero y sincero a los seres que más amo.

Sé que debo explicar a mi hijo que no hay destino peor, en amor, que tener que convivir con los trozos y desgarros de la propia intimidad junto al resentimiento de las personas cuyo amor defraudamos, y, al fin, estar de cierta forma, muerto en vida.

 

Consúltanos en: consultorio@aleteia.org 

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