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Si opino me equivoco, me juzgan,… ¿es mejor callar?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/10/18

Una regla de oro: no interpretes, pregunta

A veces me detengo ante la realidad. Ante una persona. Y juzgo, y opino.

Hace tiempo recuerdo cuando le recriminaron a una persona por opinar de una película que no había visto. Él respondió con mucha calma: Creo que es legítimo opinar de todo. Incluso de una película que no he visto”. Me llamó la atención.

Creo que hoy opinar se ha convertido en un deporte muy popular. No importa de qué opine. No importa si sé o no sobre ese tema. No importa si es verdad o mentira. No importa si he visto o no aquello sobre lo que se habla. Yo opino.

Opinar es lo importante. Esté de acuerdo o no con la verdad. Sea o no cierto. Yo opino. No me canso de opinar. Vuelvo una y otra vez.

Hace unos días una persona cayó en la cuenta de una de sus debilidades. Alguien le dijo: No interpretes nunca. Antes de opinar, pregunta.

Me pareció muy bueno el consejo. Me lo aplico. Miro la realidad y no opino. Pregunto, me informo, investigo, aprendo. Antes de formarme una opinión sobre algo, sobre alguien, pregunto.

Es verdad que me parece cierto lo que decía Napoleón I: “No se debe temer a aquellos que tienen otra opinión, y sí a aquellos que tienen otra opinión pero que son muy cobardes para manifestarla”.

A veces tengo opiniones nacidas de la experiencia, de la vida, después de haber preguntado y haber luchado por llegar a la verdad. Son opiniones fundadas. No superficiales. Pero me da miedo decirlas.

Temo el rechazo. Temo la crítica. Creo que si digo lo que pienso me acabarán juzgando. Y eso me da miedo.

Me callo. Y paso desapercibido. Incluso los que me rodean acaban creyendo que pienso como ellos. Pero simplemente soy un cobarde oculto detrás de una opinión que no comparto. Por miedo al rechazo.

Hay personas que imponen su opinión con fuerza. No quieren que nadie les lleve la contraria. Tal vez lo acaban consiguiendo. Nadie les dice que no. Aceptan su opinión como la única válida.

A veces su opinión sobre la realidad se acaba imponiendo. Y parece que es verdad lo que es sólo una opinión.

Depende de quién la diga se reviste de mayor o menor autoridad. Depende de dónde venga el juicio. Aunque sea mentira. Aunque sea sólo una mirada subjetiva sobre la verdad.

En ocasiones parece que sólo una opinión es la verdadera. Y el que piensa distinto queda excluido. Como si se tratara de tener un pensamiento único. Una forma única de ver las cosas.

¿Qué pasa entonces con los diferentes, con los que no son como yo, con los que ven la vida de otra forma? ¿Cómo los miraría Jesús a ellos? ¿Los rechazaría simplemente por ver las cosas de forma distinta?

Puede ser que a veces me apegue a una forma rígida de ver las cosas y me dé miedo que alguien rompa mi forma de mirar la vida.

Siento que así deberían ser las cosas. Y no como otros las ven. Mi receta me vale, parece infalible. Pero esa mirada me aleja de la reflexión. No me dejo cuestionar por los que me rodean. Por el mundo en el que no todo encaja.

Es como si mi idea tuviera prioridad sobre la realidad. Tal vez el idealismo me aleja de la vida. Me recluye en una opinión elevada de lo que debería ser ese cristianismo que Jesús hizo nacer en mi alma.

“Las cosas tienen que ser así”, me digo, mientras camino por la vida interpretando todo lo que veo. Siento que masifico y me masifico. Da igual si esa masa busca el querer de Dios o vive alejada de él. En ambos casos es masificación.

El idealismo alejado de la realidad, también masifica. O plantea metas imposibles que me frustran, cuando observo mi propia realidad.

¿Al tocar mi imperfección dejo de tener cabida en un mundo perfecto que me han creado? ¿Ya no soy un caso preclaro?

El contacto con la vida me hace más realista. No menos soñador. No menos apasionado. Tocar la carne herida me hace más Cristo.

Porque Él se abajó para tocar a todos, para salvar a todos. No quiso encajonarlos en un mundo perfecto que no existía. Sí les invitó a soñar con un cielo en el que todos tendrían un lugar y una esperanza.

Me gusta más esa mirada que pregunta y no interpreta. Que alienta sin juzgar. Que lo hace todo más fácil para el que tropieza y cae. Que construye puentes y no muros para separar, a los buenos de los malos, a los perfectos de los imperfectos, a los puros de los impuros, a los que piensan como yo y a los que opinan distinto.

Benditas opiniones. Si pensar distinto me condena a la soledad, puedo llegar a pensar que es mejor no opinar sobre nada.

O me adhiero a un pensamiento único que me da la pertenencia que anhelo. Porque mi corazón quiere pertenecer a un lugar, a una tribu, a un pueblo.

Y si mis opiniones me condenan a la soledad, mejor no opino. ¿Dónde está el problema? En la forma de mirar. En la forma de opinar. En la manera que tengo de clasificar a los demás por sus opiniones. Reflejadas en su forma de vestir, de caminar, de vivir.

Y deseo en mi corazón que los demás acepten mi opinión, respeten mi forma de ver las cosas, me quieran aunque no comparta siempre sus puntos de vista.

¿Es esto posible en esta Iglesia de Jesús que fue matado por no pensar como algunos? Es lo que deseo en el fondo de mi alma.

Me detengo a observar la vida y a las personas. Miro el corazón y no me detengo en su aspecto. No miro solo las caras.

Voy más adentro, allí donde el alma se desvela y se muestra sin miedo. Porque no hay juicio ni condena. Allí donde la opinión importa menos. Y sí el amor verdadero y la vida como es en su esencia.

Esa forma de vivir me gusta más. Me detengo y pregunto, nunca interpreto.

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