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¿Qué lastres te impiden mejorar?

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Conoce lo que te hace a ti egoísta y orgulloso

Jesús me dice que si algo me lastra, lo tengo que dejar atrás para poder darme por entero: “Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue”.

Y así hace referencia a mis pies, a mis ojos, a mis oídos. Menciona todo lo que me pesa y me hace pecar. ¿Qué es lo que me pesa a mí en concreto? ¿Cuál es mi lastre?

Es una llamada a la conversión. Para que no me suceda lo que decía san Agustín: “A fuerza de verlo todo se termina por soportarlo todo. A fuerza de soportarlo todo se termina por tolerarlo todo. A fuerza de tolerarlo todo se termina aceptándolo todo. A fuerza de aceptarlo todo, finalmente lo aprobamos todo”.

Me puedo acomodar y acostumbrar a mi pecado. Y pienso que está todo bien, que yo estoy bien.

No soy digno del amor de Dios. Es inmerecido. Quiero llegar a ser un hombre agradecido. Por eso me detengo hoy en lo que me hace pecar, en lo que me paraliza y pesa. ¿Qué es?

¿Son mis ojos, mi lengua, mis manos, mis pies, mis oídos? Por los sentidos llega a mí la tentación. Y caigo. Y me dejo tentar.

Y me lleva el mal por donde no quiero ir. La pobreza de mi vida. Mi fragilidad. Me siento desnudo en mis defensas.

Hay cosas que me lastran y me impiden crecer.

Sé perfectamente dónde está la fuente de ese pecado mío que me hace egoísta y orgulloso. Ese pecado que me hace despreciar al que sufre y pensar sólo en mi bien, en lo que a mí me conviene. ¡Qué lejos estoy de la santidad a la que me llama Jesús!

El padre José Kentenich me invita a entregarle a Dios mi propia debilidad.

La actitud del santo de la vida diaria: “Faltas y pecados no lo desalientan: son sólo malezas en el jardín personal. Más bien lo impulsan a arrojarse nueva y más profundamente a los brazos de Dios, a desposar la debilidad propia con la fuerza y la gracia de Dios y, de ese modo, revitalizar la conciencia de ser instrumento”[1].

No quiero escandalizarme ante mi propio pecado. No quiero dejar de luchar y conformarme. Me pongo manos a la obra desde la propia experiencia de humillación que trae consigo mi pecado.

Me abro a la gracia a de Dios, a su misericordia. Me hago de nuevo niño para volver a empezar. Soy sólo un instrumento que Dios puede usar cuando me muestro débil y frágil en sus manos. Cuando le pido que me ayude a renunciar a todas las tentaciones. Que me dé la fuerza que me hace falta para caminar con más rapidez por el camino de la vida.

Me doy cuenta de mis pecados de acción. Pero también de mis pecados de omisión. Cuando no hago lo que quiero hacer. Cuando descuido la vida de los que me han sido confiados. Y paso por delante del que sufre sin detener mis pasos.

Me da miedo caer en esas omisiones que me hacen estar tan lejos del ideal que sueño.

Leía el otro día: “El pecado es la ruptura de una alianza, una degradación de nuestras relaciones personales con Dios. El pecado es una autodestrucción semejante al daño que se hace uno mismo consumiendo un veneno o una droga. Dios no desea que destruyamos nada que sea importante para nosotros y para los demás. Dios nos invita a la conversión”[2].

Quiero convertirme. Sé que no dejaré nunca de pecar. Está mi naturaleza marcada por la ruptura del pecado original. Pero sé también que puedo crecer. Puedo, si me dejo hacer. Puedo, si me dejo convertir por el amor de Dios.

Estoy lejos y al mismo tiempo sueño con la meta de esos ideales que Dios me plantea. No dejo de luchar, no dejo de confiar.

La degradación del pecado me asusta. Cuando caigo en ese egoísmo que me hace dañar a otros y dañar mi propia alma.

Hoy me dice el profeta: “En la tierra habéis vivido lujosamente y os habéis entregado al placer; con ello habéis engordado para el día de la matanza. Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, y ya no os ofrece resistencia”.

Mi pecado. Mis pequeñas faltas. No suman, restan. No ayudan, hieren. Y yo creo que mi pecado me hace daño sólo a mí.

La debilidad de un miembro daña a todos. Así es mi propia vida que repercute en toda la Iglesia. Le pido a Dios la gracia de ser siempre fiel.

 

[1] Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[2] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 66

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